PUBLICADO 2006
Al cabo miré al cielo, y lo que en un principio fueron nubarrones hoscos y negruzcos como la aciaga época que vivíamos, se tornaron más grises y menos amenazadores. La lluvia, resolví, no llegaría aún. Así, sin más observaciones ni treguas, me enfundé el abrigo, rodeé mi cuello con la bufanda y salí de casa. El gentío se oía cada vez con más intensidad a medida que descendía por las escaleras. Una vez en la calle, todo parecía quedo. El eco del interior del edificio amplificaba el murmullo y resultaba, a veces, hasta molesto. Al zambullirme entre la multitud me dejé arrastrar hasta aquello que me hizo salir de casa casi rozando la anochecida, y llegué, al fin, al inmenso promontorio repleto. Desde la balconada no se percibía tan grandioso, pero una vez allí, frente a él, casi pude oler lo que contenían aquellas bolsas. Los envoltorios, presagié, guardaban libros. Libros que aquella gente ya había leído o, incluso, habían adquirido en las casetas que cada editorial instaló en la plaza. Se acercaban niños y niñas, hombres y mujeres de todas las edades y hasta perros bien adiestrados que con sus fuertes mandíbulas oprimían la bolsa que luego dejaban caer al suelo para que alguien la asentara junto a las demás.
“Señora, disculpe”, dije volviéndome hacia una mujer. “Dígame”, se prestó ella. “¿Qué dejan en esta pirámide?” Inquirí, casi ruborizada. A veces, mi ignorancia me lo hacía pasar fatal. “Dejamos libros, señora”, respondió la joven, apresurándose a ceder el suyo. Un escalofrío ascendió por mi espalda. Mi olfato, una vez más, no había fracasado.
Sumergida en aquella avalancha y casi desconcertada, o más bien aturdida (pues mis ochenta años ya no me permiten permanecer mucho tiempo entre aglomeraciones), decidí alejarme para tomar aire y, efectivamente, un gran cartel colocado en alto a la entrada misma de la plaza de San Clementino pedía un volumen a cada una de estas personas para donar más tarde a los colegios de los países más necesitados. Entonces, observando aquel letrero, rememoré que ese gesto de solidaridad y humanidad existía desde hacía, al menos, 60 años. A mis veinte, y viviendo en un humilde poblado de los Andes, llegó una partida de obras literarias que habían recolectado de muchos países del mundo. Cogí un título al azar de entre una pila y al descubrir sus amarillentas primeras páginas advertí una nota de quien contribuyó con aquella donación. Yo no sabía leer ni escribir. En la aldea todos éramos analfabetos. Pero aprendí a leer y escribir y cada noche, y cuando finalizaban las tareas en el campo, me bañaba en agua de rosas con aquellas historias que en él se narraban. El recordatorio de quien cedió la obra decía así: “No sé quién eres, tampoco lo que harás con este libro, de todas las maneras, si decides leerlo, cuando acabes compártelo con otra persona, así, todos os podréis enriquecer”. De ese modo, cuando lo hube acabado, lo dispensé a otra vida. Y así, de mano en mano, llegó de nuevo a mí casi por casualidad al cabo muchos años con otra inscripción: “Gracias por habernos enseñado a soñar, querida amiga”.
Rememoré aquel paso indeleble por mi vida con mucha añoranza, sin embargo, el simple hecho de pensar que el gesto caritativo haría feliz a muchas vidas con las historias cedidas, me hizo sentir un abrazo cálido de mí pasado.
La gente tardaría en marcharse, así que sin más dilaciones, regresé a mi casa para remover la estantería del cuarto que dispenso para la lectura y extraer el libro que también yo compartí, una vez, con alguien. Se titula El viento que acarició su pelo. La cubierta del tomo, esta ilustrada con la imagen de una bella mujer que alzaba su rostro como queriendo robar el aire que la halagó, e iniciaba la historia narrando el soplo de libertad que ansiaba la joven.
