PUBLICADO 2006
Fue hace una semana cuando lo leí en la prensa o lo vi y oí en la te. La cuestión es, que dos operarios dedicados a la limpieza y mantenimiento de la Fontana de Trevi rapiñaban de la fuente romana de los deseos, con disimulo, dos mil euros a la semana —supongo que para llevar algo de calderilla—.
Yo estuve en Roma hace algunos años y también me hice la foto junto a la famosa Fontana de la que se comentaba por allí, hacía cumplir tus deseos a cambio de unas monedas sueltas que extraíamos del bolsillo como gilipollas, para arrojar luego al tiempo que el flash de la cámara japonesa derrochaba aquella potente luz que hacía relucir nuestros caretos sombríos y, así, acabar con el contraluz al que sometíamos a tan mostrada imagen. No me acuerdo del importe en monedas que dejamos allí, sumergido, como nuestros deseos, para luego ser introducidas de nuevo en la faltriquera de los que dejaban —y nunca mejor dicho— limpio aquel hontanar convertido para sus hurtadores en una alcancía gigante —ya quisiera la iglesia disponer de una en esas dimensiones para el Domut; aunque no sé si ahora se llama así o no, e incluso si aún existe ese método de súplica caritativa—.
Desconozco si los turistas, ahora que ya se ha descubierto el pastel, persisten en su buena voluntad para corresponder con euros a la improvisada piscina que en verano refresca a los más ardientes que la inmortalizan. No obstante, creo que aquellos dos operarios del servicio de “limpieza” debían estar empadronados en otra ciudad italiana y no en la famosa fundadora de tanto imperio, pues creo, que se debieron decir unos a otros: tú, coge eso, y que trabaje un romano, que para eso tiene el pecho de lata.
Y lo mismo debe ocurrir en otros lugares que hemos pisado en los que nos detuvimos alguna vez arrastrado más por la curiosidad de saber qué deseos son los que se cumplen al lanzar unas monedas que por la obra de arte en sí que se presenta ante nosotros. Recuerdo que en la ciudad de Palma me ocurrió un caso similar, pero esta vez no tragué. Franqueamos el umbral de un restaurante chino y al sentarnos a la mesa, descubrimos una maravillosa fuente interior que dejaba embelesado a todo aquel que la contemplaba. Me levanté de la silla y fui hasta ella. El monumento que la hacía resaltar era un dragón oculto en una especie de cueva, o refugio, y emanaba agua a borbotones cuando aún se oían en la tele los consejos de nuestra ministra para ahorrar este elemento tan preciado. También había peces de colores, y tortugas, y algas, y mucha mierda en el fondo. Pero a lo que voy. Entre el lodo y aquellos peces que nadaban alardeando de millonario, se dejaban ver las monedas: de cinco céntimos, de diez, de veinte y de cincuenta; monedas de un euro, de dos y hasta sortijas; debieron caérseles a algunas prometidas. Mi hijo me advirtió de la calderilla: “mira papá, hay monedas”, exclamó asombrado. Sí hijo, sí, hay monedas porque la gente sueña, y en sus sueños, “que sueños son”, ven acomodos y mejoras, amores posibles y pisitos hipotecados que servirán de nido a sus futuros soñadores, y coches nuevos y negocios fructíferos, y familiares sanos y mascotas que vuelven a casa después de una larga noche de invierno dándole a su instinto animal. Y como todo en la vida, pues también hay otros soñadores: los que sueñan con que nosotros soñemos; porque si es así, ellos se llevan la mejor parte de nuestros sueños; o sea, las pelas, la pasta, las perras, los cuartos, la plata, la tela, la mosca, la guita, el monís; para pagar sus hipotecas, sus coches, curar sus enfermedades, conquistar a sus churritas, hacer fructíferos sus negocios y comprar un collar al jodido perro para que no se escape en invierno cuando más llueve. Porque ni la Fontana te hace resplandecer ni el chino tampoco.
¡Ahora lo recuerdo! Le pedí a la Fontana que me hiciera volver a Roma, y aún no he repetido el viaje, entre otras cosas porque estoy tieso como la puta mojama de Barbate. Y me pregunto cada noche, adónde van a ir de viaje este año los dos listillos que se quedaron con el hierro de los turistas ingenuos que, como yo, picaron para hacer realidad sus sueños.
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