PUBLICADO EN 2005 --- LA BATALLA DE TRAFALGAR
Después de permanecer tres horas en el Hotel Atlántico, de Cádiz, donde almorcé no sin antes haber examinado los cuadros navales que poseen sus salones, me dejé ir hasta cabo de Trafalgar, porque, entre otras razones, aquellas creaciones me animaron a contarles lo que en ellas y en otras pinturas vengo observando desde hace ya algunos meses, y la visita a Trafalgar me inyectaría definitivamente la tinta necesaria para referirles algunas de estas obras y comprender al final, o quizás no entender, tanta muerte.
Deserté del coche en un rellano que preside la torre destellante que sirve de guía a los navegantes, donde pude leer: “Prohibida la entrada a toda persona ajena al faro”. Pero remonté andando. Una vez en lo alto, descansé en un ribete. El día habitaba claro y la mar aplacada. Recorrí el horizonte sedentario y no divisé ningún barco en aquella perezosa lejanía, ni más acá. Ni al Este ni al Oeste. Tampoco, desde aquel altozano, advertí alma alguna en el arenal, o cerca de mí. Sólo se oían los embates de las olas bajo mis pies, contra el acantilado, y el bisbiseo de una brisa consumida. Sin embargo, no estaba solo. Me encontraba con la historia misma. Vivía delante de mí.
En aquel mar se había librado una batalla: la más famosa de la historia naval. Un hecho que había sido plasmado para siempre en lienzos que, de la mano de los mejores pintores de la época, o ya alejados de ella, nos muestra la barbaridad de la que fuimos copropietarios a pesar de la sensata negativa de Gravina —al mando del Príncipe de Asturias, y uno de los que fuera herido de bala en la batalla muriendo meses después en Cádiz— de sacar la combinada del puerto gaditano. De estos cuadros, que son muchos, hablaremos más adelante, y a través de ellos observaremos de cerca lo que se guisó en aquellas aguas, cuadros que durante dos siglos nos han abierto una ventana a lo que fuimos y, puede, que a lo que seguimos siendo. Algunas palabras de Gravina, en réplica a Pierre Charles Villeneuve, jefe de la combinada, sonaron así: “No apruebo, la salida del puerto de la escuadra combinada, porque está muy avanzada la estación, y los barómetros anuncian mal tiempo, no tardaremos en tener vendaval duro, y por mi parte creo que la escuadra combinada haría mejor la guerra a los ingleses fondeada en Cádiz, que presentando una batalla decisiva”. Entre otras cosas, a Gravina le preocupaba, como no podía ser de otro modo, que aquel temporal que se avecinaba abriéndoles las puertas mismas del infierno, además de hacer difícil la batalla, les hiciese pasar lo suyo y no pudieran reparar los barcos por falta de medios, cosa que los ingleses tenían superado, y, como prueba de ello, a los hechos anteriores se remitió desenterrando algunas campañas en las que los británicos habían demostrado con pericia, poseer todo lo necesario (herramientas y hombres) para resarcir sus naves cuando fueran descuartizadas. Decía Gravina, que ni Francia ni España contaban con los mismos recursos marítimos de guerra que Inglaterra, y que además, un reciente combate en Finisterre dejó claro la pasividad de los aliados (los franceses) cuando a sus barcos (los de los españoles) los desmantelaban a cañonazos y los franchutes pasaban tres kilos de la movida, o cuando en Tolón se quitaron de en medio y los dejaron arriados. Supongo que la jeta que se le quedó a Villeneuve cuando escuchó las palabras de Gravina fue de pavana yendo a la deriva. Asimismo, Federico Gravina y Nápoles, quien se hiciera cargo de la escuadra de Cádiz, añadió que dudaba mucho de que los francos, ante otro atropello del enemigo a la escuadra española, fueran en su auxilio. A pesar de todo, a Villeneuve, y a Manuel de Godoy (éste último arrastrado por las ambiciones personales siendo además lamerlotodo de Napoleón), se le plantó en la talega luchar aun habiendo oído los consejos de Gravina y Cosme Damián de Churruca —al que se le debían los emolumentos de nueve pagas, incluidas las extras— porque Napoleón, se rumoreaba, lo destituía, y creyó que saliendo del puerto para guerrear lo tendría a bien. Villeneuve rindió su nave, el Bucentaure, y cayó prisionero de los ingleses. Meses después fue llamado a Francia para dar explicaciones, y como le faltó de todo un poco y de abajo mucho, se suicidó, aunque también se dice que fue asesinado por orden de Napoleón. No obstante, Gravina con los franceses ni a coger reales. Isaías Bueno. Trafalgar (II)La armada en nuestro país logró en 1790 la máxima potencialidad, obteniendo 117 buques entre navíos y fragatas. Pero los años anteriores, y posteriores, no fueron buenos para nuestra flota. Ya en 1702, la marina angloholandesa manda a pique a gran parte de la escuadra de Indias. En 1718, una escuadra inglesa nos da para ir pasando en Cabo Passero (Cerdeña), enviando a la covacha, o al carajo, a la flota española que se encontraba en el lugar. En 1780, se nos incendia la armada que sitia Gibraltar. En 1801, el San Carlos y el San Hermenegildo, se lían a cañonazos confundiéndose el uno y el otro con el enemigo. En 1797, una escuadra inglesa nos da para el pelo en el cabo San Vicente; nos machacaron, y el Santísima Trinidad se escapó por tablas, si no es por otros barcos que van en su auxilio —entre los que se encontraba el navío Pelayo, que también batalló encarnizadamente en Trafalgar— lo perdemos, ya había arriado la bandera. El Museo Naval de Madrid muestra en un lienzo la que nos dieron los anglosajones en San Vicente.
