PUBLICADO 2006
Desconozco qué hacían los españoles en aquellos momentos en que la guerra se aproximaba como la guadaña de la muerte se arrima a su víctima elegida ya de antemano. Ignoro, del mismo modo, qué terciana envolvía los cuerpos aún en pie de los muchos hombres, mujeres y niños que fenecieron en una batalla entre hermanos. Puede que el ronroneo del acero blindado ya se percibiera desde la distancia y puede también que el corazón de aquella gente latiera vertiginoso. No sé, por tanto, si a muchos les martilleaba el pecho o ansiaban el baso de sangre que aquella guerra les prometía. Creo que hubo de todo.
Puede que la mañana antes de lo que se avecinaba sin remedio, fuese de esas en las que los rumores devoraban a los que hacían cuenta de sus pensamientos y de los del vecino que ocultaba su registro inclinado al bando contrario del que quizá se quisiera despojar para salvaguardar la cutícula ante lo que sabía se le venía en lo alto como sepulcro inexpugnable que cayera sobre todo hombre sujeto en el interior de su propia ideología, esa que te llevaría al horror, a la desesperación, al hambre y a la miseria que toda guerra induce en el ser humano que parece, aún hoy, no tener muy transparente esa idea de desmantelar las armas de una vez por todas. “El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, la guerra establecerá un final para la Humanidad”, dijo John Fitzgerald Kennedy. Dice la historia que en aquel Hoyo de los Caballos, extramuros de Algeciras, o junto al cementerio de la misma ciudad, se empezaban a dar las formas suficientes para igualarse a una cárcava común que inhumara a decenas de jóvenes que a la vista del verdugo que no le perdía el ojo a través de la mirilla del naranjero (subfusil de asalto Star, que lo mismo daba que lo tuviesen los republicanos que las tropas de Franco, porque se los quitaban unos a otros), excretaban, hacían aguas y jadeaban, y presentían que aquella era su última visión del mundo tan perro en el que habían coexistido y que ya le procuraba su último hálito de frescura robada al rocío que se desvanecía a esas horas de la mañana, pero que aún se ceñía sobre sus cabezas hasta hacerlos caer de bruces hincando sus rodillas en la tierra que una vez sirvió de romería.
Aquella mañana, en la que muchas familias al completo se echaban un hato a las espaldas y salían de la comarca del Campo de Gibraltar sin saber muy bien a dónde ir, el aire ya se había fugado renunciando a los pulmones asfixiados de los que abandonaban el refugio de toda una vida —o el de los que se quedaban para luchar encarnizadamente—, de muchas generaciones, eternizando en su memoria el último brillo en los ojos de sus Juanes, Albertos, Teodoros o Rogelios que, diezmados, fueron conducidos al campo abierto para regar de sangre la finca que una vez se baldeó de esperanza. Dicho en el argot de aquellos días suena así: se los llevaban a dar un “paseo”. Eso significaba que te sacaban de tu casa, de la cárcel o del bar para ir al paredón. En el monte se abrían paso los nacionales con granadas de mano BREDA. Se oían de lejos los zumbidos.
Currillo, coge tú el tocino y la carne salada, que tu padre coge a tu hermano. Esto le debió decir Paca a su Currillo del alma, un zagal de diez años recién cumplidos que con más fuerza que nunca, quizá más que cuando la semana anterior ayudaba a su padre en las corchas, allá por la Almoraima (el latifundio más grande de Europa en aquellos tiempos), se echaba encima las talegas con tres kilos de tocino añejo una y del fresco la otra. Cogían el portante, se alejaban de cuanto no tenían nada que ver. Y de lo que todos desconocían; salvo que las calles de Algeciras, Tarifa, Los Barrios, La Línea, Castellar, Jimena o San Roque eran una peregrinación de gentes extenuadas que buscaban a sus seres queridos por cada retiro con el fin de convencerlos a un aligerado escape de la muerte: bien a lomos de mulos, entre tablas rancias de un carruaje o caminando sin volver, quizá, la vista atrás. Buscaban entre los escombros, en los campos o entre el personal reclutado o voluntario que marchaba en convoyes. Manuel, llégate tú al Cuartel Escopeteros a ver si han prendido los guardias a tu Juanillo, le dice Eduarda a su marido.
El Cuartel Escopeteros hedía a miedo, a desconfianza, y las máquinas de escribir se dejaban oír sin descanso: se firmaban ejecuciones y arrestos. Había allí sentados, en banquetas compartidas de madera terrosa, mozos de las Juventudes Unificadas de Algeciras o del Partido Comunista, hombres de todos los oficios: carpinteros, zapateros, agricultores, arrieros, marineros. Manuel Solino, vecino de Los Barrios, de veinte años de edad y de profesión zapatero, fue el primero que recibió la corrección y el disparo a las doce menos cuarto de la noche de un año después, el 37. Otro que se encontraba allí sentado esperando con humedad entre las piernas la condena era Francisco Quirós, el Marullo, vecino de San Roque, procesado por huir de dicha localidad al ser ocupada, se escapó por tablas, a este lo escarmentaron con veinte años de prisión. Y a Francisco Guerrero “el Pinto”, de Algeciras, junto a otros compañeros de El Bosque y San Pedro, lo absolvieron: “Uf, me cago en to lo que se menea; he vuelto a nacer”.
Nada estaba ya en manos de muchos campos gibraltareños que desde lo más alto, algunos, vislumbraban barcos en la costa. Esto es que la escuadra republicana, sabiendo que debe bloquear el Estrecho para impedir que el ejército de África alcanzara la península, ya dejaba ver sus buques de guerra, entre los que se hallaban los destructores Almirante Ferrandiz y Gravina entre otros, como submarinos C-3; el crucero Libertad, junto con otros destructores, vomitaría su arrolladora artillería contra Ceuta el 20 de julio del 36, haciéndolo el 22 el Cervantes contra Algeciras y La Línea para ser nuevamente bombardeada Algeciras el día 7 de agosto con el Libertad y el acorazado Jaime I, relato éste que nos refiere un testigo directo en el siguiente capítulo. Desde cualquier pueblo cercano se podían oír los gritos, sentir el miedo y advertir la muerte. Puede que en alguna loma de San Roque se alojara un Sebastián invisible —mosquetón Mauser modelo 1916 en ristre— fumando un pitillo que quizá sujetara con la comisura de sus labios y el humo ascendiera en una fina hilera que colmara su ojo izquierdo entornado sin que tan siquiera se aturdiera. Su calculadora vista a lo mejor la clavaba en las alturas de Carboneras y en el carril que a media cota discurría dejando ver, a veces, al enemigo. Más abajo ya se encontrarían, aventurados, ocultos entre breñas, los carros de la artillería de los nacionales dispuestos a zarandear la tierra y hacer añicos cualquier objeto, hombre o animal que traspasara la línea de tiro. Habría de ir a La Línea de la Concepción para rodear el Burgos —con algo de suerte— y salir hacia Málaga, pero el cruce, presumiblemente, estaría tan reforzado como el hormigón que más allá, en forma perfeccionada y llamada búnker, ocultaba a decenas de soldados con ametralladoras dispuestos a defender una orden aunque para ello se tuvieran que llevar por delante al Dios que los mira desde arriba. Tampoco por Castellar era ya posible la huída porque las tropas Regulares habían tomado ya el castillo y los caminos.
Los rumores eran constantes y más agresivos que en las horas pasadas porque, además, las estrepitosas explosiones de las bujías mortuorias de los cinco bombarderos Savoia 81 italianos y los 9 Junker Ju 52 alemanes (que sirvieron de conejillos de indias para la II Guerra Mundial) con motores BMW de 1.980 CV que logran distanciar del Estrecho la escuadra republicana, se percibía a grandes distancias cuando aquellos inacostumbrados espectadores miraban al cielo intentado llevarse a los ojos un gigante de acero que los dejara estupefacto, aunque en otras ciudades españolas ya estaban familiarizados porque ese 18 de julio la Legión Cóndor derribaba aviones republicanos y dominaba los cielos, y es ese mismo día cuando los republicanos bombardeaban la mezquita de Tetuán y liaban el taco entre los marroquíes. Sólo entre el 19 y el 22 de julio, los republicanos dilapidan noventa de sus aviones mientras que los nacionales pierden nada más que veinte. Casi a pie de costa, se advertía del mismo modo el estruendo de las bombas de 4.500 kilos que dejaban caer los monoplanos alemanes para persuadir la flota cuando la piel se le erizaba a todo aquel que vereda a la vida no perdía el ritmo del paso. Ya era 5 de agosto y aquel alejamiento de la escuadra republicana permitió que un convoy enemigo cruzara el Estrecho con mil hombres.
