PUBLICADO 2006
Hace ya muchos años, cuando se formó aquel conflicto pesquero con Gibraltar, salí a grabar en un barco pesquero para mostrar, al día siguiente, cómo las patrulleras gibraltareñas acosaban a quienes calaban la arte “en sus aguas” (lo entrecomillo porque eso de sus aguas está aún por ver). Salimos de la dársena pesquera de Algeciras sobre las seis de la tarde. En aquella última hora la mar era una balsa de aceite. Calma chicha. Así, al salir de puerto, el patrón puso toda máquina al caladero habitual, que se encontraba como a dos o tres millas a la espalda del peñón, hacia levante, y junto a nuestro barco, otros que también ponían proa a la misma zona.
Después de varias vueltas buscando el banco de boquerones o sardinas, o jureles, consultó aquel patrón con los de otros barcos si habían visto algo en el sónar, pero todos respondían que nasti del plasti. De modo que, tras una hora buscando el rancho, al fin se decidieron a calar el arte donde creyeron más acertado. Aquella fue una maniobra dura. Todos en perfecta sincronización dejaron la cubierta libre de red y prepararon las cajas (por si las moscas) mientras el patrón del bote de la luz, o lucero, como también lo suelen llamar los marineros, arrastraba la red que formaría una especie de copo. Esto que escribo lo estoy recordando en el instante en que pulso el teclado, y no sé exactamente si hacían una forma de copo u otra trampa, no obstante, pido a esta gente de la mar que me disculpe por ello, pero algunas cosas se me van.
Una vez que el otro extremo del arte, del que tiraba el lucero, llegó a la amura de babor, los marineros la engancharon y, con la poca ayuda de una maquinilla y la más de sus fuertes brazos, comenzaron a levantarla. Una vez se encontraba sobre la cubierta, descubrieron que había mucha morralla, o sea, nada de nada. Pasados unos minutos, subieron la arte a bordo y pusieron rumbo a una milla más al Oeste (algo más cerca de Gibraltar). Al llegar a la zona que el olfato del patrón le indicó, volvieron a repetir la operación anterior. El bote de la luz se alejó y de nuevo arrastró de la red. Y de nuevo a bordo y otra vez ni chicha ni limoná. Ahora se dejaron ir por la corriente algo más al Suroeste, y allí calaron otra vez, pero dedicaron unos minutos para cenar. Recuerdo que, a pesar de sus necesidades, los marineros de aquel barco nos ofrecieron sus costos a la hora de comer algo, porque ni a mi compañero ni a mí se nos ocurrió llevarnos un bocata y una lata de cerveza. Al poco, una vez matado el gusanillo, todos manos a la obra. Yo, aquella recogida de la red la grabé esta vez desde el lucero. Los seis hombres tiraban del arte a la vez: ¡aaahora, aaahora, aaahora! Y de súbito, a todos se les quitó el habla, y se miraron, y dieron una ojeada al patrón, y el patrón del lucero dejó de remar. Y se paró máquinas. Luego atrás, y otra vez avante. Y virar a estribor y a babor. Pero nada. “¡Me cago en tó lo que se menea!” Gritó alguien. La red se había metido debajo de un mercante que estaba fondeado detrás de Gibraltar. El barco se escoraba y al patrón no le quedó más remedio que cortar los cabos y deshacerse de la red. Aquella red que nos pone en bandeja el pescaíto frito.
Luego de los típicos recordatorios a los santos que ya no están, se volvió al silencio mientras navegábamos proa a casa con las manos vacías. Yo me encontraba sentado en la regala del barco cuando un marinero se me acercó y dijo dolorido: “Hoy hemos tenido mala suerte. No hemos sacado ni para pagar el bocadillo (ese que compartieron conmigo). Y además —añadía—, hemos perdido el arte. Y eso es lo que nos da de comer, colega. Vaya mierda. Luego la gente se queja de lo caro que está el pescao, pero nadie sabe lo que vale un plato de pescao encima de la mesa”. Y silenció el pescador. Y yo no dije nada. Me quedé mudo y avergonzado, porque tampoco yo sabía lo que costaba un puto plato de boquerones. Ellos perdieron la red, pero hace poco un pescador de La Línea desapareció mientras faenaba. A ver si eso nos vale para no quejarnos más en la pescadería.
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