Es verdad, sin embargo, que también nosotros les dimos a los ingleses dolores de cabeza en muchas ocasiones, pero no tantos. En 1710, Blas de Lezo consigue apresar con su fragata a un navío inglés. En Tolón, febrero de 1744, a pesar de que los francesitos se rilaron pata abajo y se dieron el piro —a lo que se refería Gravina en su discurso, que ya comenté anteriormente—, nosotros vencimos a los ingleses. O cuando en Santa Cruz de Tenerife le dimos caña llegando el almirante Horacio Nelson a perder un brazo además de ser hecho prisionero.
Servir en los barcos de nuestro rey era a veces una forma de saldar deudas que ladrones de poca monta habían contraído con la sociedad que lo repudiaba, y dejaban las calles pestilentes y oscuras para ir a pegar tiros, si sabían coger un trabuco, o a arriar cabos si, en alguna ocasión, habían visto alguno. O borrachos y gente de mal vivir; o campesinos candorosos que se lo curraban de sol a sol para pagar sus aranceles y mantener a sus familias si les sobraba algo; y mozalbetes, que si no tenían nada mejor que hacer, los trincaban y los enrolaban. Y los navíos que estaban en servicio, tenían una tripulación más dada a desertar que a cumplir con dos pares. La falta de personal nos hizo tener muchos barcos fondeados; el oficio de marinero era aborrecido. En Trafalgar quedó claro. Allí nos la dieron bien dadas y las consecuencias se dejaban ver con los años: perdimos prácticamente toda nuestra flota —habiendo sido esta una de las más potentes de aquel tiempo— y muchos dominios. Luchamos con valentía, rezando y todo, pero con dos huevos, como los españoles sabemos hacer las cosas al dar la cara. Los ingleses, en cambio, eran muy dados a colocar en las calles carteles de reclutamiento y todo aquel que se identificaba con la marina de guerra se apuntaba a navegar y luchar. También contaban con mucho mamarracho a bordo, pero les pagaban bien y los entrenaban (días antes de la batalla de Trafalgar, hacían prácticas de tiro y luego los alimentaban bien). Sabían lo que hacían. Al menos, conocían los cañones, y estaban al corriente de que así se cargaba y que de este otro modo se disparaba, la capacidad de tiro de los ingleses fue mayor que la nuestra en Trafalgar (nuestra escuadra tardaba 5 minutos en cargar y ellos 1). Nosotros, con aquella peña de Pancho Villa que habíamos reclutado, aprendimos en primera línea de tiro, y sólo nos quedamos con aquello de: esto es una bala, aquí se pone, y si tiras de aquí, esto hace pumba; y eso significa que si le damos a los de allí enfrente pues les hacemos daño, así que ya sabes Manolo, apunta y fuego. O sea.
En los cuadros repartidos por medio mundo que inmortalizan la famosa cruzada, se aprecia lo duro que fue morir a cañonazos o astillazos en los brazos traicioneros de un temporal que, siguiendo a la batalla, ya desde el principio profetizaba tanto tránsito entre la tormenta gris y aquel quebrado cielo que acogería aquellas desventuradas voluntades. Auguste Mayer, trazó al Redoutable en un lienzo que lleva por título “El Redoutable en Trafalgar”. A este navío francés, de 74 cañones, se le ve de proa batiéndose con el británico Temeraire que se observa de popa. Así pues, de la amura de babor del Temeraire se ve salir una bola de fuego que alcanza el babor del Redoutable saliendo por estribor el zambombazo acompañado de una densa nube de humo y quién sabe si seguida de sesos o miembros de su tripulación. Antes de aquello, el barco francés se las había visto con el Víctory de Nelson, pero al final fue el Temeraire quien le dio para ir pasando al Redoutable y le mandó la baja con un puñado de metralla. Al fondo de la escena acribillada, se aprecian algunos navíos que, bajo las bocanadas grises y negras y los resplandores amarillentos, se dejan el rabanillo entre cañonazos y tiros de pistola cuando eran abordados.