Desde aquel 18 de julio capitaneó, sobre todo, el miedo y la incertidumbre que a las puertas mismas de un inhumano combate apestaba para que los orificios nasales de miles de hombres, niños y mujeres percibieran ya el horror de antemano. A algunos los sacaban de sus casas a rastras para llevarlos contra la pared de cualquier provincia andaluza que frenara la bala después de atravesar sus cuerpos muertos antes de que el proyectil los acribillara. Varios recibían impactos en el bajo vientre o en una pierna que los libraba de la negrura de la muerte y se hacían los interfectos a fin de salvar lo que les quedaba de vida. Otros, agonizando, clavaban sus miradas pobladas de sueños incumplidos en los ojos del vecino que ya daba su última fatiga. Nadie podía hacer nada por ellos. Hubo quien cavó su propia tumba sin apenas fuerzas ni para coger la pala que los falangistas les proporcionaba. Puede que un fulano, quizá llamado Fuentes, sargento Fuentes, con la voz asediada por el aguardiente, diera más tarde la orden de ejecución, la orden para hacer hablar aquel atronador fogonazo de la bocacha del fusil. Prisioneros, torturados y trasladados a batallones disciplinarios en Tarifa o Sierra Carbonera, en San Roque, y donde, no se sabe muy bien por qué, eran eliminados. Comieron lo que les daban (algo de pan rancio y unos vasos de agua) y las energías se iban consumiendo, y ellos lo sabían. Sabían que sus cuerpos no aguantarían mucho más de tres o cuatro días a lo sumo. Añoraban la noche, porque era bajo el manto de sombras cuando escribían cartas que jamás recibía su destinatario; y el día, porque ver de nuevo salir el sol era toda una proeza, una empresa casi imposible. Hoy día hay decenas de septuagenarios en España que buscan los restos mortales de sus parientes. Cientos de niños vieron morir a sus padres, tíos y hermanos a dos pasos de sus casas. E hijos que compartieron cárcel con sus padres o fueron fusilados juntos al amanecer siniestro que envolvía tanta capa de sangre. El hombre dispone de una capacidad infinita para crear dolor, angustia y desesperación.
El Estrecho de Gibraltar persistía con esa música asesina de los aviones y los barcos que no cesarían hasta octubre del mismo año (1936), que es cuando Franco se hace con el dominio del Estrecho. Sobre los caminos intransitables en otro tiempo, se advertía desde lo lejos bolas polvorientas que quizá dejaban atrás un grupo que huía para librarse de la muerte, de un pepinazo perdido o un hijoputa sediento de sangre que se llevara por delante hasta a su padre.
Más allá, en Estepona, decenas de familias abandonaban de igual modo sus hogares para intentar alcanzar Málaga o la serranía, aunque también de lo más alto venían escapando linajes completos y hombres valientes que habían jurado a sus madres salvar su retaguardia, o sus culos, como prefieran. Pero de igual forma, la capital de la Costa del Sol estaba siendo herida desde el litoral y el aire cuando la flota franquista apoya el avance sobre la capital malagueña. El cansancio agotaba a niños y mayores, sin tener nada que llevarse a la boca, salvo biberones de agua con azúcar para los más pequeños; palidecían camino de las Chapas de Marbella o el de los Ingleses llegando a perder la vida en el periplo. Desde Tarifa hacia Cádiz y de Cádiz a la sierra norte o hacia Sevilla.
Sin embargo, los más rezagados veían cómo los robustos portones de sus casas eran derribados a patadas o a tiros de ametralladora para ser arrestados a la fuerza y llevados en camiones a descampados donde después de una brutal paliza los falangistas los fusilaban. Existió, en fin, una tumba común en la que no hacía falta estar muerto para ocuparla, pues cada hombre, mujer y niño de nuestro país, aquel 18 de julio de 1936, un día tal como hoy, miraba al cielo pidiendo clemencia o un tiro de gracia. La Guerra Civil Española había comenzado, y tras ella nacería una fatídica represión y posguerra en la que perecerían de un tiro en la sien y de hambre decenas de miles de españoles. Aún perviven ojos que, inundados, perpetúan, tragándose las lágrimas, aquellas horas en las que de vivir a morir sólo distaban unos centímetros, unos segundos, un suspiro.
(II)Lo vi de lejos y procuró descender por las curtidas escaleritas toscas de acceso al Parque María Cristina desde Blas Infante, en Algeciras. Primero un pie, y luego, asegurada la mano izquierda a la reja que de noche clausura el vergel, el otro. Me aproximé al hombre de pelambre ceniciento y bigote galánmente recortado y me presenté. Le pedí que colaborara narrándome su existencia aquel 18 de julio del 36 y se mostró dispuesto. Dejó escapar una sonrisa que acompañó de una sacudida de cabeza mientras miraba al suelo y se cambiaba de mano el bastón de madera rojiza. “¿De la guerra? Lo que quieras te puedo contar, lo que quieras, pero no me pida mi nombre porque no te lo doy”. Hicimos el trato. Yo le entrevistaba a cambio de no publicar su nombre y apellidos. Dimos unos pasos hacia su banco habitual, donde creyó el superviviente encontraría a sus amigos de tertulia y me invitó a sentarme yo primero. Aquel ademán cortés delataba que no sólo era su rincón acostumbrado y el de sus camaradas, sino que además procuraba, como hacemos normalmente en nuestra casa, que yo, desde aquel momento su invitado a charlar, me sintiera a gusto, cómodo, porque aquel es su sitio y me lo ofrecía. Gracias, le correspondí. Y me acomodé, y luego lo hizo aquel señor, torpemente ya. “Ay, de la guerra quiere usted que le hable…” Y desenganchó un suspiro. Y se encajó las gafas en la pared nasal. ¿Le importa que grabe lo que dice? Inquirí, y el hombre, con una carcajada aceptó. Pero mi nombre no lo grabe con eso, dijo con el ceño fruncido, temeroso, refiriéndose a la grabadora. No se preocupe, hombre.
“Pues recuerdo que donde está ahora el Varadero el Rodeo, junto al Club Náutico el Saladillo, había una playa. Allí nos bañábamos mis amigos y yo cuando nos daban las vacaciones en el colegio”, comenzó a describir, con la vista hincada en el infinito y casi susurrando. “Aquella mañana no nos estábamos dando un baño, sino cogiendo almejas”. Una pausa acompañada de una mueca. “Cuando toca la hora de irnos, veo entrar por Punta de Europa al acorazado Jaime I junto a un crucero [el Libertad] —asiente con la cabeza dando por certeros sus recuerdos—. Y era un acorazado porque los destructores solían ir acompañados de otros buques para hacer las maniobras, ¿sabe? Y por eso sabía yo que era el Jaime I, y el otro”. ¿El Libertad? Le recuerdo. “Sí, el Libertad. Los conocí por los palos que iban sobre el puente, y por la estructura del barco, son distintos a los destructores que también se dejaban ver por la Bahía, no creas. Y hasta submarinos que le decían C-3 o cé no sé cuantos. Al poco, se lió a tirar pepinazos. Los cañonazos iban a los consulados. El primero que cayó fue en el inglés [consulado], y luego el argentino, que estaba en la calle de atrás, en el Paseo de la Marina. ¡Ah!, y también al consulado uruguayo, me parece, a ese también le tocó. Nosotros [él y sus amigos] estábamos en la playa y lo que fue un recibimiento entusiasta por parte nuestra, se convirtió en una carrera y tonto el último. Claro, fui a mi casa y le conté lo que pasaba a mi familia. Los pepinazos se oían desde mi casa. Yo vivía detrás del Cristina [Hotel Reina Cristina] y aquellos zumbidos hicieron que mis hermanas se taparan la cabeza con las almohadas y que yo me metiera debajo de la cama de mis padres. Cada uno —proseguía— se cubría con lo que encontraba. El cañonero Dato estaba en el muelle y a ese lo hundieron, y luego se fue el Jaime I y el otro tan contentos”.
Pero al atardecer, volvió el mismo acorazado y soltó otra andanada, de ésta, relata este octogenario, sólo hubo una víctima mortal. No iban a por la población civil “las cosas como son”, menciona de nuevo, pero aquella tarde hubo un muerto. “Ah, por cierto, en este buque, el Dato, que hundió el Jaime I en el puerto, murieron muchos marineros, otros se dieron la fuga y otro tanto se quedó hasta última hora, y a esos los condecoraron y todo, creo que los ascendieron…” Tras sobrevenir el silencio, creo que tratando de seleccionar más recuerdos de su memoria, continuó. “Pero esto fue después de empezada ya la guerra, creo…” (Descanso). “Creo que fue…” Y le ayudo con su retentiva y las fechas. “Sí, eso. Aquello del Jaime fue el 7 de agosto del 36, dos días después, como tú dices, de que los nacionales hicieran llegar un convoy desde Marruecos. ¡Que vienen los moros! ¡Que vienen los moros! Gritaba la gente”. Aquello lo recuerda ahora frescamente porque él tenía claro que los del país vecino no venían con intención de hacer demasiado daño aquí, en Algeciras, por eso se ríe. Sin embargo, otros testimonios proyectan en sus ojos el horror al que muchos de sus paisanos se vieron sometidos. “Recuerdo perfectamente que mi padre y mi madre nos hizo escondernos en un resguardo que había por la Villa Vieja cuando los pepinazos se oían, porque también desde las baterías de costa la artillería endiñaba a los otros, a los del mar. Otros huían hacia el Cobre, allá por los montes aquellos, o hacia la Granja o Los Barrios. Así, escondidos en la Villa Vieja, estuvimos dos o tres días, o cuatro. Por los pepinazos y por los moros. Yo iba a mi casa para echar de comer a los pollos que teníamos en el patio: «toma y compra un kilo de trigo», me decía mi madre. Pero cuando los moros… Aquello fue una locura. Cuando anunciaban que llegaba los moros mi familia y yo nos fuimos a Getares, y media Algeciras, por unos montes de aquellos, y desde mi posición se veían largarse unos barcos pesqueros de Vigo que se refugiaron en Gibraltar, y balleneros rusos que iban para el Atlántico. Cuando se oía hablar de rusos no te cuento, macho. Claro, como después apoyan a los otros…”
Pero de aquel 18 de julio, inmortaliza asimismo este algecireño la llegada desde Málaga de camiones con hombres e Imágenes de Santos. “Se manifestaban por algunas calles de Algeciras. Entonces fue cuando supe que esto estaba formado. Lo del golpe de estado”. Matiza. “Yo estaba en la Plaza Alta y vi cómo entraban en la iglesia de la Palma y sacaban santos y se reían de ellos. Les quitaban el pelo y se reían, y luego se lo ponían y gritaban cosas…” “Entonces, casi a la vez, un batallón dividido en secciones, iban por las calles, y salió la fuerza [militares], y vi que un teniente iba con mulos que llevaban cañoncitos, iban por todos los lados… Ya esto estaba dominado. Yo lo sabía, claro que sí. Yo tenía 11 o 12 años y me acuerdo perfectamente”. Cuenta, además, que “contra los obreros estaban ensañados los fascistas. Aquí salía la Guardia Civil y a los trabajadores que veían en grupos charlando se liaban a dar palos, desde los caballos”. ¿Huían gentes de aquí? Le pregunté, ayudándole a repasar. “Ay, claro que sí. De aquí se iban muchas personas y hasta en barco. En el puerto había una barcaza que iba a Gibraltar a llevar el corcho de una corchera de aquí y entre los huecos del corcho metían a la gente. Sí, sí, claro que sí. A muchos —enfatiza, con las cejas enarcadas—, y pocos de ellos han resurgido después. Felipe, nada. Agustín, tampoco. Miguelito, nada”. A estos que cita son amigos de la familia, y a todos los recuerda. Casi hasta lo que trasladaban bajo el brazo. “Así que fíjate cómo cavilo yo, caballero. Creo que de allí [de Gibraltar], se los llevaban para el Frente, porque a algunos los sacaban de Gibraltar y se los llevaban para Málaga, en un destructor, a los dos o tres días. Eso lo hacían los del gobierno de entonces”.
