PUBLICADO 2005
Isaías Bueno
Una de envidia
La palabra “envidia” proviene del latín: “invidere”, que significa “mirar con malos ojos”. Aristóteles decía de ella que era “el dolor por la buena fortuna de otros”. Qué fino, ¿verdad? Y sobre ella existen miles de refranes y dichos populares que tratan con indiferencia a esta emoción. Seguro —digo yo— que quienes sacan rimas a este conflicto lo hacen por dos razones: la primera, porque no es envidioso; la segunda, porque quiere quitarse de encima a quien lo tiene enfilado y cree que así lo espanta. Pero nada más lejos de lo que creemos. A los envidiosos no te los quita de encima ni con una escofina.
“Mirar con malos ojos” (la envidia), está considerado en el cristianismo como el séptimo pecado capital. ¿No lo sabía? Ustedes se preguntarán qué siente un envidioso, ¿verdad? Pues intentaré, por todos los medios, orientarle. No es que yo sea un experto en esto, pero he sufrido el acoso de esta clase de personas que, aun conociendo su crónico sentimiento, persiste en hacerte la vida imposible, cueste lo que cueste, pienses lo que quieras y, por si fuera poco, utilice a quien utilice como intermediario para joderte y no ser descubierto, si ha sido delatado, aún mejor le viene el intercesor. Pues bien, dicho esto, les cuento un poco cuáles son sus emociones y diferentes formas de actuar.
Para empezar les diré que la envidia es un sentimiento innato que alguna vez hemos sufrido de una forma “sana”, como solemos decir cuando a un conocido o amigo le sucede algo de lo que nos alegramos y deseamos para nosotros, pero nos conformamos con ver la felicidad reflejada en aquella persona que queremos y admiramos, y suspiramos con la fe de que, algún día, también nos llegue la buena fortuna. De hecho, los niños, cuando son muy pequeños, sienten celos de su recién llegado hermano o de sus padres, pues quieren seguir siendo el centro de atención, es decir, continuar alimentando su egocentrismo y eso puede resultar útil, porque puede significar superarse así mismo y seguir en la línea de “conseguir lo deseado sin necesidad de hacer daño a nadie” —opina Vicente Madoz—. A eso se le llama, científicamente hablando, “envidia positiva”. Luego está la otra, la que nos revienta, la que nos hace un daño atroz: la “envidia destructiva”. Ésta es en la que se desea que otro pierda aquello que más deseamos, o sea, que si no lo tengo yo, tampoco tú, y si te lo puedo hacer saltar por los aires, mejor. Utilizará todos los medios a su alcance y fuera de éste. Hablará mal de ti para aislarte y ganar, así, más fuerza en sus ataques hacia tu persona y patrimonio. Te arañará el coche con la llave —no sin antes decirte que tienes un carro maravilloso— o si te das una hostia con él se alegrará tanto que esa noche le encenderá una velita a san rorro, y se comprará los mismos modelitos que tú para ir de igual a igual en la lucha. Cuando las balas se le hayan agotado, tomará prestado a tu mejor amigo, a un familiar cercano, como por ejemplo a tu mujer o marido. Estos últimos suelen ser los que mejor resultados dan en la batalla.
Igual que sucede con las fobias, la pena, la tristeza o la depresión, la envidia puede convertirse en un trastorno más serio de lo que creemos. Eso, al menos, dicen los expertos. Vicente Madoz, psiquiatra, afirma también que la envidia se relaciona más con la gente más cercana a nosotros, como ya dije antes, por eso, utilizan para hacernos daño aquellos medios o personas que saben nos produciría sufrimiento. De ese modo, con gente de nuestro entorno, pueden dar rienda suelta a sus afilados ataques a sabiendas de que alguien no le dé la suficiente importancia y estén permanentemente justificados.
Los “invideres”, son detectables. Generalmente son antisociables: no se rodean de amigos ni parientes muy cercanos (salvo para hacerte daño). Este individuo/a, es egocéntrico. Actúan motivados por la ira. Suelen ser mediocres, inmaduro/as y personas invadidas por temores, contradicciones y conflictos. En definitiva, son seres realmente peligrosos porque pueden, dicen los expertos, llegar a la violencia, su ira fatalista ocasiona lesiones graves, pero no deja de ser una seria enfermedad. ¿Qué hacemos con ellos? Eso no lo he leído de ningún profesional todavía. Pero les aseguro que lo averiguaré y se lo contaré. No obstante, esté siempre en alerta, si descubre a alguien de su entorno en aras de hacerle pasar por este calvario, intente ayudarlo, sino, al carajo. Exclúyalo de su vida.
0 comentarios