Isaías Bueno.Trafalgar (III)El Santísima Trinidad era el buque insignia de la armada española, contaba con una eslora de 186,9 pies de Burgos, una manga de 58, un puntal de 28 y 2.153 toneladas de peso. Cuando entró a formar parte de la Flota del Mediterráneo fue buque emblema de los almirantes José de Córdova, Juan de Lángara y Luis de Córdova. Este navío se construyó en el arsenal de La Habana (Cuba), en 1769, Mateo Mullan e Ignacio Mullan se encargaron de erigirlo. Lo dotaron de 118 cañones, aunque más tarde, cuando en San Vicente le dieron la del pulpo —tanto es así que se pensó en retirarlo del servicio—, y tras ser reconstruido, en 1803 vuelve a la carga con 136 cañones, y 4 obuses más que se le montan antes de la Batalla de Trafalgar. 32 cañones eran de 36 libras, 34 de 24 libras, 36 de 12, 18 de 18 y 14 obuses de 24.
A las doce del medio día, el Santísima Trinidad comenzó a disparar, y no se detuvo hasta las tres y media de la tarde, cuando se encontraba el navío desarbolado y sin gobierno e inutilizada gran parte de su artillería y toda su cubierta bañada en sangre, pero no se rindió hasta las cuatro de la tarde. La nave quedó destrozada y sus baterías sepultadas en cadáveres. Todo empezó con un fuego cruzado en el que se encontraba el Temeraire y el Neptune por el costado de babor, y el Victory por estribor.
El Santísima Trinidad, con sus cuatro puentes, fue el mejor barco de su época. Fue el “Escorial de los mares”, como decía Pérez Galdós en su majestuosa obra Trafalgar (la primera de Episodios Nacionales). Encandilaba a todo aquel que lo contemplaba. La marinería que lo descubría surcando los mares, lo veía ir desde la aleta de estribor o babor hasta que se perdía en el horizonte. Este gigante también participó en el asedio a Gibraltar y combatió en Espartel. En Trafalgar lo abatieron y fue apresado, cuando lo llevaban a remolque a Gibraltar se hundió a la altura de Punta Camarinal, cerca de Tarifa. 205 hombres de su tripulación murieron, y 108 resultaron heridos.
Unas notas desvelan el estado en el que se encontraba el Santísima —y otras naves— el día 19 de Octubre (dos días antes de la batalla naval). En esas anotaciones se dice que 58 hombres de la marinería estaban ingresados en el hospital, ocho artilleros, seis artilleros ordinarios, quince marineros y dieciséis grumetes; y un patrón de bote que había sido reemplazado. Se dice también en las glosas que el velamen estaba casi nuevo y que el ramo de ingenieros se encontraba al completo. Un teniente de navío, Juan de Dios Izquierdo, constaba como embarcado y no se hallaba a bordo. A un teniente de navío, a Juan Matute, se le deja sin efecto una nota de embarque por estar hecho el estado del barco. O sea, la leche. Para que se hagan ustedes una idea de la situación de la flota española, les cito, al azar, al Monarca, otro buque español (74 cañones) que participó en la trifulca y que mencionó en su estado, antes de salir a dar tiros, que su velamen estaba nuevo a excepción de una sobremesana, un velacho, un estay mayor, una gavia, dos contrafoques, un estay de sobremesana y un largo etcétera. Además, de dos oficiales de guerra faltaba un alférez de navío y sobraban un teniente de navío y tres alférez de fragata, incluso un guardia marina. De esta lista enorme, faltaban cuatro segundos con sus grumetes rancheros que habían sido destinados a la puerta de Sevilla y aún no habían regresado. Por añadidura, estaban desprovistos de candilejas, de un cable, de alquitrán de consumo, de dos resaltos para llaves de cañón, de seis camisas de botes…
En uno de esos cuadros que aprecié en el Hotel Atlántico de Cádiz, pude observar a dos marineros saltar por los aires desde un navío francés. En aquellas aguas furibundas que trazó el artista, se encontraban restos de otros barcos y hombres que se dejaban el alma en socorrer a sus compañeros. Otros, atrapaban palos de los navíos que habían estallado brutalmente, dejando en aquella salobridad todo cuanto quisieron defender. No obstante, el cuadro que cuelga del testero de una gran sala del ayuntamiento de Cádiz, no esta exento de admiración.
Isaías Bueno. Trafalgar (IV)
Laura nos abrió la puerta del Salón de la Comisión de Gobierno del ayuntamiento de Cádiz a Pepe Abalo y a mí, y, al franquear el umbral, descubrimos, primero, una estancia rectangular decorada con mobiliario de caoba y sobre su larga mesa una lámpara de cristal de roca de 22 brazos. Al cabo, tras aquella impoluta mesa, y casi robándonos la visión la lámpara, se rendía a nuestros ojos la majestuosa obra de arte de Justo Ruiz Luna (1865-1926) dedicada a la Batalla de Trafalgar. Si grandiosas son las dimensiones del cuadro, aún más lo son el color y la luz que Ruiz le roba a la tragedia para hacerla suya, y de nosotros, a través de su cuadro.
Desde el margen derecho hasta arriba y desviándose hacia la izquierda, el pintor gaditano traza la batalla cuando aún la línea hispano-francesa no había desaparecido del todo y se batía con el enemigo enérgicamente. Las detonaciones retumbaban en el interior del Salón de Comisiones. Las astillas que vuelan por los aires entremezclándose con los colores pardos del cielo y el fondo de la escena, cae junto con las balas perdidas de aquellos infelices. Banderas francesas y españolas —éstas últimas en mayor número— hondean aún junto a la vela cangreja de las naves, pero el telón ceniciento que procede de la pólvora que lanzó la munición mezclada de la más cruel metralla, va nublando la visión al seguir más allá la línea de la combinada que se bate más entre la muerte que entre la vida.