Tras una tardanza, aquella memoria viva hacía un gran esfuerzo por acercarme con más trazos a aquellos primeros días de espanto, y dándole vueltas a la cabeza me dice, al fin: “Yo viví toda la guerra aquí, en Algeciras, con mi familia”. Asintió de nuevo con la cabeza dando muestras de unión, de fortaleza, algo así como todos juntos venceremos. De igual modo ha ocurrido con otras muchas familias en las que la matriarca ha ejercido, sobre todo, como fortaleza infranqueable para mantener unida a toda la descendencia. No permitían la fragmentación de la familia. Si algún pequeño era encontrado deambulando a solas —que existieron miles— fue por extravío y no por abandono. Aunque hubo salvedades, porque pervivieron muchos niños gracias a las huidas del país confiándolos sus padres a tutores que los acompañaban hasta su nuevo hogar en países más al norte de Europa. Aquellas tardes eran veraniegas y, muy a pesar de todo aquel que se vio estremecido por la fatalidad, se tornaban grisáceas, oscuras y hurañas como la muerte misma, esa que les pisaba los talones. “Después del juego, me daba una vuelta por la marina y me sentaba… (mudez para vincular un nombre) en lo de Alfonso (¿?), y ya por la anochecida, veíamos unas luces por el cementerio, y se escuchaba: rrrraaag, ra, ra, ra, pin, pin ra…” Y con voz queda explica: “Eran los fusilados. Estaban fusilando allí, en el cementerio. Yo lo escuchaba desde la marina, fíjate. Eso era a todas horas. Sí. Allí se los llevaban. Incluso a gente que se pasaban al otro bando. Pero esos estaban señalados ya y los sacaban [de sus casas] y se los llevaban”. Parecía oír aún el disparo del mosquetón MAUSER español de 7 mm. Carraspea y sus ojos se ahogan cuando completa: “al hijo del Quero, vivía en la calle Ancha, a ese se lo llevaron y listo, lo mataron. Ése andaba con cosas del sindicato de aquí. A su padre le decían El Tocino. A muchos, a muchos. Mataron al zapatero de la calle Real, a otro que tenía la fábrica de corcho por ahí, por la Villa Vieja…” Tose, se seca los ojos con el impoluto pañuelo que extrae del bolsillo y habla de su primo Rogelio. “Yo tuve un primo, porque a todo aquel que andaba con cosas de sindicatos lo quitaban de en medio. Yo tuve un primo —toma el inicio— que se quitó de en medio. O sea, no se fue de aquí pero se escondió, andaban detrás de él. Sí. La mujer le llevaba la comida”. ¿Se ocultó en la sierra? Indagué. “Sí, por ahí arriba, por el cobre o donde fuera. Entre los matorrales, con otro más. Y su mujer le llevaba todos los días la comida, como en las mujeres casi nunca se fijaban… Pero se fue del boquete [de la guarida] porque fueron a su casa a por él y su mujer se lo dijo, así que se fue por Castellar, que allí estaba el Frente, se pasó [franqueó la línea del Frente] hasta que llegó a Málaga, y allí lo detuvieron y estuvo un poco de tiempo preso”. Qué te puedo contar más, hijo —me pregunta encogiéndose de hombros—, si yo tengo para estar aquí hasta esta noche. “La guerra —añade luego de unos segundos de mutismo—, fue mala para todo el mundo; tanto para los de un bando como para los del otro. Ninguna guerra es buena, y esta fue una de esas como las que vemos en la tele, pero sin mochilas bombas en los autobuses esos que se ven en el telediario. Pero muy dura. Fue una guerra insufrible, oye. Y no te digo nada de la represión. Aquello fue inhumano”. Concluye.
Me despido exponiéndole mi más sincero agradecimiento por dos razones: por haberme cedido un trocito de su valiosísimo tiempo y por haber contribuido a que gente como usted, si no vivió este tormento, conozca de su viva voz cómo se hallaron en aquellas primeras horas y días. He querido respetar, como no podía ser de otra manera, su derecho a la intimidad reservándome no publicar su nombre, pero deben de saber que hay cientos de hombres y mujeres que aún lo prefieren. Cuando hablan de política o de la Guerra Civil Española, persiguen constantemente permanecer en el anonimato, sus carnes todavía se estremecen al reproducir lo que comenzó aquel 18 de julio de 1936 y el miedo a represalias aún pervive en sus almas como pajarillo indefenso en su nido.
(III)Me llamo Lorenzo y nací en el 19 (1919), aquí, en la Línea de la Concepción, y voy a cumplir, si Dios quiere, ochenta y siete años. Estaba sentado Lorenzo a una mesa que compartía con amigos, y delataba un enérgico torso que me hizo adivinar su estatura y dieta alimenticia. Su voz resonaba destacando sobre las otras del bar y su nobleza centelleaba desde lejos. El pelo, como en otro tiempo, lucía liso y hacia atrás, pero más albino que antaño. Con americana y corbata, afeitado con pulcritud y de maneras educadas, Lorenzo comenzó refiriéndome que su madre no quería que se separara de ella ni un instante. No lo dejaba ni estar “tranquilamente” en la calle. “Yo no tenía conocimiento ni de lo que estaba pasando, y yo me iba por ahí y mi madre detrás de mí, no quería que me moviera de allí, de ella [de su lado, de su casa], porque a un hermano mío lo pilló en Cartagena la guerra. Yo no sabía ni lo que estaba pasando. Pero al poco tiempo sí tuve miedo. Todo el mundo tenía miedo. Los moros. Estaban aquí los tercios de Marruecos y la gente aquí vivía asustada. Yo ya era mayorcito, dieciséis años o por ahí, pero aquel 18 de julio del 36 aún no se tenía, que yo sepa, nada claro”. Los amigos que alentaban a Lorenzo asentían con leves movimientos, y era cuando a mi interlocutor le salían las fuerzas y, como cabía esperar, las lágrimas. Sus ojos, de un azul empíreo y abrigados casi por un velo translúcido que ya le deja ver lo justo, proyectaban la imagen misma de la pasión por su madre, pues a cada tres frases, la efusión por la que un día le dio la vida, le violaba la voz. A veces, se llevaba la vista a otro lado, quizá, para distraer de ese modo la memoria o para que yo no lo viera llorar. Sus manos, dejadas descansar sobre la mesa, no se inmutaban, pero al recordar a sus hermanos se entremezclaron apretándose con fuerza. Quiso contener la emoción, pero los hombres de buena sangre lloran, y lo hacen con la cabeza alta. Y digo esto porque al cabo, se resistió a ocultar su congoja. Al final, todos y cada uno de los muchos entrevistados terminaron sometiéndose a lo más noble que guardamos en nuestro interior, que no es sino dejar, a veces, que nuestro corazón se exprese a través de los sentidos. “Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años”. Y se trasladó a un hondo enternecimiento. Y es ahora, con la voz desmoronada, cuando menciona palabra a palabra a sus cinco hermanos: tres mozas y dos varones. Los recordó fuertemente. Hizo, advertí, un gran esfuerzo. Todos estaban muertos ya. Sólo quedaba él.
