PUBLICADO 2006
Se me empinan lo pelillos de los brazos y algunos del cogote cuando las veo, y los veo, en la playa dejándose acariciar por una brisita que cuando te da en el careto te hace estremecer. Y uno se pregunta quién es el bicho raro, si ellos, por estar desde finales de marzo en la playa tumbados al sol rezando a todos los santos que conocen cuando sumergen un pie en el agua del mar, o yo que los veo con pasmo y recuerdo el resfriado de hace unos meses. Que no digo yo que no haya que ir a la playa a airearnos un poco y leer en la arena un libro o una revista, pero de ahí a quedarse en pelota picada con el ponientito de los cojones que a veces corre por los rincones de esa dársena y de bañarse por aquello de que “ya que estamos…” Yo lo veo una exageración. Fíjense que hasta bien entrado mayo hay días fresquitos y vamos con manga larga… Pero la peña pasa de todo. Sobre todo las mujeres, que como tienen que adelantar el morenazo para no sé qué romería o feria, pues ahí las ve tumbadas al sol y vuelta y vuelta, como las chuletillas que en las barbacoas perfuman las urbanizaciones en verano.
Eso de la playa a tempranos días no me cuadra. Lo veo una un trauma post invernal del que se tienen que despojar porque de no ser así la cosa empeora. ¡Ah! ¿Los noviazgos? Encantados. Si además hace tres días, como aquel que dice, que la conoce, pues le viene como anillo al dedo. Hombre, eso de ver a tu guayabita con bikini sobre una toalla de Harripoter cara al astro rey que la achicharra, tiene su puntito. El problema viene cuando ella se acerca y posa el brasero de su mano sobre la tripita del colega. Entonces respira uno fuerte y contrae el vientre. Y decide darse un chapuzón para refrescar sus instintos primaverales; pero cualquiera se levanta, a ver quién es el guapo que recorre los cinco metros que te separan de la orilla con la tela expuesta a la vista de la peña que está al lado.
Conozco gente a la que le gusta ir a la playa y bañarse todos los días del año. Da igual que sea noviembre, diciembre o enero y febrero. Es cierto que son amantes del mar y lo demuestran rindiéndose a él los 365 días del año. Pero los otros, o las otras, no. Ellas —y ahora no digo ellos porque estos van de compañía de la colega, no porque se quieran poner dorados— sólo se acuerdan de la arena cuando se acerca la primavera, que es cuando el sol aviva un poquito, pero sólo un poquito, no crean, y previenen lo que las mujeres llaman la piel lecheada que durante tantos días han ocultado bajo la funda impecable adquirida en ZARA de cualquier ciudad de España.
Hay chicas que se lo montan, dentro de lo que cabe, un poco mejor. Algunas llevan en el bolso de playa un recipiente con sistema de spray que les permite rociar de finas gotas de agua salada su torso. Eso les ahorra pasar el mal trago del novio que se tiene que meter en el agua hasta los tuétanos encogiendo los michelines y dando más vueltas, una vez dentro, que una peonza. Al final se decide e hinca la cabeza en la ola, pero no vea si les cuesta a los compadres.
Pues este bote de spray, que se pasan unas a otras con la excusa siempre valedera de que se le olvidó en casa (“mira qué tonta, me lo he dejado sobre la mesita del patio”), cosa incierta, lo que ocurre es que no quería ir tan “cargada”, se compra en cualquier droguería y por estas fechas vuelan. Se pulverizan con él y luego extienden sus exquisitas partículas con acostumbrados masajes que las hacen ponerse de nuevo en la posición ideal para absorber la mayor cantidad de sol posible. La playita, parta mí, más adelante, no sé, quizá mediados o finales de mayo, pero ahora, colega, ni hablar del peluquín.
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