PUBLICADO 2004
Mi primer día no debió ser muy agradable. Tenga en cuenta que estar atrapado en un vientre no es del todo confortable, más aún cuando ya has alcanzado un tamaño que no te permite estar más tiempo sumergido entre esos líquidos tan viscosos. Pero se estaba calentito, no lo recuerdo, pero ahora que lo pienso… Si no, imagínense en una bañera de agua templada cubiertos hasta el cuello. Debió ser realmente prodigioso.
Mi paz ahí dentro convino perturbarla las contracciones, no había más remedio ya. Es, como cuando su pareja no para de moverse en la cama a las cinco de la madrugada, precisamente la hora esa en la que está usted inmerso en un profundo sueño, y, de súbito, se encuentra al borde mismo del abismo. Es decir, en la arista misma de la cama, apunto de hacer contacto corporal y visual con el frío suelo de mármol. Pues así interrumpieron mi letargo, a base de riñones por aquí y por allá, algún músculo enconado y otros queriendo retornar a su encasillamiento después de nueve meses. Debió de ser complicado todo aquello. No recuerdo mi reacción. Supongo, que me lié a patadas por aquí y por allí, a codazos, a cabezazos… Lo que si recuerdo fue una bocanada de aire que se coló no sé yo por dónde después de una riada. Fue como una especie de arcada a la que se sumaron todos los órganos que me rodeaban. Luego de aquello, como si envuelto en un manto negro y sedoso se tratase, empecé a sentirme fuera de mi habita. No es que yo fuese un renacuajo ni nada de eso, pero, más o menos fue parecido. Como cuando las larvas se ven después de la sequía agonizando en el fango. Seguidamente, como por arte de magia, cada vez que algo con tentáculos intentaba atraparme, percibía voces. Ahora sé que se trataba de voces, claro, antes no sabía siquiera qué significaba eso. Una de esas veces que los tentáculos invadían mi sitio, una luz potente se colaba ahí dentro. Un destello blanco. Aquel fogonazo me hizo volverme hacia otro lado, hacia adentro, hacia lo más oscuro. Al cabo, los tentáculos me atraparon por el cuello. Con mucho cuidado, eso sí, todo hay que decirlo. Las voces se hicieron más potentes y también la luz, y el frío. Sentí frío por la bóveda craneal, o sea, la parte superior del cráneo, donde nos sale ese hoyito que no le podemos tocar a los recién nacidos, pues ahí. Justo en ese sitio sentí el frío cortante. Segundos después, salí del todo. Primero la cabeza, luego los hombros, seguidos de estos la cadera y las piernas. No pude ver nada, con razón tampoco recuerdo un ápice de aquel tiempo. Sólo oí unos sonidos extraños, algunos, como los que percibía ahí dentro en otro tiempo. Supongo ahora que las voces de mi madre, que con aquel torrente no era para menos. Pero las voces masculinas no las reconocía, qué pena. No obstante, quien me sacó de aquel agujero húmedo creo que fue una comadrona, según me informó mi madre muchos años después. Así que, la voz masculina debía de ser la de un ATS, porque los papás, hace treinta y seis años, no entraban en paritorio. Y así vine a este mundo repleto de falsedades, hipocresía, políticos torpes, gente que mata a la otra por la puta cara… Un mundo guerrillero y desproporcionado. Salvo contadas ocasiones, porque algunos llegan aquí con cesárea, todos venimos del mismo modo para contemplar esto, pero ya que estamos aquí…
Luego de refregones y manotazos, vino el pecho del que aún sigue siendo mi ángel de la guarda, mi madre. Sentí de nuevo ese calor pero esta vez desde afuera. Estaba acorrucado en ella y, desde entonces, no se ha desprendido de mí su afecto, su cariño, ese amor tan intenso. Después de mi madre, vinieron otros brazos. Ya saben que los tíos, abuelos, primos, hermanos —que tengo seis— y vecinos forman parte de todo este lío de nacer. Sin embargo, delaté los brazos de alguien muy especial, mi padre. Al menos —me hubiese dicho a sí mismo de tener dos dedos de frente— no estaba solo en esta cosa a la que llamamos mundo. A partir de ahí, no les cuento. Ya saben: los primeros pasos, las broncas, la guardería, el cole, las novias, el trabajo, el coche, la hipoteca, te casas, tienes hijos, los retortijones cuando hay Debate del estado de la Nación, las pagas extras que no te llegan… Sin embargo, con lo que me quedo es con lo que observo cada día que pasa. Cada día en que tengo que cubrir la noticia de malos tratos, esos que ahora llaman de género o domésticos. De todo, eso es lo que me revienta, pensar que después de nacer yo, en la habitación contigua, hubiesen dado a luz a un mal nacido que pega a su mujer, a su madre o a su padre. Ahora, cuando hace ya unos días fue titular de prensa el día de la no violencia de género, maldigo el día en que nació ese hijoputa que pone la mano encima a su mujer, a su madre, a su novia o a su padre, hermana o vecina de la esquina. Maldigo también a cuantos defienden o protegen de la justicia a esos asesinos en serie y maldigo el día en que esa mujer conoció y rindió su amor a ese déspota descorazonado que anda suelto linchando a toda la que se le pone delante. De no publicar este artículo aquel día en cuestión, fue, entre otras cosas, para reivindicar el día de la no violencia de género todos los días del año, no sólo el pasado veinticinco de noviembre. No obstante, la mujer no son 365 días, sino toda una vida.
A ÁNGELES G.B. DE 18 AÑOS DE EDAD, MADRE DE TRES HJOS. MUERTA DE MANOS DE SU PAREJA EN UTRERA. QUE ESTAS LETRAS SEAN LÁGRIMAS QUE DERRAMO.
0 comentarios