“Yo vivía en la calle Clavel, y de allí no salía. Los moros patrullaban por aquella calle, era por donde más patrullaban, por un lado y por otro. Hasta la plaza de toros, y de allí otra vez para acá. Pero lo de los moros fue más adelante. Aquel 18 de julio, las patrullas eran de los otros”. ¿De quiénes? “De los otros, de los que liaron el taco aquí y en toda España”. “Días después de empezar la guerra —continuó exponiendo Lorenzo—, me coloqué a trabajar en un bar, le daba a mi madre tres pesetas o un duro todos los días. El bar se llamaba “bar Jandilla”, y a los pocos meses vinieron y me movilizaron, y me llevaron a Cádiz, y de allí al Frente, al campo. Sí, así fue. Me lo dijo mi madre cuando llegué de trabajar del bar: «Han venido a movilizarte, Lorenzo.» Y no vi a mi madre hasta que me licenciaron a los tres o cuatro años. Pero escapé bien. Yo y mi hermano, que estaba en la otra zona. Los dos escapamos bien”. Hizo Lorenzo un alto para dar un sorbo al café y añadió: “Pero no tuve miedo ni nada. En aquellos años éramos jóvenes y no le temíamos a nada. Y no tomé acción contra nadie en el Frente; nosotros estábamos allí esperando si movilizarnos para un lado o para otro, y terminé en Córdoba, pero no apreté nunca un gatillo”. Cuando le pregunto por los fusilados de La Línea de la Concepción, me dice que no supo nada, pero que estando trabajando en el bar, la cocinera lloraba todos los días. “Cuando vine licenciado, fíjate, fue cuando me enteré de que a su marido lo habían matado. Se lo llevaron y lo fusilaron después de una gran paliza. Y hubo muchos amigos míos que se fueron a Gibraltar, y yo no pisé Gibraltar hasta que no llegué a La Línea ya licenciado. Aunque sé que muchas personas huyeron a Gibraltar, pero se los llevaban en barcos para Málaga. Así que no entré nunca en Gibraltar. Yo a mi madre no le podía dar ese disgusto. Qué va, qué va. Ni hablar. Mi madre nos lloraba siempre para que no nos moviésemos. Los hubo que se fueron también a Málaga o Granada por aquí atrás, por el Burgos. Ahí enfrente [en Gibraltar], entré a trabajar en los astilleros cuando ya llevaba por lo menos dos o tres años licenciado, hasta que Franco dijo de cerrar la frontera”. Lorenzo, que como a los otros recordaré siempre, se fue a vivir con una mujer y su hija. Al poco, este hombre acabó pasando por la vicaría. Años más tarde su mujer moriría. Su hijastra, a la que recuerda con toda su alma, está en la actualidad en Francia. Precisamente la mañana que le hice la entrevista a Lorenzo, acababa de recibir un paquete de ella.
(IV)Al tiempo que los campos gibraltareños huían a la provincia de Málaga, los de allí abandonaban del mismo modo su tierra. Sus hogares. Todo cuanto poseían. Algunos sus pequeños latifundios con los que hasta ese momento se buscaban la vida y otros, que regresaban, quizá, de la mar de completar la faena, no volvían a embarcar para proteger a los suyos. Estaba decidido: nos vamos, Pilar. Coge a los niños y la comida que tengas que nos vamos. Los niños no sabían a dónde ni por qué. Jugaban en la calle o atisbaban impávidos a los militares que marchaban de aquí para allá entre ráfagas de ametralladoras y pepinazos desde la costa o el aire. Se iban. Pero adónde ir.
No lo tengo todo. Tengo cosas en casa de mi hermana. Manuel, cómo nos vamos a ir así, qué hago con mi madre y mis tíos. Claro que Manuel sabía, de sobrado, la que se venía encima. Conocía de primera mano que la provincia de Málaga estaba a punto de ser arrasada y que todos pensaban, si no ejecutaban ya, el mismo proyecto que ellos: huir. M. M. M., un Fuengiroleño de ochenta años cumplidos, se escabulló con sus padres y hermanos, cinco varones y una hembra, hacia el oeste, hacia el Campo de Gibraltar. Aunque no del todo clara la idea de llegar aquí, su padre los hizo ocultarse en el interior, algo más hacia la sierra, pero el abrigo era casi imposible por lo abrupto del terreno y el agotamiento de toda una familia. Se cubrieron, cada noche, en cuevas, en refugios o grietas en la tierra a fin de permanecer a salvos el máximo de tiempo posible. “Eran una especie de cuevas o algo así, como huecos en las rocas, y había pulgas, y garrapatas. Algunas noches las pasábamos ahí escondidos, y a pesar de ser verano, el frío se notaba por las noches. Y para comer, nada de nada. Pero ni nosotros ni nadie teníamos nada, ¿a quién iba a pedir algo, si nadie tenía? Aquellos escondrijos, creo que estaban por Casares, o por ahí. Por aquellos campos. Y mi padre, viendo que llevábamos dos días sin nada que comer, decidió dar la vuelta y tirar para Torre del Mar, en busca de mi familia. Allí vivían unos primos de mi padre, pero no había nadie. Huyeron igual que hicimos nosotros. Ah, y todo eso andando. Y viendo camiones de militares por todos los caminos, y por las carreteras. Aquello fue un desbarajuste”.M. M. M. luce porte enjuto y talla recortada, pelo pajizo peinado hacia atrás y ojos pequeños; verdes y hundidos en su cuenca. Peripuesto con traje de mil rayas y dejando colgar de su muñeca derecha una esclava de oro, me dice: mi nombre no te lo digo; pero aquí tienes mis iniciales, eme, eme, eme. Y lo anoto sonriendo. Lo esperaba. Esperaba no tener su nombre completo, ni incompleto. Simplemente no tener su nombre. Pero al menos, me consolé, tendría eso: M. M. M.
“Pues en Torre del Mar, dijo mi padre que nos quedábamos hasta que por la carretera se vieran menos camiones. Y luego volvimos a Fuengirola, y nos quedamos en casa de otra familia. Mi padre no tenía miedo de los militares —puntualiza—, pero no quería que viésemos lo que fuera por aquellas carreteras. Porque decían algunas personas que había muertos. Y en Fuengirola estuvimos otros tres o cuatro días, hasta que mi madre pudo arranchar comida y agua, aunque por el agua no había muchos problemas, porque antes había fuentes por el camino, y salimos de mi pueblo, pero esta vez en serio, para no volver más”. M. M. M. se detiene, y acompaña el breve silencio de una inclinación de cabeza para añadir: a los diez o doce kilómetros que anduvimos, supe por qué mi padre quiso retrasar la salida y por qué prefirió el monte a la carretera. “Además de los cañonazos que yo no sabía de dónde salían, —prosigue—, había muertos. Eso era verdad. Lo que la gente decía era verdad. Mi padre, cuando pasábamos a la altura de los muertos que había tirados a la cuneta, nos hacía aligerar el paso: «venga, venga, venga. No perdáis tiempo. Daos prisa, no paséis por ahí». Eso nos decía mi padre, para que no viésemos los muertos. Lo mismo veías a niños que a mujeres y hombres. De la peste que echaban, yo culpaba a las bestias, a las vacas o a los mulos, que se quedaban también muchos por el camino, pero nunca a las personas. Yo, cuando pasaba a la altura de los cuerpos, tres o cuatro amontonados, miraba por el rabillo del ojo y mi padre me cogía del brazo y me arrastraba, pero los veía. Yo nunca antes había visto muertos. ¡Quemados estaban algunos! ¡Carbonizados! Yo no sé por qué hacían aquello. Esta guerra fue una mierda, un crimen entre hermanos. Una revolución en España. Era odio, miseria… Asco, era asco. Y piojos, y enfermedades. Los niños pequeños se morían en los brazos de sus madres porque no los podías curar. Más vale no acordarse”.“Veíamos también a mucha gente que no podía seguir [caminando] porque además de no tener ya fuerzas ni para ellos mismos, tenían que ir con el peso de sus hijos, que ya no podían más, en los hombros. Esperaban en las carreteras esas a que un camión militar o un conocido con la carreta les dejaran más allá, que les quitaran unos kilómetros de encima. A eso esperaban sentadas en el arcén. Hubo familiares que se reencontraron por el camino. A lo mejor llevaban días buscándose y se encontraban por la carretera. Se besaban llorando, mira. Eso era una cosa. Para verlos. Yo cuando me acuerdo…” Aquel hombre enmudeció y alcanzó una emoción. Al cabo continuó, y no fueron necesarias más preguntas, él estructuraba la historia a la perfección.
