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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                                         Opinión e Islam

A veces la prensa, o mejor dicho, en la prensa escrita, los columnistas hacemos una pequeña pausa y dejamos de un lado las ponencias rutinarias (ya sean sobre políticas, fútbol u otras opiniones) para comentar algo sobre un tema que nos haya sorprendido a mitad de ese camino que discurre entre tu columna habitual y algo totalmente nuevo que argumentar. Me refiero, por ejemplo, al Estatut catalán o las negociaciones con la banda armada ETA que últimamente parece ser el único tema opinable y que por otro lado se vio reposando unos días sobre nuestras mesas a la espera de que pasara el aluvión de letras que se dibujaron para relatar visiones sobre las caricaturas de Alá y Mahoma. Fue entonces, cuando me empecé a deleitar leyendo opiniones sobre asuntos nuevos. En estas manifestaciones se descubrían puntos de vistas muy interesantes y lecciones de libertad de expresión, incluso, para gentes que nada tenía que ver con el Islam, ni con los países árabes, sino con el suyo propio, porque para algunos ciudadanos de esta nuestra España la libertad de expresión pasa ante él de corrido sin tener el individuo en cuestión ni puta idea de lo que esa libertad de opinar o comunicarse abiertamente con los demás significa.

Y dije al principio que me seducían las ponencias que se vertían sobre el asunto de las caricaturas (unas a favor y otras en contra, en eso consiste la libertad) porque se dijo mucho sobre cómo se debían exponer la opiniones y porque se pusieron sobre la mesa también comparaciones igualmente atrayentes, como qué hubiera ocurrido si se hubiesen mofado de los homosexuales, la mujer o los negros. Se opinó sobre los que intentan cerrar las bocas, quemar las plumas y pisotear pensamientos. Fueron unos días que transitaron para mí con mucha elegancia pues los escritos rigurosamente plasmados sobre el mágico papel de los periódicos dieron fe de lo que durante muchos años, en España, por ejemplo, se estuvo defendiendo y para lo que muchos de nuestros vecinos habrían derramado hasta su propia sangre. Todas esas evocaciones emergieron como si de un gran homenaje a la libertad de expresión se tratara (que así sospeche que  fue) para lo que las mejores plumas de nuestro país se vistieron con sus mejores galas. Ahora, sin embargo, se retoman de nuevo los asuntos  que dejamos aquel día sobre el tapete, aquellas cuestiones del Estatut, de ETA, de las recogidas de firmas del PP y de la OPA.

No quiero que vuelvan a suceder cosas que hagan peligrar la libertad por parte de quien sea, no quiero sino que los hombres y mujeres del planeta estemos unidos y seamos capaces de respetarnos aunque se derrochen opiniones para todos los gustos sin la necesidad de vernos pisando banderas o recibiendo amenazas de muerte. Desearía, pues, que algunas regiones y países del mundo fueran más libres de lo que lo son y que la libertad de pensamientos fuera el eje principal de nuestra convivencia. Ansío, sinceramente, que esta vez sin excusas como la de las caricaturas de Alá, se continuara escribiendo sobre la libertad de expresión y sobre aquellos hombres y mujeres de las mejores letras y pensadores que hicieron posible, en un tiempo, que el mundo fuera un poquito mejor y que aquellos que aportaron su granito valiosísimo de arena estuvieran cada día ocupando las mejores páginas de los diarios para que de ese modo alcanzásemos más conocimientos sobre estos y otros pensamientos que nos hace ser mejores.

Reconozco que la polémica negociación del estatuto cubre España de actualidad, pero brindar líneas a la convivencia es, en algunas ocasiones, bálsamos eficacísimos sobre cómo debemos ser los seres humanos. Y este es un cuento que también me debo aplicar yo, ojo, sin embargo reconozco que a veces es difícil, porque “opinando precisamente sobre todo lo cotidiano es como se plantean los temas a debatir”, me decía el otro día un colega. Pero escribir sobre la libertad de expresión es un ejercicio que siendo habitual deja clara muchas cosas a una cantidad importante de gente que aún no ven del todo claro que la libertad de opinar es lo que hace fuerte democráticamente un país. 

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