PUBLICADO 2006
Mirar a la gente. Observar. Eso es lo que cato cuando me acomodo en una soleada terraza con una cerveza. Me da igual, en realidad, que esté luminoso o no el día; también los encapotados y cenicientos me gustan para advertir aspavientos, formas, costumbres, cómo fuma aquel o de qué manera conversan los acomodados extramuros. Es una forma de distraer la mente y de enrollarme luego con las teclas.
Observo, por ejemplo, cómo se acoplan los bolsos las más suspicaces y por dónde rodea un fulano la mesa antes de sentarse y volver loco al que le acompaña: “siéntate aquí”, “no, que aquí pega mucho el sol”, “pues en este otro lado”, “no, que aquí da corriente”, “pues siéntate donde te salga de la talega…” Advierto, asimismo, la forma empleada para narrar una historia a alguien evitando que el vecino se cosque. Las mujeres son más dadas a no guardar solamente el bolso, sino también las pláticas. En realidad llevan razón: qué le importa a nadie lo que estén tratando. Los hombres, observo, somos menos circunspectos. Fíjense hasta dónde llegamos, que hasta implicamos al camarero en la jerga: “¿A que sí, Julio?” A lo que el asistente asiente con la cabeza esbozando una peculiar forma de sonreír. Las mujeres no. Las féminas suelen cerrar el pico cuando se les acerca el camarero. Suelen, para distraer la atención, dar una calada al pitillo o enredar una servilleta de papel entre sus dedos. O procurarse un sorbo de la copa, o del café…
A los niños les da igual. Tanto es así que le tenemos que sermonear por dar gritos y molestar al de al lado. Y los ancianos, los ancianos son la leche. Discuten, a ver si alguien les da la razón y pueden así reconfirmar su versión de los hechos. O no hablan en toda la tarde. Es más, los abueletes, al tiempo que relatan, no miran a su interlocutor, fisgonean todas las mesas a ver si uno de una vez por todas corrobora lo que cuentan de la guerra o de la política. O de cómo está la juventud de acarajotada. El camarero no se mete en nada, faltaría más. Pero a veces le dan ganas de decirle a fulano o la fulana que atranque la boca ya porque nada más que dice gilipolleces. Y oigan, no le lleven la contraria a un cliente, si no lo llevan chungo.
Los más reservados son, del mismo modo que las mujeres, los acaudalados, o los que se disfrazan de potentados, que los hay a miles: susurran toda la conversación. Eso sí, cuando tosen lo hacen bien fuerte para que el más próximo se fije en su puro y en su copa; porque succionan cuando uno los atisba. Es normal que quieran mostrar el oro de su Cardhu.
Las reuniones de colegas me fascinan. Ahí te enteras de todo; porque como hablan todos a la vez… Es alucinante, por ejemplo, cómo alzan la voz al pedir las copas. Hasta dan cuenta de cómo se llama cada cual. Por ejemplo. Si van a pedir la comanda: “Pepi, Pepi”. Llama el muchacho a su amiga. Pero Pepi no le presta atención, ni falta que le hace. Ella sigue dándole al remate. “¡Pepi!” Le grita Carlos. “Dime”, se presta ahora ella. “Que qué vas a pedir, que está aquí el camarero”. “Ah, lo que sea”, dice la colega pasando tres kilos de la movida y de Carlos. “¿Cómo que lo que quiera?” Inquiere el pavo hasta los huevos. “Lo mismo que tú”, resuelve Pepi. Pero hay cuatro personas más componiendo el grupo y todos se traen la misma pasividad y el camarero echa un humo negruzco que hace presagiar que le van a dar matarile a la mesita de los cojones.
Luego llegan los foráneos. Los descubro porque se acercan despistados. No saben si están en el planeta Tierra o en el rojo. Miran a su alrededor buscando una mesa. Cuando la encuentran la comparan con otras que quedan libres. Son un grupo de seis. Cada uno va a su puta bola: el más alto se dirige a la mesa de la izquierda, el más bajo a la de la derecha, y las mujeres, que pasan tres cuartos de ellos, se quedan en pie. Es que los tíos se han sentado a la mesa sombría y ellas prefieren la calentura del sol, hombre… Como son de aquí pues son amables con el camarero. Piden ordenadamente del mismo modo que se acomodan. Al pagar lo hacen también con discreción. Y yo me despido de la terraza hasta otro día y me vengo a casa para escribirles esto.
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