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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                                      Fuga de la comitiva

Ahora se casan más parejas que en el mes de diciembre. Aunque algunos, todo hay que decirlo, esperan a que pase la mala racha económica en la que la mayoría de sus invitados se ven cercados y prorrogan el maridaje hasta fulminado enero. Es, por decirlo de alguna manera, como si aguardasen a que las carteras estén llenas para que la ofrenda a percibir sea más sustanciosa. Porque lo crean ustedes o no, algunas parejas, de todo este entramado del casorio, es lo que más desean poseer: la pasta. El pisito, el salón, la tele, el DVD, el vídeo, el ordenador, la cocina, los dormitorios, el viaje de novios (mejor dicho está si escribimos de marido y mujer), el coche, el convite, los trajes, los padrinos y los amigos los ponen ellos. Para eso no hay problema; pero la manteca la soltamos nosotros. Hay que joderse. No me digan que no sale cara la cena o el almuerzo…

Sin embargo, en un pueblo del centro de España, allí donde las tierras parecen baldías pero no lo están, los invitados al enlace del Manuel y la Carmencita aprovechan lo aportado. O sea, que se lo montan de padre y muy señor mío. Pasan de las nupcias y, por el morro, o sus santos huevos, se van directamente al banquete. Así, como se lo cuento.

Resulta que me encuentro con un amigo en un bar y le pregunto por el fin de semana de boda del que habían disfrutado su mujer y él en el pueblo de sus primos y me dice, malhumorado: “de pena, Isaías, de pena”; meneaba la cabeza indignado. Solté la caña (de cerveza) que sostenía en  la mano e inquirí desconcertado, y asustado: “¿Una desgracia, Pepe?” “No hombre, no”, respondió con ademán subrayado. Así que comenzó su relato.

Resulta que mi colega se había mamado quinientos kilómetros hasta llegar al pueblo de su mujer. Culminó el viaje a las dos de la madrugada. A la mañana siguiente se dieron una buena ducha, se enfundaron el traje de bodas, y de bautizos y comuniones (porque ya saben que el mismo atavío vale para cualquier festín) y se marcharon a la iglesia donde, se suponía, aguardaba to Dios a que los dos tortolitos salieran del flamante coche decorado con lazos y flores. Allí, plantados frente al santo frontispicio, se miraron con gesto enrarecido: “¿Dónde está la peña, Juani?” Le preguntó mi colegui a su esposa. “No tengo ni pajorera idea, Pepito mío”, respondió ella mirando a su alrededor buscando un rastro de vida humana, de vecinos de aquel pueblito. Pero nada. Bueno, ni los novios habían llegado. ¡Un momento! Ahí vienen los novios. Se apearon del turismo y se quedaron flipados: no había nadie en la puerta de la iglesia. Aguardaron con el cura en el umbral. Cinco minutos, diez, veinte… Una hora. Los novios pensaron lo peor. Mis amigos, Pepe y Juani, llamaron desde el móvil al cuartel de los picolos, al ambulatorio… Nadie sabía nada. Así, el párroco propuso casarlos y ellos, los tortolitos, aceptaron. Pero  Pepe, sabio conocedor del careto que muchas veces le echa la peña al asunto, planteó ir al restaurante donde después del despose estaba concertada la comilona. Y efectivamente: todos y cada uno de los invitados se estaban nutriendo de lo que habían pagado (meno los padrinos, faltaría más). La novia no se atrevió a decir nada. El novio tubo más huevos: “¡Silencio!” La sala enmudeció. “¡En perfecto orden, vayan saliendo por la puta puerta!” Un murmullo sepultó aquella pesada atmósfera como losa de quinientos kilos que cae sobre el más fuerte. “¡Vamos, coño! ¡A qué esperáis!” Se impacientó el recién casado. Los comensales, de uno en uno, soltaron las servilletas que reposaban en sus regazos y tomaron sus chaquetas, se anudaron sus coloridas  corbatas y desalojaron la estancia. La novia lloraba, esta vez sí, desconsolada. Su rostro se hundió en aquella vergüenza de gentuza que, sin alma alguna que contuviera su repugnante deseo de comer a lo bestia, no dejó en ella sino la más triste desolación con la que unos cuantos miserables la habían abandonado como regalado del que se suponía debía de ser el mejor de sus días.

Pues esta historia es verdad. Auténtica. Fiable. Es por ello que me voy a privar de dar el nombre del pueblo y el auténtico de mis amigos, el empleado anteriormente es ficticio. Hay gente que tiene poca vergüenza.

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