PUBLICADO 2006
Son las tardes cenizas. Y frías. Insensibles como los recuerdos también grises de quienes se apresuran a marcar su último territorio, ese que hace vencedor a quien lo traspasa con su aro y su hierro encontrado entre los remanentes de una camioneta enemiga, o hermana, o cómplice. Así iban corriendo esos niños: con el aro que chirriaba cuando en la imaginación de aquellas inocencias de la posguerra ganar la carrera era todo cuanto cabía esperar de esos ocasos de juegos en la calle levantada de escombros húmedos en los que hurgar era toda una proeza; pues con lástima descubrían las brozas de una penuria, de una pestilente tristeza que tiznaba el alma infantil de quien ahora rememora aquellos juguetes que, con suerte e imaginación, hacían felices a miles de pueriles españoles.
Más allá, al otro extremo del callejón, los goles se marcaban con ansia y para ello había que patalear una esfera de trapos cosidos entre sí hasta colmar un delirio: el balón de fútbol. Claro que se empapaba aquel globo de tela en cada intento de sortear una diminuta laguna que la noche anterior había dejado allí, claro que pesaba más y por descontado que aquellas débiles piernas, a veces desnutridas, no podían cumplir con su anhelado sueño de voltear al guardameta, pero en el intento glorificaban aún más su ternura.
Y los otros, los más creativos o de padres que regresaron del frente con la ilusión de fabricar un juguete, se distraían resoplando al tiempo que la fuerza motriz de su inocente mano, derecha o izquierda, hacía avanzar, por entre los baches de aquel casi inexistente acerado, el transporte que, provisto de ruedas recicladas de los platillos de una pandereta, advertía que el último modelo en turismos se aproximaba a toda velocidad. Eran coches de lata, de recortes de aquellas que, posiblemente, dio de comer a hombres y mujeres en las trincheras.
Estas no lloraban; pero sí las de más allá. Fue cuando se acercó un bello semblante sembrado de pecas y balbució: “¿tu hija no llora?” “No —respondió la otra, con trenzas pardas reposando sobre sus hombros ahora cansados—, porque las hijas de trapos no tienen lágrimas”. Los ojos de aquellas muñecas cosidas jirón a jirón, lucían rostros alegres porque con un carboncillo pintaban las chiquillas los rabillos de los ojos grandes, vivos y expectantes que se hacían parecer a los de la Lucita, la vecina de la esquina, aquella atrevida que hurgaba en los corazones de los sargentos y cabos que aún cumplían. Muñecas de trapo con sus trenzas; porque cada una de las niñas las creaba a su imagen y semejanza.
Los más valientes, subidos a un tramo de muro caído en los bombardeos, se mataban, se conquistaban y se dividían en bandos más fuertes que los otros; sus metralletas de palo elevaban sus hombros y sus gélidos pechos cuando desfilaban ante los ojos de esas pequeñas madres que, con sus hijas de trapo, elegían, ruborizadas, al manda más. Eran inocentes ejércitos que no sumaban más de quince años entre todos. Se trataba de niños valientes que querían conquistar el mundo: un mundo pobre, triste, pero fuerte si, entre todos, contribuían a que cada delicada esencia tuviera un juguete, una ilusión.
Desafortunadamente, hoy en día cohabitan niñas y niños que no disponen de los mismos —llamémosle así— privilegios de otros, pero gracias a los buenos ánimos, esos que abundan por cualquier rincón de nuestro país, hoy verán sus sueños hechos realidad, porque la ternura con que son arropados en los corazones de aquellos que se han esforzado para que en el día de reyes tengan con qué distraerse, colmará estas fechas de amor, de fantasía y de concordia. Es por eso que, esta columna, la dedico a todas y todos aquellos que han trabajado sin descanso para que esto sea posible. Desde estas pocas letras, felicidades, y que también vosotros podáis sonreír con la misma complacencia que lo harán, en cada rincón de España, millones de niños.
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