M. M. M. llegó al fin a La Línea de la Concepción después de dejar atrás mucho infortunio. Pero con él viajaba una retina impregnada de imágenes imborrables que llevaría siempre en su memoria. Una chabola fue su nuevo hogar y los remiendos de las redes de los pescadores de la zona su nuevo empleo y el de su padre. A los pocos años, pudieron alquilar una casa que él llamó “de mampostería” en la que vivieron hacinados muchos lustros. De ir a Gibraltar ni hablar, porque “pagaban muy poco”, y de buscar otro refugio tampoco. M. M. M. registró otros momentos en su grabadora, esa que durante años conservó para muchas décadas después hacer hablar. Es entonces cuando dice saber de fusilamientos extramuros del cementerio de La Línea. “Se los llevaban y los fusilaban allí, en el cementerio, pero a todo el que trincaban. Eran malos”. ¿Quiénes? Averiguo. “Los que te trincaban. Los que te detenían por nada. A lo mejor por envidia. Te señalaban y listo. Luego los enterraban donde les parecía. Más para acá o más para allá. Yo no sé si a mi padre le fusilaron a algún amigo o un familiar. Seguro que sí, pero como él nunca hablaba de esto delante de nosotros para que no nos enterásemos de nada, pues no te puedo contar de algún conocido de la familia, pero seguro que sí, porque en mi familia hubo políticos. Mi madre tampoco decía nada delante de nosotros, ¿sabe? Y envidia hubo mucha. Como tú tuvieras más que el otro, te señalaban. Como tu madre administrara el dinero, el poco dinero, mejor que la vecina, te criticaban, a ver de dónde coño sacabas tú ese dinero o lo que fuera, la comida misma, fíjate. Así era alguna gente, chico. Pero era una vergüenza en aquel entonces porque éramos españoles, éramos hermanos. Aquello fue una vergüenza. Yo he sido emigrante y he estado en Alemania y en Marruecos trabajando. Y todos decían lo mismo: que esto era una vergüenza. Y no podías hablar, porque como la Guardia Civil escuchara algo que no le gustaba ya te podías ir preparando, ¿sabe? Si llega a ser una guerra contra otro país, pues mira, pero fue una guerra entre españoles. Eso es lo que a mí me revienta”.
Luego veló sus labios, que dejaron de narrar el pasado y se acodó en la mesa. Una contorsión con el cuello dejó caer la chaqueta en mejor posición sobre sus hombros y se quedó mirando fijamente el pozo del café que antes de sentarme junto a él se había tomado. Me despedí recordando, ahora yo, un artículo leído en el diario AHORA que he encontrado entre los muchos documentos escudriñados. “Ya han sido eliminadas toda rastra de enemigo en las proximidades del pueblo. Nuestros milicianos de vanguardia se establecen en las casas del lugar recién ocupado”. Este texto es el que sirve de pie de foto a una imagen de destrucción, abandono y soledad. Una imagen terrorífica que muestra, en el poco alzado que aún queda en pie, el paso y la huída del miedo de un pueblo que no se cita, pero que podía ser cualquiera de España. Ese miedo que todavía permanece en los tuétanos de M. M. M., un hombre siempre fiel a su memoria y a la de su gente. Un hombre, en fin, que no aceptó, como tantos miles, esta guerra entre —como él la llama— hermanos. “Españolito que viene al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, dijo Machado.
(V)“Yo estaba trabajando en el campo con mi padre y mi madre. Yo me ocupaba de las bestias, y mi padre de labranzas”. Así comienza rememorando Salvador, un jimenato corpulento sentado a su habitual mesa del Centro de día para Mayores de Jimena de la Frontera. Más allá, cuatro octogenarios se dejan el alma en las fichas de domino que golpean al colocarlas donde corresponde. Otro, acomodado a la misma mesa, apunta los tantos. Al comenzar su relato Salvador, quien le acompañaba aquella mañana se levantó y fue al mostrador para pedir un café. Salvador no quiso tomar nada, había desayunado tarde, decía. Al cabo, luego de hacer un riguroso examen de mis artilugios (grabadora, agenda, bolígrafo y teléfono móvil), Salvador comenzó desde el principio.
“Yo, como te decía, trabajaba con mi padre en el campo, en la finca que le dicen Las Limas. Me acuerdo yo cuando tomaron Jimena que yo me estaba llevando las vacas para arriba y venían los milicianos a caballos de un monte y mi padre me llamó a voces y me indicó que me fuera para mi casa. En la loma que le dicen Las Asas de la Palma, los franquistas estaban montando los cañones. Y yo corría por los montes aquellos con las vacas y me metí en mi casa. Allí estuvimos hasta que tomaron Jimena. A mi casa no la tocaron porque nosotros vivíamos en el campo pero en mucho monte, entre chaparros, y no sé si es porque no la vieron o algo, pero no nos hicieron nada”. Después de la toma, el padre de Salvador fue a Jimena a “presentarse”, que no era sino comunicar que él no había huido. “…Y no le pasó nada a mi padre. Pero cuando llegó allá por la anochecida a mi casa, nos dijo que en Jimena apenas quedaba nadie, que Jimena se había quedado sola. Todos se habían ido, habían huido. Eso era normal porque los moros llegaron pegando cañonazos. Yo escuché tres o cuatro cañonazos. En Jimena teníamos poco para defendernos: unos sacos de arena, otros de piedras y unas cuantas escopetas de caza. Fíjate con lo que querían defender el pueblo. Y me acuerdo cuando tomaron Casares porque Casares les costó más trabajo que nada, porque yo desde mi casa escuchaba los cañonazos y de noche se veían los fogones de los cañones. Desde Las Limas, donde nosotros estábamos, sentíamos las descargas”. Conoció este jimenato a un muchacho que se alistó a la Falange porque creyó no iría al frente, a luchar, pero el tiro, según narra Salvador, le salió por la culata. “Aquello fue un engaño, pero yo lo sabía. Este muchacho se creyó que apuntándose a la Falange no lucharía, y luchó, y duró tres días. Aquello fue sonado en el pueblo porque lo mataron. Algunas veces mi padre lloraba y yo lo veía. Era porque sabía cosas del pueblo, pero no me las contaba. Mi padre venía al pueblo todos los días a traer la leche. Mi padre tenía un rebaño de cabras y la leche la vendía aquí [en Jimena], y algo sabría él cuando a veces se escabullía para llorar. Así que aquí mataron a mucha gente. Yo me acuerdo porque era un muchachillo. Sí. Mataron a mucha gente. El silencio en sus labios fue duradero. Es entonces cuando no sabes si resistir al asunto o no, pero al poco, después, supongo, de una remembranza, suspiró y dijo: “Desde mi casa, que estaba detrás del castillo, se sentían los tiros”. “Mi madre —continúa refiriendo Salvador— decía: «ay, pobrecito, otro va ya. Ay, pobrecito, quién será ahora, qué habrá hecho…». “Eso decía mi madre. Mi madre tuvo miedo porque mi hermano el mayor tenía edad de que se lo llevaran a luchar, pero por mí no tenía miedo porque yo no tenía edad. Me acuerdo que los moros saquearon las casas, se llevaban lo que podían, sobre todo lo que hubiera de comida, pero no había casi nada en las casas porque los que huían se lo llevaban todo. Abrían las puertas y ventanas a culatazos de fusil y miraban si había o no gentes. Luego montaron vigilancia en los alrededores del pueblo para que nadie entrara o saliera. Quien se iba ya sabía lo que había”. De los fusilamientos, además, recuerda Salvador la toma de la Sauceda, y es entonces cuando los moros, según su testimonio, disparan a quemarropa contra tres personas de las que no recuerda bien el sexo, pero cree que perecieron dos mujeres y un hombre. Otros testimonios afirman tres mujeres. Fueron sepultados en “La Cruz Blanca”. Esto es una cañada real en la que se divisa una cruz del color que le da nombre, donde, apunta del mismo modo Salvador, los restos mortales se exhumaron hará cosa de cinco o seis años. Dejé el coche más abajo y subí andando la ligera cuesta. Al alcanzar la cruz, dos ancianos conversaban sentados en el bloque de piedra que sirve de pedestal a la cruz. Soplaba Norte. Y desde la finca el Carrizo Alto y Carrizo Bajo se percibían los aromas inconfundibles de aquellos montes que en otro tiempo sirvieron de guarida de unos y otros. A mis espaldas quedaban Los Hoyones, la Jarilla o El Polvorín. El sendero que me llevó a la cruz discurría hasta el otro lado del altozano, punto desde el cual, con exacto acierto, aquellos dos longevos me indicaron dónde fueron tiroteados los tres fugados a los que Salvador hacía mención vaga pues, como no podía ser de otra forma, sus recuerdos, como sus habilidades, se iban desvaneciendo. “Hubo mucho miedo. Murieron muchas criaturas sin tener culpa de nada, pero de nada. Cuando tomaron Málaga vinieron muchísimas gentes, pero a muchos los mataron, y a otros los metían preso. Venían de huida”. De amores también quiso hablar Salvador, pero más comprometido con el relato de la guerra que con el de su apasionado sentimiento hacia Rosario. “El padre de la moza que yo pretendía era capataz y se fugó al monte. Cuando vino, lo prendieron y lo dejaron preso. Eso me dijo la muchacha llorando. Al otro día, la vi por no sé dónde y me dijo que se iba corriendo porque a su padre lo habían matado ahí en la carretera, en el puente de hierro, que le llamaban. Yo creo que no lo metieron preso. Yo creo que se lo llevaron a algún sitio y lo mataron, y luego lo dejaron ahí tirado. Salvador, que no pudo reprimir la emoción, dejó de hablar. Enmudeció y con un leve ademán de la mano me pidió dejar de preguntar. Y eso hice. Apagué la grabadora, cerré la agenda, me despedí y me fui. Su rostro, agrietado como la tierra que una vez labró, y que lo vio nacer, crecer y sufrir en silencio, quedó minutos después alejado de mí, pero camino de mi nuevo apeadero detuve el coche en el arcén de la carretera, me apeé y me senté sobre una roca. Tomé con la mano un puñado de aquella tierra y la olí. Desmoroné los terrones castaños y hecha polvo se fue a donde el viento la quiso llevar. Posiblemente al recuerdo de quienes una vez la fertilizaron, o quizá, a la memoria callada de quien una vez, en sus trigales, sucumbió.
