PUBLICADO 2006
Es sólo una suave brisa la que le acaricia muy suave el rostro. Me atrevería a decir, incluso, que no es ni siquiera brisa, sino el manso viento relativo que cortamos al caminar sobre la arena más acorchada de la playa. En una mano lleva el cubo con algunos trapos, la cerveza y los bocadillos; en la otra mano la silla y mesita plegables sobre la que dejará la carnada, el utensilio (tan original) para ensartar las lombrices extraídas cuidadosamente de la pequeña caja de cartón, la navaja, algunas plomadas y el paño con el que se limpia las manos al poco de hilvanar la solitaria.
De sus hombros cuelga la mochila oscura empetada de lo necesario: dos carretes, tres cajas de anzuelos de diferentes tamaños, una talega de plomadas, punteros, unos alicates de corte, una linterna para la cabeza y otra de mano... De uno de los hombros cae una funda larga que advierte el arma de pesca: las cañas y los soportes de ferralla para mantenerlas erguidas en la arista misma del mar. Siempre pone dos, separadas unos cinco o diez metros una de otra. Al llegar al sitio de la orilla elegido para montar las artes, despliega la mesa y sobre ella pone la mochila. Las cañas las apoya sobre un canto de la mesita y se acerca a la orilla del mar en calma y oscuro como el misterio que encierra los conocimientos de una tradición tan antigua. Los brazos en jarra y la vista clavada en la luna, hacen pronosticar a Antonio que es la noche perfecta para que una dorada, o dos, piquen el engaño. Una bocanada de aire robada a la noche, pone a punto el ánimo del pescador y el corazón empieza a latir vertiginoso dentro de su pecho, ese que se rompería si fuera necesario para que entraran al menos tres o cuatro doradas, una de ellas para nuestro padre.
La marea está ahora en su estado perfecto. Deben, los pescados, de estar comiendo más allá, así que habrá que lanzar largo, no demasiado, pero al menos lo suficiente para dar con alguna dorada. Ya está uniendo los tramos de cañas, colocando los carretes y empatillando. Cuelga la plomada de la caña que ya está recta y ensarta el primer gusano. Es gordo y se retuerce en el anzuelo. Primer lance. Suena un silbido característico que Antonio sabe imitar arrugando los labios. El segundo lance pertenece a la otra caña. Ahora, a esperar. Enciende Antonio un cigarrillo y se sienta sin apartar los ojos de los punteros verdes fosforescentes y, dejando ascender el humo del pitillo, asiente con un leve ademán de convencimiento. “No es el viento, están comiendo”, dice Antonio. “Pero quien come es la morralla”, añade, al cabo. Se levanta y recoge unos metros de tranza. Hace lo mismo con la otra caña. Luego vuelve a tomar asiento y mientras las doradas se lo piensan, el pescador empatilla y prepara plomadas del calibre adecuado. Una de las cañas se agita pero es la morralla. Antonio clava la vista en una de ellas y tupido un ojo, se levanta despacio, pone los pasos a la orilla y tira de la tranza, luego la recoge con el carrete y confirma sus sospechas: algas que revueltas por el mar movían el titanio. Nueva lombriz y plomada con anzuelo. “Ahora sí”, dice el pescador entre dientes al tiempo que lanza resuelto. Despide la tranza de la otra caña y comenta haber dado con la posición de las doradas. La ilusión crece en el interior de Antonio, y el manto de paz y armonía que experimenta al zambullirse en el relente que junto al mar se eleva, lo hace ser el hombre más feliz de la tierra.
La presión de la botella al abrirse no lo distrae cuando al tiempo que descubre el refrigerio observa las cañas. Vierte un poco en un baso de plástico y se enjuaga la boca. Ahora se reclina en la silla y atisba en silencio los flancos de la playa despoblada. Luego respira el yodo para calmar sus pulmones y arroja el aire con el espíritu renovado. Ahora me narra historias que me abren una ventana por la que comprendo su pasión por el mar. Mi hermano Antonio, además de entusiasmarle la pesca, se desvive por respirar, de vez en cuando, toda esa inmensidad que ahora contempla mientras las doradas hacen el resto.
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