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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                                     El ratón vacilón

Iba enfundado en un blanco pulcro y sus ojos traslucían el color fuego. Sus patitas y manitas abiertas sugerían a quienes se plantaran frente a él, una predisposición irresistible porque, además, se encontraba este personajillo boca arriba; la cabeza totalmente posicionada hacia atrás y sus deditos entreabiertos. Se dejaba hacer, no sé si anestesiado o no, todo cuanto fuera menester. La foto que observé es un plano corto desde la cabeza viéndose al fondo las manos aquellas que eran más grandes que él. Mucho más grande, dónde va a parar. Hurgaban aquellas extremidades en su interior; también desconozco qué buscaba el poseedor de ellas. Lo que sí sé es que tras las manos enguantadas se dejaba ver, asimismo, una bata del color del cuerpecito inerte que yacía sobre una gran mesa metálica que advertía unas gotas de sangre; sangre que provenía del interior de aquel perfilado,  lanoso y dócil cuerpecito.

Ya se lo anunció su compañero entre las rejas de su aposento: “M33, te van a dar la del pulpo”. Claro que, M33, que desconocía al completo lo que en aquella silenciosa sala repleta de artilugios se cocía, no hizo caso al comentario de su vecino: “no digas tonterías, M32”, dijo M33, restando importancia a la sentencia. Era cierto que M33 acababa de aterrizar en aquella inhóspita y avanzada estancia, pero sólo había que escudriñar su alrededor para saber a lo que se iba a enfrentar. M32 no se dio por vencido y prosiguió dando consejos: “lo mejor (añadía susurrando) es que te hagas el muerto”. ¿El muerto? Se preguntó M33. Sacudió entonces la cabeza y repitió las palabras de M32 para salir de dudas: “¿Que me haga el muerto? ¿Eso es lo mejor? ¿Por qué?” “Porque si no, raaaggg”, respondió M32 imitando el harakiri con su enjuto pulgar haciendo al mismo tiempo una mueca con su boca.

Hombre, temblar lo que se dice temblar, no tembló M33, pero casi rozó la inestabilidad y se agarró a uno de los barrotes de su mundo y el de muchos como él; que se podían atisbar a un palmo suyo. Algunos de los que coexistían más allá, tiritaban y agonizaban; otros embestían las fuertes varillas y a cabezazos se mataban. Los menos, iban de un lado a otro de aquella jaula sin saber muy bien lo que buscaban. De hecho, M32 señaló a uno de sus compañeros con el dedo: “¿Lo ves, tonto del haba?” Era cierto, aquellos pobres animalillos estaban alelados. ¿Qué estaba ocurriendo allí dentro? Enfocaran aquellos pequeños ojillos rojizos a donde fuera, sólo descubrían seres atontados o inmóviles. Por cierto, no se oía nada; ninguno de ellos emitía tan siquiera una queja. Nada. Sólo el ronroneo del que no se percató hasta entonces M33, que prorrumpían las neveras que ocultaban los horrores a los que eran sometidos, se percibía en la cada vez más ennegrecida aula de experimentos. Allí, al fondo, las batas blancas se dejaban ver colgadas imitando la figura misma de los fantasmas que ya empezaban a pulular por aquella pequeña e inexperta  cabecita nívea.

M32 observaba a su colega sin decir nada; quería dejarle tiempo a M33 para que empezara a digerir todo aquello. Vamos, a vivir del cuento que ha venido este, se debió decir M32. “¿Ya sabes por qué estás aquí, gilipollas?” Le preguntó M32 a M33. “Me lo imagino, me lo imagino”, respondió M33 sin salir de su asombro y cabizbajo. M32, no sé si a mala leche, le relató algunos hechos: “nos drogan, nos someten a descargas eléctricas, nos abren en canal, nos extraen las vísceras, nos inyectan virus y hasta nos congelan”. Como se ha de suponer, a M33 se le descompuso el cuerpo. Se desmayó. No obstante, y sin percatarse M32 de que a su colega le había dado un yuyo, añadió, mirando al techo, que  los monos también eran sometidos a esas y otras torturas, y entonces preguntó a los oídos inconscientes de su camarada: “¿por qué no ensayan estos cabroncetes entre ellos mismos inyectándose virus unos a otros y cortándose los huevos entre ellos y así nos ahorran tanta amargura a los animales?” Eso inquirió M32. Un ratoncillo más listo que el hambre y más razonable que aquellos doctos hombres que lo hacían agonizar. “Así que ya sabes (proseguía M32), prepárate porque la que se te viene encima es guapa, colega”.

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