Casi en la zona del centro de la maravillosa obra, se dejan ver unos pocos marineros llevados por ese mar en un bote embadurnado de sangre y muerte. Otro tripulante, a saber de qué navío, advierte en su amarga catadura todo el horror que un ser humano puede ser capaz de expresar en las situaciones límites. Como aquella que se muestra.
Es de esos cuadros que dejan a uno absorto. Supongo que cuando el artista lo hubo acabado, los que contemplaron por vez primera la obra se debieron quedar deslumbrados, pero, al mismo tiempo, arrastrados hacia el interior de aquella tragedia. Esta pintura de Ruiz Luna, en la que tiene mucho que ver el tamaño de la tela, nos invita a comprenderla a decenas de personas a la vez. Todos cabemos ahí dentro. Cada uno de los que contemplamos el cuadro camina a sus anchas por cualquier enfoque de la batalla que muestra, para coincidir después en un solo barco, en un solo punto: en el castillo de proa de un navío desmantelado que el artista trazó en el margen izquierdo de la obra; donde se perciben dos hombres, uno volcado sobre el otro, que acababan de caer abatidos, y que cubiertos por la bandera de España te aclara que sólo por ella cabía ya pelear. Sólo por aquel trapo que ahora los abraza como hijos suyos que son. Y así, resguardados por su madre patria, aquellos valientes dan el punto y final al recorrido de admiración, y, a la vez, de rabia y furia que nos produce ver qué manera más perra de morir eligen a veces los gobernantes para nosotros.
En el rostro tiznado y sangriento de uno de los marineros que yacen arropados por el rojo y gualda, y donde un mástil arrancado de cuajo casi los lleva a la batería de abajo, se advierte la angustia con la que le debió decir a su Virgen del Carmen antes de perecer, eso de llévame contigo y haz feliz a los que dejo en tierra firme: mujer e hijos.
Corta la respiración ver el cuadro. Porque antes de indagar en aquella escena, la poca luz que sitia el lugar de la batalla parece encendida para lamentar tanta penuria.
Isaías Bueno.Trafalgar (V)El San Juan Nepomuceno fue un navío de dos puentes que contaba con 74 cañones. Se construyó en Guarnizo (Santander) en 1765 y fue duro de desnudar. Tanto Cosme Damián Churruca (brigadier que mandó el navío durante la batalla de Trafalgar) como sus hombres, lucharon como los ingleses nunca vieron a nadie guerrear. Se quedaron los anglos admirados de cómo aquella artillería, a pesar de estar fuertemente dañado el buque y tener 150 heridos a bordo, pudo aguantar hasta que a las tres y media de la tarde se quedó con 19 cañones inutilizados, sin mástiles y sin gobierno. Aún así, aquellos valientes continuaron la lucha pues preferían sus comandantes, Churruca y Francisco de Muyoa, y su valerosa marinería, de la que desconozco sus nombres —ya dediqué un artículo hace meses a esta cuestión, titulado “Caídos sin nombre”—, morir que rendir al Nepomuceno.
Este famoso navío se vio entre dos fuegos por dos naves inglesas, la Belleisle y la Tonnant. En algunos cuadros hasta se podían oír los cañonazos enérgicos que vomitaban aquellas baterías anglosajonas y la poca voz que ya le iba quedando a las piezas artilleras del Nepomuceno. Era como disparar luego de recibir los estampidos, pero herido ya. Agónico. Dando tiros al aire. De hecho, una vez caídos Cosme Damián Churruca y Francisco Muyoa, relevados por el teniente de navío Joaquín Núñez, el navío fue rendido a los ingleses del Dreadnought, de tres puentes y 68 cañones, ante la imposibilidad de que fuera socorrido después de haber combatido media hora más y quedara, por ello, totalmente destrozado.
Álvarez Dumont inmortalizó la escena en la que Cosme Damián Churruca de Elorza perecía rindiéndose a los brazos de uno de sus hombres, de uno de sus valientes y sin iguales marineros que, con extremidades ensangrentadas, veía expirar a quien le ordenó con bravura durante gran parte de la batalla seguir el fuego importándole un huevo de pato su gravedad cuando fue alcanzado por una bala de cañón que le hizo desangrarse.
A la derecha del óleo se observa a un marino caer sobre otro sin vida que se rindió a la cubierta escarlata, y más allá el posible desconcierto ante el escollo de prolongar aquella carnicería. El fondo de la obra aparece de un gris tenebroso. El humo no dejaba descubrir al enemigo que lo acribillaba a balazos y metralla, y demuestra la desconcertante lucha a la que casi con ojos cerrados se enfrentaban. Junto al comandante Churruca, un cañón quedaba mudo, no tenía ya hombres que lo hiciera resurgir para defender aquella idea de Napoleón de acabar con la marina inglesa y de los panolis que nos gobernaba de pasarse por la piedra de afilar a sus hombres, bandera y todo aquel galimatías para el que habían sido, muchos de ellos, enrolados por la cara, a dedo: “Tú y tú, poneos allí. Tú y tú, en este otro lado. Ahora caminad hacia el puerto. ¡Vamos, coño! ¡Que es pa hoy!”
