PUBLICADO 2006
Isaías Bueno. Monumento al pescadorHay surcos en la tierra; y también en el rostro baldado de quienes cortan con la proa de un pesquero esos mares. Hay olvidos; y también recuerdos en los ojos rutilantes de quienes ven de morir y de nacer. Hay miles de historias que contar; y también relatos indecibles que agotarían la extensa estela en ese mar, a veces enemigo, que atisba a aquellos hombres crecer y crecerse entre el decorado marinero al que han dedicado toda una larga vida. Son duchos que a base de tragar amargura ante cada temporal se dejan, muchos de ellos, hasta su propia vida. Son esos los canalillos del rostro empobrecido en apariencias (porque en sus adentros queda una ilustrada trayectoria infranqueable para algunos) los que te hacen ver que la vida es más perra de lo que a veces podemos descubrir. Toda esa mar está ahí, en el semblante agreste del hombre que corre sus parpados a cada salpicadura de salitre que le hace estremecerse de escozor, quizá, en lo más profundo de su alma. Son las tempestades a cada milla náutica las que hielan la sangre y las venas de todos aquellos que con sus avezadas manos jalan del arte rebosante de vida que en minutos se extingue arrojando sobre la cubierta un color plata que más se asemeja a esa luz quieta del sol que reseca una tez ya dilatada de por sí, que a una buena racha de capturas.Imagino al pescador alzando la vista cada noche para alumbrar su pupila con el fino chispeo de las estrellas y a cada alborada mandarina que deja distinguir un horizonte quieto con el que se enfunda la esperanza de llegar al otro lado de esa línea imperecedera que esconde su hogar. Puedo, incluso, evocar el estridente grito desesperado de las gaviotas que revolotean la cubierta del pesquero atestado que a cada oleaje librado se encoje por las sacudidas de los rezones y las tablas igual de versadas que el patrón y la marinería.
Es el malecón adosado a su destino el que le hace a uno contemplar la arribada de la lucha en estado puro contra una mar indecisa que más parece o desea engullir que dejarse rastrear para ofrecer sus delicias. Es desde ése sobresaliente espigón desde donde se ven llegar esos hombres a casa, a su hogar, y también al nuestro. Al tiempo que el pesquero se aproxima al atraque, los carros que llevarán la industria a la lonja atinan en su posición como el marinero acierta al lanzar la maroma (ese cordón umbilical que los une a la vida). Ahora está el barco atracado a puerto. Se desembarcan las capturas y cada uno de esos hombres se adentran en ese cálido rincón que les da el resurgimiento: su casa, sus hijos, su esposa, su madre... Pero qué pena me da que al salir del puerto, no puedan ser recibidos por un monumento que los abrace y les recuerde que la ciudad de Algeciras aguarda siempre impaciente y los acoge en sus brazos dedicándoles un susurro oportuno. Qué pena me da que ni el ayuntamiento de dicha localidad ni la Autoridad Portuaria se mojen en esta conseción oportuna y legítima para que esos hombre de la mar y sus familias se sientan queridos por el pueblo que los vio nacer y al que tanto han dedicado a cambio de ver sus vidas tambalearse en un mar precario donde de la vida a la muerte sólo dista cincuenta centímetros. Todos los pueblos de mar rinden homenaje a sus pescadores, ¿por qué no nosotros?
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