PUBLICADO 2005
Aquella tarde me propuse permanecer allí —como un fiel espía de los servicios secretos— hasta que aquel marino decidiera marcharse, y, durante aquella hora y media, me adherí a sus cavilaciones. En un momento dado, desde su posición acomodada, atisbó la lonja, flanqueada por la fábrica de hielo de los hermanos Cortell, y pude percibir el runruneo de su maquinaria, ya podrida, hacer trizas las balas heladas que partirían rumbo al moro para refrigerar la merluza o la gamba, según se terciara. Entre aquel rumor, se mezclaban las voces de todo aquel que se adentraba en el escarchado recinto para hacer su pedido. Todo aquello, unido a su vez con el vociferante ambiente de las subastas en la lonja y el estridente arrastre de las cajas que, atestadas, salían de la venta con el ticket del mayorista pegado a los lomos frescos del pescado, ambiente que se sumaba a las decenas de furgonetas que se agolpaban repletas de víveres para estibar en los barcos que estaban a punto de partir con la derrota al caladero que ya se nos ha negado y que difícilmente volveremos a recuperar.
Cuando el lobo marino giró levemente la cabeza, se posó en el suministro del Gas-Oil. Fue entonces, cuando pude también oír la poca marcha de un Cartepillar acercarse al muelle para hacer combustible antes de lastrar su barriga de nieve. Hubo un instante en el que el viejo marino permaneció el mayor tiempo enfocando su mirada a la bocana. Entonces yo también apunté en aquella dirección, y, como por arte de magia, advertí la llegada del Santa Pola I, el Mª del Carmen o al Paquito que ya se hacían en su casa. Su puerto. Otros, como el Piraña o Juanito, salían ya a dos nudos de aquel fantasmagórico amarradero, apenas sin hacer aguaje con su quilla, justo en el preciso momento en que el sol se encontraba ya en su punto más bajo. Precisamente a la hora esa del ocaso, llegaban —imaginé también como lo hiciera el viejo lobo— los marineros, patrones y motoristas con sus bolsas del costo en la mano y provistos de chaquetón y botas de agua, dispuestos a pasar otra noche más en la vieja Bahía para arrastrar del boquerón o el jurel y nutrir la borda hasta salir la captura por el regala. Algunos, a pesar de no haber bajado mucho las temperaturas, llevaban sus peladas cabezas cubiertas con un gorro de lana que, seguramente, les tejiera sus mujeres después de acabar el jersey del niño.
Al mirar el marino al cielo, que también lo hice yo, lo vio despejado de gaviotas y enrarecido. Éstas, se diría el viejo, también buscaron otro caladero, el más cercano a la mar, el vertedero mancomunado. Estaba claro que allí ya no quedaban ni las pavanas, el pavimento del muelle ya no hedía a vísceras de pez espada y el sudor de la frente que aquella gente había derramado ya se había secado. Pero en lo más hondo de aquel lobo marino aún quedaba olor a yodo y en su pecho también el grito de “¡Avante!” “¡Atrás!” “¡Poca!” “¡Media!”… Y en su corazón, el recuerdo de las miles de millas libradas para buscar el pan de los suyos. Suspiró el viejo marino con los ojos inundados al tiempo que se incorporaba para marcharse cuando, aún lúcido, echó un último vistazo, como diciendo: “Aquí ya está to er pescao vendío”. Y se alejó. Tras él, lo hice yo.
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