La perspectiva desde la que traza Dumont la obra, evidencia que el barco se encontraba ya escorado, dolido, y sus mástiles hechos trizas. Ni siquiera se dejan ver tramos del velamen desgarrado trincado a los salientes o sobre la cubierta; debieron ser utilizados para frenar hemorragias.
Un joven se distingue al acercarse con dificultad hacia su comandante moribundo. Su camisa azul desabrochada indica lo que quizá no vio ni oyó su enemigo mientras se batía a cañonazos, eso de ¡aquí me tenéis, mamones, venid, hijos de madre desconocida! ¡Os vamos a freír los cojones, muá, por esta, ingleses de mierda! Ésa es la estampa que dibuja el marino en el cuadro: la del torero que se trinca la chaquetilla a pecho descubierto como diciéndole al toro aquí estoy. También, junto al cañón que se descubre en primer plano, se aprecia el regala del barco astillada, desgarrada, como las astas de un morlaco al estamparse contra el burladero. Peligrosamente cortante, como el poco aire que desterraba Churruca, se observan en la imagen las fracciones de caoba.
“Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto”. Cosme Damián Churruca de Elorza.
Isaías Bueno.Trafalgar (VI)El Santa Ana fue un gran barco que se salvó de caer rendido a la arena de aquellas profundidades. Se botó en el astillero de Esteiro (villa situada en la Ría de Muros, Galicia) y llevaba montados 112 cañones de la siguiente manera: 30 en la primera batería y 32 en la segunda y tercera respectivamente. En el alcázar llevaba 12 y 6 en el castillo. Lo mandó en Trafalgar el capitán de navío Gardoqui, en él murieron 97 hombres y 141 resultaron heridos, pero se defendió incansablemente contra los navíos de tres puentes Royal Sovereingn y Belleisle. En 1816 se fue a pique en el arsenal de La Habana por falta de carena, aunque años antes, en 1808, había luchado en Cádiz contra la escuadra francesa del almirante Rosily.
Se dirigía el Santa Ana con la combinada, navegando en línea, con viento flojo y mar inclinada a poniente, a la zona de la batalla que se libró a 20 millas al Sureste de Trafalgar cuando aquella formación se vio fragmentada. Ángel Cortellini Sánchez (1858-1912), siendo conservador del Museo Naval de Madrid, pintó hacia 1903 el Santa Ana batiéndose contra el inglés Royal Sovereingn cuando éste traspasó la línea franco española por la popa del español y la proa del Fougueux (francés) —al que le seguía el Monarca, que viraba a estribor— y disparó los cincuenta cañones de babor con doble munición sobre el español. Le destrozó la popa y sobre su cubierta arrojó las primeras bajas. Cuando la nave inglesa viró, el Santa Ana despidió la artillería de estribor sobre la nave y fue cuando a partir de ahí ya no cesaron de partirse los morros encarnizadamente durante algo más de dos horas. Ambas naves quedaron dañadas rindiéndose el Santa Ana —ya sin defensa alguna— al verse asediada por más barcos británicos que le daban para ir pasando con más capacidad de tiro, puntería y una dotación experimentada. Y disparando a corta distancia. Es decir, algo así como darle al otro mientras muere. O un tiro de gracia, si lo prefieren. En el óleo sobre lienzo de Cortellini se presentan al menos cinco naves inglesas dándonos leña, y también los zambombazos del Santa Ana encontrándose inmerso en una densa humareda que empezaba a formar parte de la oscuridad de aquellas aguas que del mismo modo se tornaban sombrías y profundas. Estaba la mar sacudida y sobre ella se manifiesta en la obra los piques de las balas de cañón que no alcanzaban las codiciadas muras por las que en otros cuadros se ven caer hombres destrozados, descuartizados o enteros pero penetrados por los cascotes del adversario.
El de Ángel Cortellini es un cuadro no libre de aquel sangriento intento de supervivencia. Se confunde en él, la guerra misma con salir con la talega del Santa Ana y la de sus hombres aún en su sitio. Es, así mismo, de esos cuadros en los que el barco que se intenta quitar de encima a los otros que se lo cepillan, gritase a sus intrépidos eso de “¡hostias, la que nos están dando estos hijoputas! ¡Carguen y dispares, que nos fríen!” “¡Ya lo hago, joé. Ya lo hago!” “¡Pues no se nota, cojones!”
Precisamente Rafael Monleón y Torres (1843-1900), pintó un cuadro en el que se advierte la línea hispano-francesa siendo atravesada por el Sovereingn apareciendo en primer plano el San Justo y algo más allá el San Leandro que también descargaban, sin éxito, lo suyo, aunque de momento el ambiente no se dejaba dominar por el denso olor a pólvora que más tarde, estando la batalla engrandeciendo, se apoderaría del aire.
