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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías BuenoDecir amigo  

Qué casualidad la mía cuando me veo inmerso en una reflexión al tiempo que, más allá de mí, a pocos pasos, se reencuentran dos amigos y se saludan exultados dándose un fortísimo abrazo; luego, mirándose a los ojos con una amplísima sonrisa, se dijeron lo que en años no habían podido. Mi cavilación, que  no estaba lejos de la amistad, ni de la sinceridad con la que se rinde uno a los pies de un  auténtico compañero, me hizo profundizar más en el asunto hasta llegar a una conclusión y un brindis muy especial. Sentí que justo a mi lado, parecía estar sentado el pensador argentino Dr. Enrique E. Febbraro, quien se inspiró en la llegada del hombre a la luna para tener la brillante idea de registrar el Día Internacional del Amigo, que se celebra cada 20 de julio, y unir, así, las virtudes más grandes del ser humano.   

No hay nada más importante que la familia, pero existen entre nosotros  seres que nos iluminan también de una forma desinteresada y única que, al menos en mí, no pasan desapercibidos. Estos, son mis amigos. Y hablo —como ustedes supondrán— de esos que se pueden contar con tres dedos de una mano. «No tiene ningún amigo el que tiene demasiados amigos —dijo Aristóteles—.» Son, generalmente, personas que no conocen el odio, ni la envidia, ni siquiera la vanidad o la impertinencia. Mis amigos son nobles, hombres de buena sangre teñida de sabiduría y del más sincero cariño y respeto. Gente saludable y honrada, buenos hijos, excelentes hermanos y esposos, hombres comprometidos con las cosas buenas que hace el ser humano y también personas solidarias.

Por otro lado, disfruto, como no podía ser menos, de la disposición de otros amigos, no menos buenos que los anteriores pero sí más despistados y de miradas perdidas, sin nombrar a los que ya me abandonaron para siempre y que una vez me brindaron el honor de conocerles; hoy se encuentran en un lugar maravilloso situado por encima de las nubes más altas.

A los que me refería al principio, son observadores, saben, sin tú articular palabra, cuál es tu pena o el motivo de tu llanto. Conocen la causa de tu júbilo y se muestran —aunque la tristeza los ahogue— satisfechos de tu alegría, te ofrecen su apoyo, te ayudan a levantarte, calman tus temores, no se rinden contigo y te elevan a lo más alto... Estos personajes en cuestión, son muy distintos el uno del otro, pero plagiaron sus corazones hasta donde ustedes no se pueden imaginar. A veces, cuando sólo con nuestra compañía nos alentamos, permanecemos en el más absoluto silencio, como si ya estuviese todo dicho sin decir nada. Como si nuestras almas se fundieran en una sola y nuestros ojos y oídos vislumbraran y percibiesen el más bello sueño hecho realidad. Son gestos simples como llamar por teléfono e interesarnos el uno por el otro, o por el estado de nuestras familias, en cuestión de segundos. Es… ¿Cómo les diría yo? Besarnos en la mejilla a nuestro encuentro en vez de estrechar nuestras manos. O como si Dios nos hubiese unido para dar ejemplo de cómo se debe concebir la amistad o vivir entre los hombres. La magia que les describo, es tan pura como el agua que emerge de lo más profundo de la tierra. Por eso, aunque no toque hacerlo hasta el próximo año, yo le brindo estas líneas, montera en mano, a mis más fieles almas, que luciré en lo más hondo de mi ser como el más hermoso de los anillos emplazado decentemente al dedo.

  

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