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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                                    De la mar el mero…

No está Pepe Carre en su mejor momento últimamente porque anda un poco tristón. Es Pepe un amigo del alma, de esos de toda la vida, de esos a los que hay que aplaudir y querer por siempre jamás y uno de esos de los que uno se beneficia con tan sólo tenerlo al lado. Es Pepe un tío legal, de buena ralea, un lector emocionado y persona culta donde las goce. Le gusta engullir todo libro que se planta enfrente y su biblioteca es amplísima, pero tiene predilección por la filosofía y por las estulticias del hombre para alimentar su egoísmo y su falsa figura (lo que le hace a Pepe decir: “Qué sabrán las moscas lo que comen”) aunque para ello se tenga que llevar a su padre por delante. Pepe es mucho mayor que yo, debe andar por los sesenta tacos o así pero aún guarda la sutileza de quien ha visto demasiado y no quiere borrar de su memoria ni un solo momento vivido ni las cosas que un buen amigo le ha brindado algunas vez, que no es sino, como él señala, la imperecedera compañía.

Con Pepe pasé una adolescencia muy nutrida, muy sabia e ilustrada. Mi amigo Pepe me proporcionaba las dotes para no ser un cafre de los de ahora y me allanó el terreno para que mi caminar fuese, aunque a veces anímico y desalentado, fructífero y consecuente. Hombre versado este Pepe Carre como los que ya quedan pocos. Tiene Pepe un talento apasionante para la pintura y traza los mejores colores sobre lienzos que, desde hace décadas, soñó con hacer hablar dándole luz a las formas y perspectivas al mundo, a su mundo; y lo consiguió. El mar es su espejo, o el reflejo de su alma. No sólo le gusta contemplar el inmenso mundo que nos da la vida, sino que se dejó ir por él en otro tiempo con un bote intraborda que llevaba en la proa el nombre de Ana. El Ana se quedó sólo en eso porque en el registro de la marina no le dejaron poner el nombre que a él le hubiera gustado, que no se lo menciono aquí porque no se lo van a creer. Pepe estuvo enamorado de la famosa Ana Belén y el nombrecito estaba muy relacionado con las intimidades de la cantante. Aunque “De la mar el mero y de la tierra Pepe Carretero”, dice con dos copas.

Pepe deja ver un cabello largo con bucles y barba también dilata que se deja ir, en ocasiones, hasta el pecho. Su talla mediana y caminar erguido lo diferencia de los demás y su sonrisa es fiel y auténtica. Sus manos son cálidas y las caricias de sus palabras detienen el tiempo; simplemente todo deja de existir, excepto dos amigos que a través del vocablo discurren por sus almas como la luz rala de una vela fisgonea por los rostros de las personas o las paredes de una estancia desaliñada y rancia que deja ver figuras extrañas. El verbo de Pepe es leído  en sus ojos y la prosa de su compañía es oro para mi memoria. Hace tiempo que no le visito y estar hace unos días frente al ordenador para relatarles lo que fuera menester, me ha abierto esa tapadera inexpugnable que a veces cae sobre nosotros impidiéndonos dedicar unos minutos de nada a contar algunas de las historias de un amigo fiel y sincero que predispone, siempre, de una peculiar, honrada, sabia, decente e ilustrativa forma de querer a los demás. Hace semanas que no paso a tomar una copa con él en el mercado de abastos o en la Peña. Hace semanas que no hablamos de sus cuadros ni de sus libros, ni de sus rarezas y las mías, de sus visiones de este pútrido mundo vestido con el mejor sainete ni de la incondicional forma de matar que tienen los poderosos en guerras que se inventan porque les sale de los huevos.

Pepe Carretero está enamorado de los que se dejan enamorar y de los que enamoran. De los que saben amar y de los que aman. Si este mundo lo poblaran gente así, otro gallo cantaría, compadre.

  

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