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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                                             Paseo marítimo

De mamarracha a mamarracha y tiro porque me toca. Eso se ve en la pinta. Hay conductoras, y conductores, ojo,  que van a lo suyo, y como intentes usurpar su extremo grado de amargura, se rilan en tus seres queridos con el ceño fruncido y las manos revoloteando cerca del volante, y la mirada justiciera clavada en tus vísceras. Casi rozando el hostiarse con el coche que le precede. Porque algunas, como digo, aunque le pidas disculpas con un gesto amable por haberte colado en el atasco del Paseo Marítimo, no te perdonan la vida —y no me mal interpreten, que también hay muchos tipos que se las traen, pero el caso que me ocupa es el de una fémina—. Sin embargo, hay otras conductoras que saben perfectamente que si te has pasado, sin querer, y te has plantado el quinto de la fila, es porque hay un coche estacionado en doble fila que te impide continuar circulando —porque convendrán conmigo que franquear el Paseo Marítimo de Algeciras es toda una proeza—. Así, la mujer, amablemente, hasta te cede el espacio, sin que tú tengas que rebasarla por huevo. Pero claro, le echamos  un vistazo a la pinta de la primera, esa que se mosqueó tela marinera y te apuñaló con su mirada, y nos damos cuenta de que nada tiene que ver con la otra,  la que con educación te concedió su lugar a cambio de una amable sonrisa y un ademán de agradecimiento por su cortesía. Porque sabrán ustedes que el civismo no sólo debe residir en el hombre, sino también en la mujer. Pero aquella conductora ni siquiera sabría buscar en un diccionario el significado de tan magna palabra. Creo, además, que cuando se sacó el carné le debieron aconsejar sus amigas —porque dime con quien andas y te diré quién eres— que con los tíos, al cuello. A por ellos, le debieron decir con las venas del cuello hinchadas.

Pues cuando me detuve ante uno de los semáforos de la avenida más cutre que tiene ciudad alguna en España, la señora aquella seguía con la retahíla. No la oía porque su ventanilla estaba cerrada y entre el ronroneo de los demás coches y los tubos de escapes de las motos infernales que libran cada día nuestras calles, se hacía imposible percibir las blasfemas que aquel delicado piquito de oro arrojaba. La otra, la que me cedió su lugar, no se inmutaba —observé por el retrovisor—, pero parecía imaginarse lo que la borde espetaba. Cuando el semáforo cambió a verde, metí primera y salí muy despacio; en cambio ella, la grosera, hizo derrapar su coche. Se ve que los neumáticos los paga otro.

Más adelante nos detuvimos ante otro semáforo, pero peatonal. La mujer aquella frenó a mi altura en el carril de la derecha, y más de lo mismo. Ya me estaba empezando a calentar la trastienda cuando un señor, esperando detrás de ella a que circulara, le dio una pitada que la descontroló hasta el punto de que, en vez de meter primera, dio la marcha atrás. La leche que le dio al que le tocó la bocina fue guapa. Le apañó el coche al hombre, sí señor. El de ella apenas sufrió daño. Yo, como pueden ustedes suponer, me partí de la risa. La otra chica también, pues cuando miré por el espejo retrovisor la descubrí tapándose la boca con ambas manos. Se descojonaba. Aguardé unos segundos, y cuando vi que la siniestra conductora me miraba, desatendiendo el parte del seguro, le arrojé un beso con la mano y le deseé suerte. Así, la bronca se la montaría otro por mí. Al fin y al cabo, cada uno, o una, tiene lo que se merece, por eso, cuando me la encuentre algún día por ahí, le diré con educación que pena me daba de que, quien fuese, malgastara su dinero en  neumáticos que una mala conductora dejaba adherido al asfalto infernal cada vez que se mosqueaba con alguien —que debía de ser a cada segundo—. A la otra, por el contrario, la animaría a continuar haciendo gala de su buena educación, porque conductoras como ella hay pocas.

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