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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                                  De 20:30 a 21:30Sobre mi cabeza, y sobre la de todas las personas que transitan frente a mí, aletean golondrinas nerviosamente. Estas aves  expresan sonidos frenéticos a veces La avenida se ha vestido, entonces, con sus mejores galas. Hoy, además, especialmente engalanada de felicidades. De gente cualquiera, anónima, con sus problemas, sus defectos y sus virtudes; la de hoy ser feliz. Ya debe quedarle poco al sol para ponerse el pijama. Son las 20:30 horas. A mi lado hay sentadas dos mujeres que conversan risiblemente. No sé qué se traerán entre manos pero se desternillan. Caminando a mis espaldas, un matrimonio de plata pasea pausadamente y también charlan graciosamente al pasar. Un deportista que los rebasa haciendo fúting lleva los auriculares de la MP-3 y debe de estar oyendo algo también divertido porque a pesar del esfuerzo físico dibuja una mueca risueña. En la playa una joven juguetea con su perro corriendo en círculos para malhumorar al canino, pero ella disfruta y deja escapar carcajadas.  El sol roza la raya del horizonte que hoy se ha visto trastocado por el levante. Quien habla desde su teléfono móvil más allá de mí, bromea con su interlocutor y carcajea. Ahora son dos bicicletas a toda velocidad conducidas por estudiantes que se debaten en sortear a los transeúntes, y, como los otros, lo hacen entre  risas, debe de ser ése el reto, librar, sin atropellar a nadie, cuantas más almas mejor. Las golondrinas se han venido más hacia el mar, y sobre la arena de la playa chillan todas juntas. Debe de haber cientos, moteando el cielo de vibraciones oscuras que se entremezclan con el anaranjado del fondo, hacia poniente. Un grupo de chicos y chicas se deja advertir sentados en la arena paja de la playa para irse percibiendo sólo sus siluetas negras al contraluz que les permite ya el sol que se echa lentamente. Juegan y se empujan hasta tentar con el torso los minúsculos granos del arenal. Y del mismo modo, se mueren de la risa, saltan y todo les es ajeno. Sobre el reborde de hormigón armado que delimita la playa del paseo, hay sosegados dos tortolitos. Pero esta vez no flirtean, ni se besan, ni están abrazados o pegados. No. Ahora están riendo. Leen algo en un folio y se parten. Los que se han detenido en el paso de peatones para cruzar la calle, aguardan conformemente sin importarles que se detengan o no los vehículos. Atisbo una pandilla de chicas que se acercan tronchándose y se las oye desde la distancia. La mar está más calmada, relajada. Las golondrinas han elegido esta vez más altitud y menos gritos. Parece, ahora sí, que hay entendimiento. La orilla del litoral está dejando ver colectividades que pasean sin ánimo de desagrado. La chica del perro se marcha. El del teléfono móvil cuelga. El matrimonio feliz se aleja y los de las bicicletas se detuvieron más allá. Dos señoras mayores interrumpen el paseo para puntualizar un tramo de la conversación que del mismo modo las hace reír. Todos son felices. Hoy, como pocas veces  he contemplado, las personas que pasean junto a mí son felices. Todos parecen estar tocados por el ocaso más bello que se distingue desde la playa de la Victoria, en Cádiz. Hasta la brisa marinera que se aproxima a intervalos desde el este, nos acoge simpática, sin prisas, sin brusquedades. El sol ya está más próximo al mar. Y más rojizos los rostros que hoy se visten de felicidad. De la arena de la Victoria salen sacudiéndose los que la poblaron de entretenimiento y de andares —porque hoy no son nostálgicos— alegres. No todas las golondrinas han desaparecido, aún quedan, para los ojos casi cerrados del sol, algunas revoloteando, pero ya se descubre que también se dan las buenas noches. Y yo, me levanto del pequeño muro y, tras un último vistazo a tanto alborozo que ya se deja ir también para volver Dios sabe cuándo, me alejo. Y dejo escapar, cómo no, una sonrisa para unirla a la de tanta gente que ha discurrido abundante de felicidad ante mis ojos para regalarme este artículo. 

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