Pero volviendo a la obra de Cortellini. En su cuadro quiero ver al Sovereingn sin su palo mayor ni mesana. Imagino a sus hombres diciendo “ya la hemos cagado, mister”. En el rizo de las olas, que más parece agua en plena efervescencia, se deja ver el color bilioso de los destellos para irse apagando mientras las baterías iban reanudando las cargas sin darle tiempo a los médicos de coser tanto brazo desgarrado y tanta pierna mostrando fracciones incrustadas sin que por ellas se pudiera hacer ya nada. Al acabar la contienda naval, el Santa Ana fue remolcado a Cádiz por un barco galo.
Isaías Bueno.Trafalgar (VII)Victoria de la nave de Nelson en Trafalgar. Ese es el título de la única obra sobre la contienda naval que Turner hizo por encargo del rey Jorge IV. El lienzo, de 259 x 365 centímetros, fue muy criticado en palacio por los “muchos errores” en los aparejos de numerosas naves y por no ajustarse pues, a lo que ellos llamaban la “realidad”, ya que trazar al Victory, el barco de Nelson, medio ido y casi desarbolado no era del todo “ético”. Así las cosas, Turner se puso de nuevo manos a la obra y corrigió lo que para sus peticionarios se trataban de fallos. Pero no logró convencer tampoco esta vez.
El lienzo, no obstante, recoge una imagen no exenta, como debió ser el anterior, de algunos palos caídos durante la lucha. Por añadidura, el cuadro descubre a un grupo de náufragos, en primer término, a bordo de lo que pudo ser un bote de auxilio mientras dos hombres, a nado, ansían recuperar una bandera, por lo que puedo ver, inglesa, que, atrapada aún en un palo, deja distinguir una punta por la que los marinos u oficiales intentan recuperarla. El desconcierto es horrible porque entre el bote repleto, los que intentan a pesar de todo hacerse con él y los que se dejan ir boca arriba hasta la muerte, todo se torna un mar óbito que engulle almas de la manera más cruel y sanguinaria para luego dejar, del mismo modo, un lugar desgraciado y frío como la sangre de quienes se hundían lentamente junto a la artillería y la arboladura de los barcos que saltaban por los aires. Así mismo, en la obra se ve también, unos metros más allá de los que aparecen en primer plano salvando, o intentando salvar, la poca vida que les queda, una nave con el velamen no del todo desgarrado y el trinquete apunto de caer mientras otro navío, también inglés, puesto en el margen derecho del lienzo y envuelto de un celaje quemado, se escora de babor haciendo que el único palo que le queda firme caiga sobre el trapo del trinquete del que parece el buque de Nelson, es decir, al que Turner le impone la victoria en el título del cuadro. Aún así, la nave en cuestión aparece desprovista del palo mesana y de medio bauprés.
Por lo que derivo, el artista británico no le confiere del todo salir de rositas, sin rasguño, al Víctory, y eso, creo, también debió cabrear un huevo a los anglos, porque a mí me da que este Turner, con todo, se debía decir para sus adentros que también nosotros les hicimos pupa, qué cojones. Y eso, por mucho que los nobles que gobernaban en el país anglosajón se lo propusieran, iba a seguir siendo así para el pintor, de ahí que el cuadro dedicado a la batalla que hizo por encargo hubiese recibido muchas críticas, cosa que no ocurrió cuando creó El valeroso Temeraire remolcado a su último fondeadero, cuadro con el que el artista alcanzó mucha fama y al que dediqué, hace un par de meses, un artículo titulado Muerte en Beatson, por lo monumental que se me antojó la obra y por lo maravillo y grandioso que me resultó ver morir, con tanto ceremonial, a un barco con aquella baza histórica y tanta metralla en sus estribores. Una obra realmente preciosa que le recomiendo ver a quien no la haya contemplado aún. Esta obra de arte en cuestión, nos enseña a morir “con las botas puestas”, con grandeza, con honor, aguantando hasta el final. La luz anaranjada que arroja el sol al irse y la lentitud con la que el Temeraire es llevado a su tumba, nos hace santiguarnos a nuestro recorrido contemplativo por el cuadro. Casi parece querer vestirse de luto el Támesis impidiéndoselo el astro rey con su último resplandor que fue mostrado por el artista con absoluta maestría.
La batalla de Trafalgar no fue vista en vivo y en directo por muchos de los pintores que la encumbraron, pero jugaban con documentos y relatos de quienes la vivieron en primera línea de fuego, y valiéndose de cuanto recopilaban trazaban los bocetos para después dejar patente de ello en las telas que colgaban de las paredes más privilegiadas de entonces. Muchos de esos cuadros que atesoran con orgullo los museos navales de los países que participaron en la trifulca, también residen en el corazón de los que hemos comprendido, a través de estas imágenes, la valentía y el coraje de los que se dejaron el aliento en aguas de Trafalgar.
