PUBLICADO 2006
Azul oscuro frente a mí y aloque por detrás. La frescura y el intenso olor a tierra me hacen percibir los mejores elementos de la mañana. Persisto en librar mi camino y, más allá, a escasos metros sobre mi cabeza, cae una espesura anaranjada que siento como manto tocante para luego, a poca distancia, irse disipando para descubrir un horizonte claro a mi izquierda. Puedo atisbar, entonces, una verde floresta sobre la que cae, delicadamente, y en silencio, un tinte rojizo mezclado en una pizca discreta de tul. Es hermoso porque emerge de la tierra, húmeda, que regala un incienso armonioso a mis sentidos.
Ahora, es un velo naranja frente a mí el que se desploma. Ahora lo cubre todo. No distingo sino mis pensamientos. Pero de repente se esfuma el manto y ya no vuelve; porque se ha instalado a mi derecha, esta vez, y sólo deja ver la cúspide tupida de alcornoques. Aflojo la marcha y lo admiro. Pero me apresuro, al cabo, porque sé que más allá, creo que a pocos kilómetros, se advierte otro panorama joven, nuevo.
Y así es. Esta vez la carretera serpentea y, a cada pequeña inversión, se descubre, a ras del asfalto, la impúber niebla, algo más amarillenta que las anteriores, pero no menos espesa y sublime. Otro giro y otra visión hermosa que regalar a los sentidos de cualquier ser humano. Parecen huellas en el camino, pero no lo son. O quizá sí, porque mañana, quién sabe, ya no estará; como el paso de una existencia, como la marca en cada sendero librado o como cada memoria callada que, poco a poco, se va extinguiendo.
El sol está ahora más alto y más ambarino, por eso, dejo el rojizo como recuerdo de un pasado y me inmiscuyo en el dorado que, combinado con el verde fuerte de la llanura que se presenta a mi diestra, dibuja una estampa única que combina armonioso los efectos leves que hacen despertar a los gallos. Y más celaje, pero esta vez, como la anterior pero a efectos del sol más elevado, se descubre como polvo de oro que te brinda tu soledad. Mi soledad. Ésa que siempre me acompaña en cada viaje a otra parte para contar otras historias y descubrir otras vidas.
Los prominentes eucaliptos están más adosados a mí, y por la angosta oquedad en la que perviven, se deja ver un translúcido astro que, asediado por una delicada calima, muestra su luminiscencia como destellos vertiginosos de flashes. Ahora me siento inmortalizado por todo ese estío que da su comienzo cuando, algo más adelante, todo aquello que de mágico vistió al paisaje, desaparece, huye, se evapora como estaba predestinado y como lo que son, delicadas gotas, billones, del rocío, se aleja. Y yo lo veo, y lo presiento, cómo no.
El amarillo de las balas de centeno se va atenuando y los animales que se nutren de ellas se acercan para tomar su desayuno. La atmósfera huele a campo, a tierra, a humedales, a corrales, a cortijada, al entorno. Mientras soy rebasado por otros vehículos, me relamo en esa burbuja que parece tenerme atrapado. Asediado. Ahora detengo el coche en una vereda y me apeo. Pongo los pasos hacia una angarilla y me acodo a uno de sus diez palos irregulares. El sol sube más deprisa y me asa. Pero una ligera corriente de aire procedente del sembrado que contemplo, me despeja y hace, momentáneamente, que la flama se disipe como aquellas gotas de rocío.
Advierto una ringlera de polvo procedente de una vereda muy alejada de mí. Al ascender el vehículo que la produce por la pequeña loma, descubro que es un tractor agrícola que se incorpora a la jornada, como los pajarillos que ya revolotean sobre la cabeza del hortelano aguardando que la simiente caiga en los surcos con que la sequía araña el latifundio. Vuelvo al coche y, tras tomar una bocanada de aire, advierto que mañanas como esa nos regala la vida cada día, pero las prisas, como la niebla, no nos deja ver más allá de cuanto pervive a pocos centímetros de nuestros ojos.
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