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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                                      Los ojos del Estrecho

Son los ojos del Estrecho. Lo ven todo desde arriba, y se la juegan cada noche. Navegan por el cielo a oscuras. Los oigo sobrevolar el tejado de mi casa cada nocturnidad; unas veces hacia el oeste y otras algo más hacia el este —permítanme que no diga a qué hora—, y miro hacia arriba para desearles suerte. Son los mejores pilotos y unos expertos en la incautación de drogas y contrabando de tabaco. Permanecen en la sombra y nadie, o casi nadie, los conoce. No salen en los periódicos —salvo en aquella ocasión en que se la dieron a la altura de Punta Europa y por poco no lo cuentan— y les importa un huevo la popularidad, lo único que persiguen es quitar del mercado la mierda que pretenden otros meternos en el cuerpo.

Trabajan para el SVA (Servicio de Vigilancia Aduanera) y muchos padres debieran estarles agradecidos. Coordinan las operaciones con sus compañeros del mar y tierra y la eficacia del servicio está demostrada. Tienen esposa, hijos, padres y madres. Y hermanos, y amigos... Puede que cada noche besen a sus hijos en la frente con la esperanza de verlos al día siguiente. Puede que cada nuevo día den gracias a Dios por llegar a casa por su propio pie. Pasan el día en permanente guardia y vuelan cuando se les requieren o cuando toca: cada noche, por ejemplo. Sólo las inclemencias del tiempo les impide sobrevolar el Estrecho, pero a viejos pilotos nada se le presenta como un obstáculo.

En el Campo de Gibraltar han sido temidos por los contrabandistas y  narcotraficantes. Cuando el “cuco” los sorprende sobre sus cabezas, chungo. O sea, que o se rinden o lo llevan jodido. El Argos no es moco de pavo. Llevan años operando en las costas del Estrecho y se han incautado de importantes cantidades de droga procedente del moro en lanchas neumáticas de potentes motores. Cada uno de nosotros tenemos nuestras propias vidas y trabajos, pero la labor que desempeñan estos diestros pilotos es de una calidad impresionante y para ello la formación ha sido dura y arriesgada. Una gran parte de sus vidas la dedican a velar por nosotros, por los que los oímos o no, pero por todos al fin.

Sobrevuelan desde Ceuta hasta Estepona, pasando por el litoral linense. Vigilan la costa tarifeña y barbateña. Peinan el Estrecho desde el este al oeste. Los ojos permanecen siempre abiertos y el corazón latente. No se acojonan ante nada, pero a veces los pelos se les ponen de punta. Escrutan los grandes mercantes por si a algún cerdo le da por tirar la mierda al mar y hacen tráficos a pesqueros y embarcaciones menores y de recreo por si alguno está empetado. Si tienen que arriesgar sus vidas por salvar la de otros, no lo dudan un segundo. De hecho, cada alijo que se incautan es a través de ejercicios atrevidos y maniobras que sólo la mano de estos veteranos pilotos sabe mover con acierto y decisión valerosa.

La noche los envuelve y las estrellas los observa. Saben los luceros que están haciendo una labor de incalculable valor. Sabemos, quienes hemos volados con ellos alguna vez, que tienen los huevos en su sitio, y que están dispuestos a dejárselos a 500 metros de profundidad por usted, por todos nosotros y por un mundo sin drogas.

Algún día sus hijos se podrán sentir orgullosos de esos padres que, cada día, cada noche o cada madrugada, vigilan para que contemplen en un futuro un lugar libre de delincuencia, de drogas, de dinero fácil... Algún día, lectores, deberíamos darle las gracias, del mismo modo que lo harán los hijos o hijas de estos versados hombres del aire.   

 

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