(VI)El centelleo del faro de Punta de Europa y el de Punta Carnero resecaban los ojos de uno de los sindicalistas libertarios que no parpadeaba para no perder un ápice desde la privilegiada posición que le brindaba aquella atalaya. Aventurado en una de las almenas, junto a otros hombres y los troncos pintados de negro para simular cañones, vigilaba sin descanso el horizonte umbroso previendo lo que horas antes le habían anunciado a los defensores de la fortaleza: que los moros habían desembarcado en Algeciras. Ya se habían procurado una visión de primera clase para advertir el zumbido del Jaime I y el Libertad que ajustaban cuentas en la Bahía para días después ver la columna de los rebeldes aproximarse al castillo, a sus casas.
Los hombres se repartieron las pocas armas de caza de que disponían —algunas de alcance a 20 metros, poco más o menos— y los más tomaron los bielgos, las hoces, palas y rastros de la campiña. Varios vecinos abandonaron el castillo dejando sonar bajo el umbral de sus casas los esquilones de cuatro cascos y los cencerros. Los perros ladrando y los niños, confusos, aligerando el paso para ocultarse con sus madres en el baluarte o en el campo.
En el recinto amurallado con barbacanas, cubos y torres de flanqueo se hizo el silencio. Los pájaros, buitres —estos oliéndose el festín de bestias desperdigadas que se llevarían por delante— y el ligero viento del oeste que arrastraba nubes hoscas que flotaban sobre las cabezas de los libertarios y que ocultaban a intervalos el sol dejando estampada sobre las fuertes defensas del castillo una penumbra pesada, era cuanto de especial tenía la escena de aquellos primeros momentos. Ese debió ser el escenario y las circunstancias; con sus miedos y sus santos, y el color negro de los lutos que guardaban las más ancianas. “Mi bisabuelo murió poco antes de empezar la guerra”, me dice Francisco Avilé. Francisco es veterano simpático, muy risueño y abierto al trato con extraños. Cuando ríe su premolar de oro sale a relucir. Deja ver una descarnada figura, cubre su cabeza con gorra de cuadros y es hábil y comedido en sus comentarios. Cuando este octogenario bajaba la empinada cuesta junto al mirador del castillo acompañado de su hermana -que no quiso saber nada de la entrevista y atendió al panadero-, se mostró en disposición de narrarme su episodio, de hacer hablar su memoria.
Las angostas y quebradas calles de la fortificación quedaron pobladas de gorriones y jilgueros que se dieron cita allí para picar de migajas que, ocultas entre los surcos del empedrado, sabían alcanzar con sus picos. Los hombres guardaban silencio sobre las murallas y almenas. Mutis. Ni una palabra. Ver y oír. Que nadie se mueva. Todos atrincherados oyendo sólo el latido vertiginoso de sus corazones, ése que daban por España.
Entre alcornoques, encinas, helechos, acebuches y zarzas se ocultaban las tropas de Franco, en la Almoraima.
Pumba, bimba. Primera somanta de los Regulares. Los fuertes escarpados de riscos blindados de la mejor frondosidad del entorno, hacían casi imposible la toma de Castellar Viejo ascendiendo por La Boyal y La Chirina, pero nada ni nadie detendría a los moros de aquellas tropas. Pumba, pumba, segunda descarga con obuses italianos de 100/17 modelo 14. No sé si el proyectil era rompedor o de metralla de fabricación italiana —con el cuerpo pintado de gris y la ojiva de rojo—, pero la misma mala leche tenían unos que otros.
Algunos obuses cayeron dentro de la fortaleza; allí se sintió el silbido, el pepinazo del impacto y los muros sacudirse a la par de los sindicalistas y las campanas de la iglesia de estilo barroco del Divino Salvador.
“Cuando vinimos del campo, porque nosotros también vivíamos en el campo, porque mi padre tenía vacas, pues los moros estaban ya aquí [en el castillo] registrando las casas y rompiéndolo todo. Yo sentí los cañonazos desde la choza que teníamos más abajo y cuando entramos en mi casa los moros estaban abriendo baúles y todo lo que podían. Se llevaban las cosas que podían o les servían para lo que fuera y ya está, pero lo de los cañonazos creo que fue por allá por agosto, a finales. ¿Nació usted aquí, en su casa? “Sí, hombre (risas). Mi bisabuelo —explica— vino de Asturias y aquí nos quedamos. Fuimos, los Avilé, los primeros pobladores de Castellar Viejo. Mi bisabuelo fue guarda de la finca, también mi abuelo, y mi padre, y por último yo, hasta que me jubilé”. ¿Qué más recuerda usted de aquellos primeros días u horas, señor Avilé? Le pregunté, observando que sus ojos huían y se posaban en cualquier piedra del castillo que ha habitado toda su vida. “Que a muchos paisanos míos los mataron sin haber hecho nada”. Responde, ávidamente. “Y a mi padre lo encerraron ahí [una casa que habilitaron como cárcel en el pequeño patio de armas] pero lo sacaron a los dos o tres días porque mi padre no había hecho nada, pero otros tampoco hicieron nada y no salieron más, y el que salía, salía muerto o para matarlo. A un conocido mío lo sacaron de esa cárcel muerto, porque se había ahorcado con algo que se apañó. Creo que con una faja. A muchos les partían la cara a culatazos…” Tras la pausa que hizo Francisco, le pregunto por el trato a las mujeres —porque se dice que a muchas las violaron los Regulares— pero no quiso responder, y su hermana, algo mayor que él, se acercaba en aquel momento, nos interrumpió. Instituyo que oyó la pregunta desde unos metros más atrás. “Vamos, vamos, Francisco. Que ya es tarde y de esto no se habla”. “Deja, mujer, que tú sabes que yo nunca hablo con la prensa, pero no estoy diciendo nada”. Dijo Francisco, algo molesto. “De otra cosa que me acuerdo es de los aviones italianos. Cuando los moros tomaron el pueblo, a los dos o tres días los aviones pasaban por aquí. Venían de Málaga, y tiraban también algo por aquí”. Dio Francisco unos pasos y franqueó la calzada para entrar en el castillo acompañado de su hermana. Alzando el brazo se despidió. Yo hice un leve movimiento de cabeza y le dije hasta otra. Al volverme hacia el paisaje que se rendía al castillo, tomé una fuerte bocanada de aire y me marché, quizá, con la esperanza de seguir viendo libre a esos hombres y mujeres del mismo modo que los pajarillos que revoloteaban sobre aquella fortaleza que una vez sangró, lo son desde que despunta el sol hasta que la luna, testigo de tanta crueldad, asoma engalanada de estrellas que cuando se fugan hacen cumplir los mejores deseos.
(VII)A mí la guerra me pilló donde me había criado, comienza diciendo José. Yo la guerra la vi bien, bien. La viví muy de cerca. Acabó en San Roque con catorce años después de haber pateado las provincias de Cádiz y Málaga. Pero es de la Costa del Sol de donde guarda más y peores recuerdos. “En esta guerra mataron lo mismo unos que otros. Los dos bandos se mataban. Aunque claro, los nacionales hicieron muchas cosas que no tenían que haber hecho. Porque si se acabó la guerra pues se acabó. Pero ellos seguían dale que te pego. Desde Gaucín nos fuimos para la parte de Málaga porque mi madre quería ver a un hermano mío que estaba en Estepona sirviendo. Le cogió allí la guerra. Y todas las madres quieren ver a sus hijos, como es natural. Nosotros llevábamos cuatro bestias en las que cargábamos los colchones y todo. Hasta cacerolas llevábamos. Pero para comer, poco. Al llegar a Estepona… Ay, lo que yo he visto por allí”. José se detuvo y zarandeó la cabeza. Dios mío, lo que yo he visto por allí, repitió, esta vez, apoyando la mirada en el suelo. Los pájaros que revoloteaban sobre nuestras cabezas, gritaban impacientes. O eso me parecía. “Lo primero que vi cuando llegué a Estepona, fue a un tío tirar a otro por un balcón. ¡Madre mía! El hombre que se precipitó se había escondido en un baúl y lo descubrieron. Al rato, sin más tonterías, lo tiraron por la ventana. Hay que joderse. Y otras personas iban huyendo de las bombas de la aviación. Estepona fue una cosa mala. Yo no sé el tiempo que llevaban así por allí, pero cuando llegamos fue horroroso. Así que nos fuimos de allí, de Estepona, por la sierra, huyendo. Pero cuando sonaban las sirenas porque venían otra vez los aviones, dábamos la vuelta y otra vez para Estepona; porque las sirenas las oíamos nada más salir del pueblo. Y nos metíamos en unos boquetes con mucha gente y nos pisábamos y todo. Claro, cada uno se escondía donde podía. Luego nos fuimos para Málaga, pero cuando mi padre vio lo que allí se había formado volvimos para Gaucín. También por la sierra. Había gente que decía: «Si mañana no entran los nacionales aquí, ya no entran», pero a las ocho de la mañana ya estaban allí. Mi padre no quería carreteras. Por el camino veíamos gentes corriendo. Y gente buscando a sus seres que se habían extraviado, perdidos… Y de los moros recuerdo los saqueos. Y al que ponía problemas se lo quitaban de encima a porrazos o de un tiro. Yo he visto cosas que no están ni para ponerlas en los libros. Yo he visto, entre Fuengirola y Marbella, más o menos, a un barco de soltar un proyectil y darle a un camión de la carretera y hacerlo desaparecer. Me parece que eran el Cervera o el Canarias. Y de los escombros, en Málaga, he visto cómo sacaban criaturas a cientos. Entre los escombros, hay que ver. Increíble. A mí me fusilaron a un primo. Se lo llevaron y no se supo de él”. Camino de su pueblo natal, José oyó disparos. Era de noche, me dice, y a la mañana siguiente se habían cargado a dos o tres que se habían cobijado junto a nosotros. “Una de esas noches —continúa exponiendo—, hacía tanto frío que busqué donde resguardarme mejor, y resulta que vi, a lo lejos, un bulto que me pareció una manta. Traspuse al sitio y tiro de la manta. Al levantarla me veo a ocho personas muertas, todos hombres. Cuando llegamos a Gaucín, con las mulas también, decidimos venirnos a San Roque. Y hasta la fecha. Pero he visto mucho en la guerra. Porque yo he sido niño de la guerra”. A su boca llegó el silencio. Tras unos segundos de mutismo mostrándome los brazos —para que advirtiera la piel erizada—, me susurra al fin: hay una cosa que a muy poca gente le he contado, quizá a mis hijos y a ti ahora. Miró José al cielo. “Años después de haber llegado a San Roque, me dice mi madre: «Joselito, Joselito. Una noche, el año antes de empezar la guerra, vi algo raro en el cielo»”. “Yo estaba quieto delante de ella viendo cómo las lágrimas se le salían a mi madre. «Joselito, aquella noche del 35 [1935], vi el cielo muy rojo, y muchas estrellas fugaces. Iban de un lado para otro. Entonces, fue cuando supe que algo malo iba a pasar en España». Mira, todavía se me pone la carne de gallina. Decía mi madre que aquello lo vieron más mujeres, y después vino la guerra. Primos, hermanos… En fin, una guerra civil”. Y así concluyó este niño de la guerra su relato. Apuntó, además, que a veces le da miedo mirar al cielo.
