PUBLICADO 2006
Así no vamos por buen camino. Es desde dentro desde donde se deben prevenir las discriminaciones y los malos tratos a la mujer, en este caso trabajadora, y cuando digo desde dentro me refiero desde nuestras casas, desde nuestros hogares. El otro día me vino a ver una señora, profesora de un instituto, pidiéndome a la desesperada denunciar públicamente su precaria y lamentable situación laboral. Resulta que esta educadora dice someterse cada día a los malos tratos por parte de su alumnado y “no es apoyada lo suficiente por quien/es compita/n arrimar el hombro”. Por si fuera poco (me comenta la tutora) las acusaciones se vierten contra ella y no sobre los inciviles que tiene dicha maltratada en su aula. O sea, que hay que joderse, que al final la culpa va a ser de ella. Y la única solución que le ha quedado, me dice también, angustiada, “ha sido pillarme una baja y salir del centro con la cabeza gacha” (aunque de esto hay versiones para todos los gustos).
Esto me hace pensar que el árbol que intentamos ver fuerte y sano se nos tuerce. Esta profesora, dice estar amenazada por algunos estudiantes. Además de ser insultada cada día por ellos, tiene que rendirse a pruebas de puntería: sus jóvenes la reemplazan por una diana y le arrojan bolas de papel, le borran los escritos de la pizarra y la ofenden; se burlan de su físico y de su forma de hablar o expresarse. Esta mujer, que en un tiempo estuvo de baja por enfermedad, se enfrenta cada día a un calvario del que no sabe cómo salir pues no cuenta, como ya dije antes, con ningún tipo de ayuda. No denuncia en el juzgado porque dice tener miedo a represalias.
Se hace cada vez más punzante conmemorar el Día de la Mujer Trabajadora cuando en este país, y concretamente en esta comarca, una de esas mujeres maltratadas en el tajo cada día es, por añadidura, profesora. Y es a esta educadora a quien sus discípulos maltratan. A veces, o casi siempre, se culpa de los malos tratos laborales, de la falta de puestos para la mujer y otras injusticias, a los gobernantes y a los patronos, pero esta vez, miren por donde, son alumnos de un centro de educación los que martillean y escupen su odio, toda su cobardía y su despotismo contra una mujer.
No vale de nada que saquemos pancartas reivindicando justicia para la mujer si los alevines a los que pretendemos educar, o deseducar, según se mire, toman el relevo al maltratador y son ellos los que se disponen a cubrir esa bacante. No es este el único instituto de España que se ve en una situación similar, son muchos y algunas veces la administración no hace absolutamente nada. Vemos, cada día, cómo la violencia se apodera cada vez más de los centros de enseñanza y somos testigos, del mismo modo, de cómo centenares de profesoras, es decir, mujeres trabajadoras, se enfrentan cada jornada laboral a una verdadera pesadilla. Algunas se tienen que medicar antes de asistir a clase porque la ansiedad la devora. Otras, cruzan los dedos pidiendo un buen día entre sus chavales. Nos estamos despreocupando mucho, muy mucho, de este sector profesional tan importante y de que en estos puestos hay mujeres que son torturadas psíquicamente. No pueden olvidar los padres y madres de los cafres, que en los centros educativos trabajan gentes honradas y que un instituto no es un lugar de estancia temporal en el que dejan a sus hijos mientras ellos se van al trabajo o a la compra. Me gustaría, a veces, que ése padre o ésa madre, pasara por esta excursión laboral en el pellejo de la maltratada para que pudieran conocer, de primera mano, a esos futuros sembradores del terror. Desearía que más de un panoli tuviera que vivir a base de tila cada mañana antes de afrontar una jornada espeluznante en la que los más jóvenes siempre son los grandes triunfadores, como lo son en el caso que les expongo. No sé si es en sus casas donde ven estos adolescentes los malos tratos, pero desde luego en un instituto no se aprende a agredir, a ofender ni a insultar o dar palizas. Esta situación por la que atraviesan muchas profesoras no es aislada y los directores de los centros, que sancionan y repulsan estos actos con contundencia, no pueden hacer más que enviar al cafre a casa, pero la cuestión no es si el doncel debe estar en su casa o en el instituto, si no de adónde vamos a llegar. Porque, dicho sea de paso, estos delincuentes están proliferando por cada centro de nuestro país.
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