Isaías Bueno.Trafalgar (VIII)Trafalgar 6:30 a.m. Aún no se vislumbra la desgracia, salvo lo espectral de unas aguas que, cubierta de una matutina niebla, parece ocultar un futuro precario, viéndose de proa a la flota inglesa o hispano-francesa; no se observan banderas en las naves. Los navíos navegan casi sin viento, mostrando un velamen flojo, al arranque de la que se augura en el cuadro será una batalla decisiva, pero no inhumana; aunque esto último sí bordee la sien de Gravina, de Cosme Damián Churruca y de otros ilustres y no la del pintor. En primer término, cinco gaviotas vuelan sobre la llaneza de ese mar que llaman una balsa de aceite los marinos que flotan sobre ella contemplando despavoridos la cantidad de naves que se han dado cita allí en perfecto —para ellos, claro— orden. Así, de este modo, comienza una serie de cuatro cuadros que Auguste Ballin´s crea sobre la Batalla de Trafalgar (Trafalgar 6:30 a.m., Trafalgar 1:00 p.m., Trafalgar 2:15 p.m. y Trafalgar 7:00 p.m.). Sin embargo, en ninguno muestra la contienda, incluso estando ya avanzada la derrota franco española, como lo hace William Lionel Wyllie (1851-1931) en una magnífica obra que el artista titula La Batalla de Trafalgar a las 14:30 horas, excepto en uno, el que titula a las 2:15 p.m. En éste, repara Auguste Billin´s en cómo dos navíos, uno inglés y otro sin identificar por haber saltado al reino de los cielos su bandera, y desmantelados, se van juntos, como dados de la mano, a donde pretendían llegar: al fondo del mar. El anglo le da su babor al estribor del que no se reconoce. Se distinguen de popa ambos navíos, y a estribor del inglés se ve a otro, francés —a éste lo único que le queda en pie es la insignia—, que aborda al anglosajón para unirse a la muerte del dúo. Por el babor del que va atado al inglés se ven dos lanchas atestadas y hombres que aspiran alejarse de la nave. Por lo que debe ser el combés del navío irreconocible, se ve salir una humareda pesimista, llegándose a convertir, presumiblemente, en una llamarada que haga elevar la nave a lo más alto para luego descender a toda leche y caer sobre otros navíos y hombres ansiando tierra firme. Y ya que he hecho alusión a otro gran artista, William Lionel Wyllie, referiré un cuadro suyo que, casualmente, titula La Batalla de Trafalgar 14:30 horas, firmado y fechado en 1905. Este veterano pintor de marina, muestra en la obra una mar no del todo asesina pero ya se empiezan a descubrir sus tonalidades ennegrecidas al servir de visera irreparable el humo intratable que deriva de los navíos que se manifiestan derrotados, tiznados, combustibles.
Se presentan de proa siete naves, habiendo expirado ya la segunda y tercera de una línea que se deja los tuétanos para salir del fuego a discreción que reciben de tres barcos que por sus babores proyectan sus balas encadenadas que se enredan en los aparejos hasta destrozarlos. El lado derecho del cuadro, dibuja la silueta de al menos tres navíos de los que dos han sido carne de cañón y se inclinan por concluir la batalla dejándose llevar en los brazos de la resaca que los atrapa fuertemente y sin reparo. La poca luz que se cuela por un vértice libre de zipizape, alerta del socorro que a boca inundada piden los dos hombres que ven, uno sobre un mastelero y otro próximo a los restos de una de las naves del flanco derecho, un resquicio para salvar sus vidas. Entre ellos, se dejan notar tres botes repletos y un marino aferrado a un mástil, pero a los que lograron abordarlos y se encuentran, si antes no acaba con ellos una bala perdida o un saco de metralla, a salvos, les da igual si hay lugar para otro más o no, la cuestión es no dejarlos allí tirados —como hubiesen hecho otros—, viéndoles morir entre el feroz estruendo de las detonaciones que los salpica de fragmentos de navíos, clavos y sangre hermana.
Junto a un bote, se ve a tres hombres asegurados a lo que quedó de otra falúa, y, a unos dos metros de ellos, otro valiente que se sumerge mientras un compañero lo sacaba a flote. En primer plano asoma un marino sobre un mástil, luce camisola roja e intenta rescatar a otro desamparado. Tira fuertemente del náufrago pero ya se le ve desvanecido. Otro grupo de tres se divisa a salvo sobre los restos de un navío que se escora y a tan sólo unos metros de ellos, las balas extraviadas caen dejando notar los piques cerca de una áspera pared astillada que sirve de telón de fondo en la que las embestidas de las olas se unen como espectadoras a tanta amargura. Chapeau por este gran artista, William Lionel Wyllie. Cuenta la batalla como debe ser. Sí señor.
Isaías Bueno.Trafalgar (y IX)Posiblemente hubo otra batalla en tierra al tiempo que la de Trafalgar se libraba en las cercanías de Cádiz. Esa lucha, probablemente fuese la interior, la que cruzaban las mujeres de los Manolos y Pepes o Andreses y Faustinos. Aquella batalla no la entonó pintor alguno —al menos que yo sepa—, como tampoco se bosquejaron las lágrimas de aquellos niños que no volvieron a ver nunca más a sus padres y no sabían, o entendían bien, el por qué de ese adiós callado y amargo. Sólo conocían aquellas delicadas esencias, que sus madres, tías o abuelas, iban a la iglesia del Carmen a rezar, a pedir por los que se partían la cara en aquellas aguas mientras los que los enviaron al infierno leían desde sus lujosas mesas de caoba los despachos que recibían informando de la atrocidad, del suicidio en el que los metió España por todo el morro, porque sí, porque había que estar.