(VIII)Ahora, con más ímpetu que hace unos minutos, se percibe el rumor del Café Central desde el primer piso de la vivienda de Carmen, en Tarifa. Se cuela curioso el murmuro por el resquicio del ventanal acompañado de una claridad confusa que llega hasta una esencia aún apesadumbrada. Advierto, después de un análisis fisonómico, que Carmen recoge en su retina el dolor más profundo. Una punzada en el corazón, un quejido árido que desde niña la ha acompañado por la dura senda de la vida hasta llegar a nosotros, y me estremece porque puedo sentir su miedo, y el odio que aún le guarda a quienes le arrebataron a la persona que más quiso en toda su vida. Todavía viven algunos familiares de los que apretaron el gatillo aquella mañana, por eso no se atreve a dar su nombre, y por el mismo motivo yo la llamaré, en este capítulo, “Carmen”. Pero no sólo fue el gatillo que conocemos como tal el que hizo escupir la bala, sino otros percutores y otras balas, esas que, a veces, matan y laceran como los más sofisticados proyectiles. Aquella fue, quizá, la munición que mayor dolor y desgarro le produjo a Carmen. A ella y a sus hermanos la abandonó su familia más allegada. La familia “fascista”, la que señaló a su padre, la que lo condenó a morir, la que no impidió, a pesar de los ruegos de su madre, que aquel hombre abatido ya desde antes no pereciera de la peor manera, de la forma más traicionera que jamás se haya visto.
Son las seis de la tarde y el cielo, asemejado al color del cabello de nuestra próxima memoria viva, luce encapotado, gris e indiferente. El celaje franquea el pueblo, y el viento, ahora más aplacado, envuelve en las callejuelas adoquinadas los recuerdos más despiertos. Si callamos unos segundos, podemos oír el tintineo de los cántaros de cinc desbordados de leche que sobre carruajes tirado de burros libran cada rincón de Tarifa. En salserillas recogían los vecinos el cuajo para los niños y niñas; Carmen se nutría de la leche igual que su hermano, el pequeño, al que su padre llamaba “Pilichi”
Me recibió Carmen en el umbral de la cocina. Dio unos pasos hacia mí, yo le tendí la mano y ella me brindó dos besos, uno en cada mejilla. Sus ojos celestes y de un brillo fulgoroso, dieron una irradiación maravillosa a la estancia que casi a media luz bosquejaba la vida sombría de hace setenta años atrás. Me ofreció Carmen asiento. Luego se acomodó ella y su sobrina, que se mantuvo relajada a un par de metros de nosotros. La grabadora, que sostuve con la mano a la altura de la voz de Carmen, temblaba como los recuerdos de su nostalgia, aquella que ya empezaba a reflectar en sus labios como si de un proyector cinematográfico se tratara. Carmen, que los primeros minutos que yo empleé en preparar la entrevista guardaba silencio, se dejaría llevar por las preguntas, sin embargo, pocas tenía yo que hacerle. Sus facciones delataban la honestidad y decencia que cada minuto, cada segundo, se sabe, como ninguna, engalanar. Una mujer, en fin, que aún guarda con recelo aquello que durante toda su vida supo lucir con la cabeza alta, “muy alta”, puntualiza ella.
Bueno, pues ya sabe que vengo para que me cuente el episodio, quizá, más amargo de su vida..., le dije, posando mis ojos en los suyos. “Quizá no, el más amargo de mi vida”, me interrumpe ella, tupiendo con parsimonia sus ojos. Al descubrirlos, los párpados inferiores sostenían las lágrimas.
Como en un convento, se debieron oír aquella madrugada los salmos cuando un camión engullía seres humanos para llevarlos al paredón. Favio, al que así nos referiremos, de igual modo, para no desvelar su auténtica identidad, subía al basculante como a cámara lenta, oyendo esa barahúnda angelical que le hacía presagiar lo peor. Las deshabitadas calles de Tarifa a tempranas horas, con el rocío aún cayendo sobre el empedrado, se despedían de Favio con el frescor de una brisa marinera que provenía del oeste, de Poniente. El bisbiseo de los que acompañaban a Favio le zarandeaba las sienes y el bajo vientre. Iba Favio descalzo. Pudo, entonces, sentir la frialdad tan cruel del suelo y el despego de los suyos: cuatro hijos, el más pequeño de diez meses de edad y a su mujer, a la que hacía apañándoselas sola para mantener a su ralea.
“¡Ay, ay, hija, que se lleva a tu padre por delante el “bizco Morales!” “Eso escuchaba decir a mi madre”, comienza narrando Carmen. “Ya se lo había dicho mi padre a mi madre. Un vecino nos dijo que salvaba a mi padre pero que le teníamos que dar dinero, pero mi padre estaba en aquel entonces sin trabajo porque su madre, mi abuela paterna, hizo lo que hizo en la tienda y él se quedó en la calle. Su madre no lo quiso nunca, así que se buscaba la vida en lo que podía. Así las cosas, mi padre le dice a mi madre que el bizco Morales se lo llevaba por delante y que se quería ir del pueblo. ¿Y cómo vas a estar por ahí tirado? ¿Y si te matan y no te vemos? ¿Cómo te vas a ir? Eso le decía mi madre a mi padre. Mi padre se quería ir de aquí, de huída, y nosotros le decíamos que si se iba nos marchábamos con él. Entonces, mi tío Pascual, uno de sus tres hermanos, que era de derecha, lo ocultó en una casa que había al lado de la farmacia, y allí lo detuvieron para llevárselo a la cárcel, y sabemos los que fueron. Por cierto, todavía queda uno de ellos vivo, y parece que Dios le ha alargado la vida para que padezca todo lo que está padeciendo. Pero, ¡fíjate lo que hizo su hermano! A mí mi madre me engañaba cuando le preguntaba por mi padre y me decía que no le iba a pasar nada. Mi tío era el encargado de llevarle la comida a la cárcel de aquí, de Tarifa”. ¿Usted iba a la cárcel a ver a su padre? Inquirí. “Yo sí iba. Mi madre nos llevaba a los cuatro [hermanos] y mi tía a sus dos hijos; porque otro tío mío estaba también allí metido. Íbamos a las cuatro de la tarde, que era cuando nos permitían ver a mi padre. Le recuerdo sentado bajo una ventana y que decía que era el sitio más fresco de la celda, que no siendo muy grande, tenía su rincón más aireado. Le hablábamos a través de la puerta de la celda, que era de láminas anchas y huecos cuadrado. Pero el día antes de llevárselo para matarlo yo no fui con mi madre a la cárcel, fíjate tú. Aquella tarde, un día 5 de septiembre del 36, me quedé jugando en la calle con las niñas y al otro día muy temprano, a eso de las seis de la mañana, se lo llevaron. Desde entonces, cada 5 de septiembre me acuerdo que aquel día no fui a ver a mi padre. Recuerdo que el último día que lo vi... —Carmen hace una pausa de padecimiento— a mi padre se le saltaban las lágrimas porque veía a mi madre vestida de negro porque echó una promesa, mi madre le decía: Favio, cuando salgas de aquí, me voy a poner el vestido más colorido que tenga. Mi padre le decía: Ay, qué tonta eres, ¿tú crees que voy a salir de aquí con vida...? Yo le hacía a mi madre preguntas de crías. Por ejemplo, por qué se iba a poner un vestido de color... por qué había que celebrar algo... En ese tiempo de mi padre en la cárcel, baja mi hermana con mi abuela materna para pedirle clemencia al alcalde de Tarifa diciéndole que dejaran libre a mi padre porque dejaba a una familia. “Antonia, ni a tu hijo ni a tu yerno, hay cristiano en la Tierra que lo salve, y te dejo a tu hija [la madre de Carmen] por no dejarte a ti abandonada”. Fíjate cómo era el alcalde, que no pensó en nosotros, los niños, sino en mi abuela. De esto se acordaba bien mi hermana porque tenía 14 años y no paraba de contarlo durante años. Mi abuela se desmayó, mi hermana se tiraba al suelo desesperada. Cuando llegaron a mi casa, mi madre les preguntó qué dijo el alcalde, pero no contaron nada ni mi abuela ni mi hermana. Mi madre se arrepintió de no haber dejado ir a mi padre en huída. Mi padre, según nos contó otro tío mío, un hermano de mi padre, se lamentaba todos los días preguntándose quién le iba a comprar la lache a mi hermano Andresito, a su “Pilichi”. Pero de la leche de mi hermano ya te hablaré más adelante”.
