PUBLICADO 2004
El día del niño, no debe residir en un local, sito en cualquier barriada de cualquier ciudad del mundo. Tampoco debe alojarse en los archivos de las administraciones públicas, como de ninguna manera debe estar afincado en el olvido.
El día del niño, si de veras lo sentimos así, debe ocupar un lugar preferente en nuestros corazones, inundar lo que quede de nuestras corroídas almas y acalorar todos los hogares del planeta. El día del niño, como el de los gays y lesbianas, el de las mujeres trabajadoras o el día del trabajador, el día del padre o de la madre, el cursi e inservible día de los enamorados o el día de la protección a no sé qué hostias, no puede ser una jornada más para reivindicar lo que se les niega a ellos durante el resto del año.
El día del niño, no puede acabar en un comunicado en la plaza de cualquier pueblo o ciudad española, ese día, debe ser el día de todos y cada uno de nosotros, porque ellos, forman parte de nuestras vidas, porque fuimos como ellos, ahora no, no piensen que aún conservamos un niño dentro de nosotros, pensar eso es un gilipollez como la copa de un pino de Flandes. Si guardásemos algo de puerilidad dentro de nosotros, no les pondríamos un arma el las manos, ni le pegábamos palizas de muerte, ni los violaríamos, ni les meteríamos en las drogas o a currar como perros. Nosotros no guardamos nada de lo que fuimos. Es por eso que, si aún nos queda algo —que lo dudo— de bondad y respeto por nuestros pequeños, salgamos a la calle como cuando salimos con las manos blancas, o como cuando nos manifestamos el día del trabajador, o cuando marchamos todos cogidos de las manos para reivindicar los derechos de las mujeres, o cuando decíamos NUNCA MAIS, o cuando gritábamos al unísono eso de “¡aquí se vende droga!” o NO A LA GUERRA, o cuando decíamos también “no nos mire, únete”, o como cuando vemos en la tele o leemos en la prensa la noticia de que un niño ha sido asesinado a manos de sus padres, ¿recuerdan una manifestación ese día? Yo no. Lo que sí recuerdo es mi cámara llorar para mostrarle a usted, y a mí mismo, las imágenes de seres inocentes que son, cada minuto que pasa —posiblemente hasta lo que tarden en leer este espacio—, víctimas de los malos tratos.
Pero no se les caen las manos de gangrena a esos hijos de madre desconocida que son capaces de castigar hasta la muerte a un NIÑO. Y escribo niño en mayúscula porque son merecedores de ser mecanografiados en grande, de eso y más, y no sólo de un día para recordar y lavar nuestra conciencia. ¿Por qué los políticos no envían a todos los hogares españoles los derechos del niño igual que nos hacen llegar la propaganda política para pedir nuestro voto? Pues porque eso supone mucho gasto. Sale más barato mirar hacia otro lado mientras los peques luchan en las guerras y mueren en ellas, sale más rentable —digo yo— dejarles picar piedras en las canteras sudaca, es más económico dejarles morir de hambre, de no proporcionarles agua y alimentos y dejarles llorar hasta consumir todo su dolor. Pedir el voto es un gasto de poca monta, y encima te lo financian empresas privadas.
El día del niño, debe ser un día especial repleto de cariño y bondad, de ternura y respeto, de amor y compañía. Debe ser, lo que sueño cada día que pasa, que no es otra cosa que no abrir un telediario con imágenes de un féretro blanco camino del olvido.
El día del niño debe ser el día de la inocencia, del homenaje con todo nuestro corazón a estos “locos bajitos” —como cantaba Serrat— que nos dice, con voz baja cuando llegamos de trabajar y ya están acostados, eso de: Hola, Papi.
A MI HIJO Y A TODOS LOS NIÑOS DEL MUNDO.
0 comentarios