Blogia
PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2004

Isaías Bueno.

El blanco y el negro

Hace algún tiempo leí en una conocida revista un reportaje sobre el racismo. Maravillosa y rigurosamente elaborado, y repleto de datos, éste artículo se me vino súbitamente a la cabeza mientras paseaba, hace días, por entre un centenar de niños que se dejaban el alma entreteniéndose con cualquier cosa. No paré de ver críos jugando de un lado para otro: con bicicletas, balones de fútbol, con palas y cubos en la arena, corriendo, saltando. Y así hasta que tomé la decisión de sentarme y tomar algo tranquilamente. La copa me la sirvieron en una soleada terraza de mi barrio, junto al mar. Y mientras el camarero se debatía entre las mesas y las comandas para llegar a mí con el refrigerio, mira por donde, me encuentro con un ejemplo claro de lo que debe ser un buen hombre o, mejor dicho, unos futuro buenos hombres, porque de eso también se decía algo en el reportaje y ahora en muchos otros medios de comunicación a cuento del rasismo en los estadios de fútbol, asunto que quiere solucionar el secretario de Estado para el Deporte y que piden se solvente los aficionados, como un lector de este diario que escribió una Carta al Director del mismo pidiendo una solución rápidamente.

Desde mi posición, sólo atisbaba dos espaldas, una femenina y otra masculina. Entre medio se dejaba ver un niño de casi dos años que apenas si se sostenía erguido sin la ayuda de nadie. Más allá, sólo unos metros, otro niño, de la misma edad que el primero pero de color, era negro. Nada más destacaban en él el blanco del globo ocular y sus encías cuando esbozaba una juguetona sonrisa. Estaba acompañado de una mujer, también negra, ataviada con un colorido vestido. El primer niño, que custodiaban sus padres sin perderles el ojo, se mantenía inmóvil mientras  observaba al de enfrente con ademanes misteriosos en su rostro que advertía lo que debía pulular por su inocente cabeza: «Qué color más raro», «éste no es como yo». Se debió decir. El niño de color se acercó, al fin, al blanco impoluto, pero no demasiado, guardaba una prudencial distancia. Blandió éste una sonrisa y Jaime —como así supe más tarde que se llamaba— se la devolvió. No transcurrieron cinco segundos cuando, inesperadamente, Jaime se aproximó a su recién amigo “raro” y le abrazó dándole, además, un caluroso beso que como cabía esperar, el chico de color, torpemente, le devolvió. Las madres de ambos cruzaron una complacida mirada como diciéndose: «qué ricos, ¿verdad?» Y qué sinceros, diría yo. Y qué dignos de vivir entre nosotros. Y qué inocentes y auténticos son. Y cuánto nos enseñan estos ruidosos y pequeños seres a los que tantas veces le decimos «no hagas esto o aquello. No digas tal cosa o, “niño —como decía Serrat— deja ya de joder con la pelota”. Como si ellos no supieran lo que deben o no hacer en determinados momentos de sus inocentes vidas, como por ejemplo amar al prójimo, de eso  son auténticos profesionales.

Así las cosas, estuvieron jugando de aquí para allá hasta bien entrada la tarde noche. Luego, ni Jaime ni Prince se querían separar. Deseaban estar juntos por siempre jamás, compartiendo risas, empujones, caídas al suelo, plásticos y servilletas de papel que intercambiaban de una y otra mesa, y palabras raras, y babeos.  No se querían despedir por nada en el mundo. De hecho, las madres tuvieron que intervenir para alejarlos: «venga Jaime, que ya es tarde» decía la una y «Prince, cariño, que debemos marchar» decía la otra, en un español malísimo. Pero cada uno de ellos tenía un destino. Así que partieron tomando sus distintas veredas, no sin antes   —ejemplo claro de lo que debería ocurrir en un estadio de fútbol o donde sea—  el blanco y el negro intercambiar una última sonrisa, posiblemente la más noble que vuelvan a dibujar unos labios que, sabiamente, se tornaron del mismo  color.

   

0 comentarios