Cada día, pasaba por la cárcel Real de Tarifa un sacerdote al que los presos guardaban respeto, pero uno de aquellos días, los prisioneros rogaron al carcelero que dijera al cura que pidiera clemencia a la Virgen de la Luz. Y ésta, como desvela carmen, fue la respuesta del cura: “A ustedes ya no hay quienes los escuche, ustedes ya lo tienen sentenciado, para qué voy a pedir”. Dicho esto, a Carmen, con sólo recordarlo, se le clavó un arpón en el pecho. Sus labios se contrajeron y su rostro se sacudió de dolor.
“El carcelero era pariente nuestro, y no le daba a los presos ni agua. Mariana, fue aquella mañana a llevarles el desayuno y le dijo el carcelero (“agujita” le decían), que lo que tenía que hacer era llevarse “la ropa de esos dos, que ya están estorbando”. Esos dos, eran mi...” Carmen se detiene y mira a su sobrina. Los ojos se le ahogan y prosigue con la voz estrangulada: “...mi padre y mi tío”. “¡Eso es que los han matado! ¡Eso es que los han matado!” Dice Carmen que gritaba Mariana, su vecina. Se dirigió entonces Mariana a casa de Carmen y de Favio pero no se atrevió a franquear el umbral, se quedó en el patio. Al cabo, gritó, desesperada, que ya no estaban allí, en el penal, y que el carcelero le había anunciado que se los habían llevado. Cada noche, en la oscuridad de aquel pozo consumido de negruras, el carcelero balbuceaba los nombres de los sentenciados, entre ellos el de Favio y su cuñado: “Favio, prepárate porque a las seis de la mañana haces el “viaje”.
“Mi tía fue a la cárcel y le dieron la ropa interior de mi padre y unas zapatillas, y todo lo tengo yo ahora, y la toalla, que está... está tal como se la dieron. No la he lavado ni nada, la conservo tal cual. También conservo la libreta en la que un falangista apuntaba las raciones de comida que no le servían a mi padre”. Este falangista al que hace referencia Carmen, fue quien le dio a Favio el primer tiro. “Había una mujer que se escondía tras una puerta y veía a todo aquel que se llevaban para matarlo, y luego iba diciendo a quiénes se habían llevado. No lo hacía con malas intenciones, sólo para que sus familias no se quedaran con esa cosa de no saber qué fue de sus seres queridos. Mi padre tenía 42 años cuando lo mataron, y mi tío 33. Mi padre iba dando gritos en el camión y un cuñado suyo, que iba a trabajar al campo, se cruzó con ellos y reconoció la voz de mi padre que además iba atado”. Un impacto de munición de latón y plomo de arma corta del 9 mm Largo recibió Favio en la boca: “toma, para que te calles”, dice Carmen que le dijo quien apretó el gatillo, personaje, además, conocido de su familia. Tendido el cuerpo con las piernas flexionadas sobre la hierba reseca en la explanada de Vico quedó Favio, para después recibir un tiro de gracia y ser arrojado en una fosa común —que sus mismos compañeros cavaron— del cementerio de Facinas —al que fueron trasladados tumbados sobre unas escaleras de madera— sobre los cuerpos ya sin vida de su cuñado y de otros tres fusilados más. Dos fracturas craneales justifican el paso del proyectil. Y un charco de sangre cuajada ya con los días la única huella de su transcurso por esta perra contienda. Fueron 105 los fusilados en Tarifa de 300 sentenciados en un telegrama que el trabajador de telégrafos ocultó para salvar a los demás.
“Años más tarde —tendría yo 11 o 12 años—, cuando salí del colegio con mis amigas, nos pusimos a jugar en la calle con una pelota, y mira por dónde, se me planta enfrente el tío que le dio el tiro en la boca a mi padre. Porque aquí, en el pueblo, nos conocemos todos, y más en aquellos años, en los que todos sabíamos lo que había hecho uno y otro. Pues resulta que cuando voy a lanzar la pelota, me dice el fulano: “chuta, chuta, échamela, échamela...” Yo me lo quedo mirando fijamente sin decir nada porque sabía quién era el tío. Claro, como yo lo miraba de aquella manera, pues me dijo: “ah, ¿tú también, tú también? Algún día te vas a acordar”. Y me amenazó. A mí me daba igual, pero por lo visto todo el mundo lo miraba mal o se callaba a su paso por la calle. Si aquí todos nos conocemos —reitera Carmen— porque el pueblo es muy chico...”Carmen expuso con resignación que había sido ella la que afrontó tanto a su familia como todas las penurias, sola, y que no había tenido, ni tiene, vida. Puntualizó que se moriría sin haber existido sin penas, pero que haber hallado, en 1977, los restos mortales de su padre y de su tío, le devolvió un hálito esperanzador para poder reconducir su existencia.
¿Cómo reconoce usted, carmen, los huesos de su padre? Indagué, curioso. Carmen agachó la cabeza y se secó de nuevo los ojos que extinguidos de lágrimas incontenibles le quemaban el alma al descender por su rostro blanquecino y delicado. Asfixiada en aquella pena y en la pregunta que le hice, respondió, pasados unos segundos, que su padre aún conservaba los tirantes de sus pantalones. Aunque el día que lo asesinaron no llevaba calzas enfundadas, sí que sobre sus hombros dejó lucir, quizá presagiando su reencuentro en un futuro con uno de los suyos, los tirantes con la hebilla dorada corroída ya por el tiempo y la fatiga de aquella tierra que una vez olió a sangre y pólvora. “¡Por los tirantes, fíjate! Y a mi tío por los zapatos. Pero cuando vi los tirantes que mi padre siempre llevaba —porque de él nunca se me olvidó nada, ni siquiera la ropa que vestía— me lancé hacia él gritando ¡ese es, ese es, ese es mi padre, mi padre es ese! Y cogí la cabeza, el cráneo, y lo besé. Sí, yo lo besé.“Mi madre siempre decía: “Ay, si yo viera aunque sólo fueran los huesos de mi marido, qué feliz sería”. Mi madre decía eso todos los días. Y como ella murió en el 85 y a mi padre lo sacamos en el 77, pues no se murió mi madre sin ese deseo suyo. Yo no quise que fuera al lugar donde lo encontramos, pero mi madre insistía. Yo le preguntaba que para qué iba a ir, que iría yo y que allí se escarbaba donde yo dijera. Así que cuando sacamos los huesos, en la caja le metí una cruz de cartón. Nos lo llevamos al nicho y le hice fotos cuando hubo estado todo listo, limpio y preparado, y le llevé las fotos a mi madre. Cuando mi madre miraba aquellas fotos decía: “Ay, ahí estás metidito, hijo de mi alma... Ay, quién te hubiera metido conmigo... pero eso es para que hubieras estado tú solito... El día que yo me muera, qué feliz. ¿Por qué, con todo lo que soñamos, no te veo yo alguna noche? Sólo para verte, hijo mío” Las campanas de la Iglesia de San Mateo suenan y el eco se cuela por el portal arriba hasta llegar al salón de Carmen. La grabadora recogió el repique sirviendo así de fondo a su relato, palabras que extraídas de sus entrañas se iban alejando de la estancia como cogidas de la mano de aquel tintineo que provenía del campanario.
“Mi madre —proseguía Carmen luego de haberse secado los ojos—, después de ver las fotos, me decía una y otra vez que ella no quería que la tirasen como a su marido, ahí, en cualquier sitio, así que cuando le llegó la paga de viudedad de mi padre, yo le iba guardando ese dinero y cuando tuve suficiente le compré a mi madre un nicho. Por eso, cuando mi madre repetía que no la “tirasen”, yo le dije que sin ella saberlo le había comprado un nicho para que la enterraran cuando Dios quisiera, y que ese nicho había sido comprado con la sangre de mi padre. Y lo que te quería contar de la leche de mi hermano, es que nosotros y mi madre hemos trabajado mucho, y que cuando a mi padre lo mataron, la familia de mi padre dijo que al chico no le iba a faltar la leche, y sólo se la dieron durante tres meses; el 31 de diciembre del año en que mataron a mi padre, nos dijo uno que no quiero nombrar, que ya era el niño grande para leche, que comiera como los demás, y mi hermano sólo tenía diez u once meses. ¿Qué quiere que te cuente más, hijo?” Nada, señora, nada más.
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