La iglesia del Carmen, en Cádiz, se vio súbitamente agolpada por centenares de mujeres que cubiertas con pañoletas negras traslucían el dolor incontenible que sólo aquel que ve morir a los suyos, deja comprender en un rostro que en otro tiempo fue regocijado por las caricias de aquellas manos, ahora mutiladas o dolidas y ensangrentadas, que jamás volverán a hurgar en tanta nobleza. Es el quejido de dolor más profundo, más cruel. Es el lamento de quien se iba a pique con la nave, el bote o el mástil arrancado a cuajo. Es una astilla clavada en lo más profundo de aquellos hombres que lucharon con el mismo honor y valentía que sus familias rezaron a ese Dios que los vio fenecer sin que por ellos pudiera hacer nada nadie. Es la derrota para el corazón de aquellas voluntades que salían del oratorio encaminándose al arsenal de la capital gaditana para ver llegar a los heridos y los cuerpos ya sin vida que se pudieron librar de yacer para los restos en aquellas profundidades.
Creo que debió reinar en aquel amarre, el silencio, el llanto amargo que corre para adentro, para nuestras venas, inundándolas de martirio. Aquella salpicadura de viento, si a caso envolvió tanto tormento en tierra firme, se les debió antojar a las madres, esposas e hijos, un lamento grueso de derrota, acalorado ya sólo por el recuerdo.
Aquellas naves, al aproximarse a tierra, dibujaban la estampa misma de lo que sus cubiertas demoraban para el final. Asimismo, buques prisioneros o no, dejaban oír el gemido de quienes fatigados por la muerte que les alcanzaba, calmaban su dolor suplicando un tiro de gracia. Para no llorar más sangre. Los barcos desarbolados mostraban también la fatiga misma de la muerte mientras que desde tierra las almas que los veía llegar aguardaban cubriéndose la boca para no gritar de espanto. Aquellas retinas, jamás debieron olvidar tanta tortura. Es la arribada del derrotado, del que sólo ganó la batalla de trafalgar para sus adentros, porque el simple hecho de haber estado allí, llenó sus corazones de gloria para el resto de sus días. E incluso los que perecieron en aquel mar, que entre aliados e ingleses suman 4.857 hombres, se llevaron consigo el orgullo de haber guerreado con dignidad y valentía.
Cádiz, se vistió de luto. Aquel azabache envolvió la atmósfera apesadumbrada que sirvió de cortejo fúnebre aquella larga tarde de un día tal como hoy, el 21 de octubre de 1805, fecha que, 200 años después, recordamos con la congoja de entonces. Quiero pues, que esta serie de artículos sirva de homenaje a todos los hombres que perdieron la vida en la Batalla de Trafalgar. Y que siempre permanezcan en nuestra memoria con la misma decencia que se batieron por su bandera.
Barcos españoles: Santísima Trinidad, 205 muertos, 108 heridos y siendo remolcado a Gibraltar se hundió en Punta Camarinal; Monarca, 100 muertos, 150 heridos y se hundió en Sanlúcar después de la batalla; Santa Ana, 97 muertos, 141 heridos y se hundió en La Habana cinco años después de la contienda; San Justo, 5 muertos, 12 heridos y sucumbió el navío en Cartagena en 1828; San Leandro, 45 muertos y 67 heridos, en 1813 fue desguazado en La Carraca; San Agustín, 180 muertos y 200 heridos, naufragó en aguas de cabo Trafalgar; San Juan Nepomuceno, 100 muertos y 150 heridos, luego de la batalla sirvió en la marina inglesa con el nombre de San Juan y en 1818 fue vendido; Príncipe de Asturias, 50 muertos y 110 heridos, se desguazó en La Carraca en 1814; San Ildefonso, 34 muertos y 126 heridos, en 1816 se dio de baja; Argonauta, 60 muertos y 148 heridos, la nave se hundió; Montañés, 20 muertos y 29 heridos, el barco murió bajo un fuerte temporal en 1810 frente a Cádiz; Bahama, 75 muertos, 69 heridos y fue apresado por los ingleses y utilizado como barco prisión, en 1814 fue desguazado; Rayo, 4 muertos y 14 heridos, se hundió después del combate; Neptuno, 42 muertos y 47 heridos, se hundió cerca de la costa del Puerto de Santa María después del combate; San Francisco de Asis, 5 muertos y 12 heridos, se fue a pique también en el Puerto de Santa María.
¿Puede haber algo más ridículo que la pretensión de que un hombre tenga derecho a matarme porque habita al otro lado del agua y su príncipe tiene una querella con el mío aunque yo no la tenga con él? Blaise Pascal.
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