Aquellas amarillentas hojas comenzaban así:
Estaba tumbada boca arriba tomando el sol. Su airosa figura delataba un período de relajación en estado puro y sus ojos cerrados expresaban serenidad. Una respiración lánguida también se advertía teniendo en cuenta los demás elementos que la elevaban. Sobre la arena de la playa, parecía haber recuperado aquello que todos perdemos alguna vez, la libertad.Lo supe porque al cabo se incorporó. Se ayudó con las manos a levantarse y, una vez erguida, inspiró profundamente. Dejó escapar el aire lentamente como aquello que la dejó ir a ella y avanzó un paso al frente. Un paso tímido, muy corto. Alzó los brazos y luego los situó en cruz, como pretendiendo dejarse acariciar por el aire que depuraba delicadamente su torso. Elevó la cabeza sacando pecho, y mirando al cielo con los ojos nuevamente tupidos, volvió a dejar que penetrase en su interior la brisa salada que provenía del sur. Su corta melena revoloteaba con el soplo tratando de formar parte de aquel delicado baño de independencia que aquella tarde se estaba regalando. Sólo en aquel rincón humedecido por el mar, quedaba la silueta de una mujer que hizo suya aquella infinita soledad para sentirse la persona más feliz de la Tierra. A esa última hora, cuando al sol le quedaban unos pocos minutos para dejarnos la visita indeleble de la luna, la mujer aquella, imperturbable, volvió a echarse sobre la arena para extinguir los últimos rayos de luz que del mismo modo la impregnaban de emancipación. Es cierto que no escrutamos la relajación o la soledad. Es cierto que cuando nos apuramos en encaminar nuestros pasos hacia un lugar remoto lo que ensayamos es unirnos a nuestro entorno, a ese que aún queda virgen, despoblado de gigantes de cemento, de ruidos, de caminos infranqueables, para reencontrarnos con la libertad. Aquella que nos pertenece y que, en estos primeros días de primavera y privilegios naturales que nos da la vida, ansiamos abrazar. Porque en eso consiste: en sentirnos libre. Sueltos. Desnudos de cuanto nos enfundamos quiméricamente y de lo que aspiramos a arrancarnos, quizá, para siempre. Liberarnos de aquello regulado por pautas que rigen nuestra actividad o conductas que nos dicen aquello que debemos o no hacer, e incluso, sentir. No queremos estar solos. Perseguimos ser autónomos, y, para ello, apelamos a la única manera que conoce el hombre para lograrlo aunque sean unos pocos minutos: el aislamiento. Aquello que a veces se nos antoja cruel y que en cambio nos embalsama. Es cierto desde luego, que el ser humano, por el hecho de ser libre, está condicionado por su propia persona, pero aquella mujer sólo se dejaba conducir por el susurró del mar, el silbido consumido de aquella cálida brisa y por el manto esponjoso que se rendía bajo sus pies. Esta vez, cuando de nuevo se levantó, fue para doblar cuidadosamente la toalla. Introducirla en su bolsa arco iris y enfundarse la camiseta, el pantalón, la gorra y la falsa predominante. Sin embargo, no se alejó sin antes rendirse a la orilla del mar para empapar sus manos y luego su rostro. Unos segundos de luz mandarina también le escribieron adiós, para más tarde desaparecer. Yo permanecí inmóvil unos metros más allá observando cómo libraba anémicamente el último tramo del camino que la arrastraría de nuevo al otro lado de esa frontera fantaseada que separa un mundo de otro. Un estado racional de uno inventado y más limitado que nunca. Atrás quedó pues, la perdurable soledad que, por un tiempo circunscrito, le había otorgado a esa mujer el derecho a ser libre. Porque en primavera, cuando los primeros rayos de sol caen enérgicamente sobre todo cuanto de natural nos rodea, eso es lo que deseamos hacer junto al mar: sentirnos libres.Cuando hube acabado de leer esta primera parte del relato, cerré el libro y también mis ojos. Buscaba, como hiciera Laila, la protagonista de la historia, un soplo de liberación. Un vértice, por muy diminuto que fuese, por el que poder desprenderme de mis cadenas, aquellas que llevé endosada desde que nací, hasta la edad de treinta años; en los Andes, las cosas no eran fáciles para nosotras.
Laila era arqueóloga. Libraba una vida ajetreada de yacimiento en yacimiento y prácticamente no se dedicaba el tiempo suficiente para hacer lo que más le apetecía, que era estar sola. Descubría restos que contaban, según se narraba en la obra, nuestros orígenes. Pero ella nunca alcanzó a descubrir los suyos. Como en toda novela, en la que la chica solitaria y de pensamientos jóvenes se debatía en descubrir su propio yo, conoció a un joven historiador que la alcanzó con la flecha del amor, que ella, por orgullo, se resistía a profundizar.
Todo transcurría entre las estanterías repletas de las bibliotecas a las que Laila asistía cada miércoles para revolver centenares de documentos históricos que le confirmaban los datos que, en esos días de hallazgos, a pie de cantera, nuestros antepasados le iban aportando.
Tomy no era muy dado a verse envuelto entre polvorientos archivadores, pero el fulgor del amor que le profesaba a Laila podía con todo. Así, cada día correspondiente en que Laila visitaba los almacenes literarios, Tomy se plantaba frente a ella acuciando un encuentro fortuito.
Cada hoja de aquel libro cedido que pasaba con delicadeza, me hacía contraer el vientre, pues no deseaba más que enamorarme y dejarme enamorar. Fue de ese modo como descubrí que leer me hacía formular pensamientos —aunque sólo fuera eso— que de otro modo no hubiese logrado alcanzar jamás. Me envolvió tanto la lectura de aquel relato, que no me desprendí de él hasta que en otra partida de ayuda humanitaria adquirí otro, cediendo, como ya os relaté anteriormente, El viento que acarició su pelo.
La cosa no quedó ahí. Diez años más tarde, conocí a su autor. Visitó mi aldea y tomó las primeras notas que servirían para escribir su próximo libro. De ese modo, cada tarde, cuando los menesteres del hogar me lo permitían, me acercaba a su cabaña. La confianza nos hizo permanecer largos ratos hablando de literatura, hasta que, un día, le desvelé cómo su obra literaria, una de las más famosas, había llegado a mis manos. Nos enamoramos después de aquello y vivimos juntos durante cincuenta años.
Años después nos trasladamos a Nueva York y luego a España, donde murió hace ahora un año. Mi marido era Michel Leonord, uno de los más brillantes y reconocidos escritores noruego. Junto a él, conocí la libertad. Y, cómo no, el placer de leer y soñar.
Introduje el tomo en el bolso y salí nuevamente a la calle. Me aproximé a la pila de libros situada en el centro mismo de la plaza y dejé, con suma delicadeza, el mío. Aquel que me acompañó durante décadas a todas partes, y del que no me hubiera desprendido de no ser por contribuir a que personas como usted o yo, encuentren un gozo en él.
Luego me alejé de la pirámide literaria y me fui a casa. Me senté en el cuarto de leer y, con unas cartas de mi marido sobre mi regazo, recordé sus caricias sobre mi pelo, gesto que me sacudió el alma haciéndome sentir la misma complacencia que Laila.
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