PUBLICADO 2004
Las noches mágicas no se pueden buscar porque casi nunca surgen, es, por tanto, que la belleza y lo prodigioso emerge de sus entrañas cuando distraemos nuestra atención y, de súbito, te envuelve. Y eso, por más vueltas que le di, fue lo que me ocurrió nada más llegar a la barroca Plaza de la Constitución, construida en el siglo XVII, en Jimena de la Frontera, de la que ya sólo queda un campanario de ladrillos vistos que, la calidez de una anaranjada luz, lo supo vestir de gala.
Más arriba, justo detrás de la abovedada torre y del escenario que elevó la capacidad artística de Chambao a lo más alto, majestuoso, dominando desde su atalaya el firmamento decorado con centelleantes estrellas, el castillo, también vestido con sus mejores galas para decir hasta luego a las miles de almas que fueron hasta Jimena a rendirle pleitesía bajo un manto de arte que sólo el alcalde de esta localidad campo gibraltareña ha sabido regalar a sus vecinos y también a los del resto de la comarca. Y desde mi rincón, vislumbré, como les decía, de súbito, aquella magia que empañó mis ojos y me susurró en el oído cuando los fuegos de artificios explotaron dejando caer, como lágrimas que despiden el mejor de los eventos, sus brillantes luces doradas, fucsias, plateadas y granate sobre el mullido colchón de música clásica que me hizo permanecer sereno durante el más bello espectáculo que jamás contemple en todo el marco de la bahía. Luego de aquello, como si mentalmente estuviese montando un videoclip, al son de la voz de María Rodríguez y de su banda, atisbé un plano corto de las manos de Paco de Lucía acariciando las cuerdas de su guitarra a cámara lenta. Otro plano, un travellyng, recorrió el escenario cuando Serrat miraba al cielo. Un plano corto del taconeo de Sara Bara se fundió con uno general de Ramón Grau al piano para después desaparecer con una mezcla de los misteriosos ojos de Pasión Vega. Una toma aérea hizo entrar en plano el castillo de Jimena para mezclarlo con otro de la Orquesta Barroca de Sevilla. Así, hasta que el montaje acabó con los aplausos que se me antojaron una sincera enhorabuena a Ildefonso y todo el equipo que, como dije, nos regaló esa magia que surge cuando se le antoja o cuando el alcalde de una ciudad tiene una brillante idea.
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