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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Poniente flojo.

Isaías Bueno                                            Céfiro

Poniente flojo es el viento que me gusta. Se está bien en las playas de Tarifa y en las de Algeciras; pero ese viento del oeste, cuando sopla con dos pares, es un viento pendenciero, molesto, con más mala leche que cuatro gorilas drogados, pero le viene bien a los surferos porque los alisios les trae, cuando practican snowboard próximos a las dunas de Valdevaqueros, una corriente cálida para volar a los más alto. Y además tiene su propia historia. 

El viento de poniente (del oeste) se deja ver representado en un cuadro de Botticelli, El nacimiento de Venus, una obra que bosquejó entre el año 1484-1485 reflejando los rasgos más característicos de este pintor del renacimiento florentino, que llamándose Alessandro Di Mariano Di Vanni  Filipepi tomó el apodo de Botticelli y creó, quizá, la obra más bella, aunque no podemos descartar La Adoración de los Reyes Magos y otras creaciones. Pero para no enrollarme como una persiana, seguimos con mi poniente. Resulta que Venus, diosa del amor, nace del dios Urano, que fue castrado por su hijo Cronos y arrojó sus abolladuras  al mar —ya era hijoputa el coleguita—.

En el cuadro se advierte el momento en que la diosa Venus, llevada por el céfiro (viento de poniente), alcanza la isla de Cítera, como así describe Homero y que además en La Odisea (obra en la que Homero narra las aventuras del héroe griego Odiseo, de la guerra de Troya) llama “viento favorable”. Esta diosa mítica de piel nacarada y de figura airosa, está sobre una gran concha, y con la mano izquierda  toma la extensión de su larga melena  dorada para ocultarse el pubis; mientras que con la derecha y el brazo se protege los pechos.  En el margen derecho del cuadro se observa a Flora, diosa de la vegetación y la naturaleza, tapada  con un vestido engalanado de flores. Pretende Flora, proteger a Venus con un manto púrpura también decorado con motivos florales. Al fondo de la escena se descubre una mar sutilmente rizada que deja reposar una lluvia de rosas dejándonos alcanzar con la vista hacia la izquierda, la imagen   de Aura, la diosa de la brisa, y, fundido con ella, Céfiro, dios-viento del oeste (poniente). Céfiro, que es hijo de Astreo y de Eos, sopla a Venus con la brisa de su fusión, aireando sus cabellos y meciendo, quizá, la vegetación de más allá. Si se dan cuenta, tenemos cuatro elementos: amor, aire, tierra y agua. ¿No es bello? William-Adolphe Bouguereau (1825-1905), representa a Céfiro en su obra Céfiro y Flora, 1875, en la que aparecen ambos semidesnudos. Este Céfiro me da a mí que se lo montaba con todas. Ella se deja besar por el dios joven y sin barba, con alas de mariposas. Se le considera también el encargado de hacer que en primavera broten las flores cuando sopla.

Así que es por todo esto que he elegido como lema de mi columna a partir de ahora, Poniente flojo, porque además de ser un viento con historia, me refresca en invierno y me acoge en verano. Creo, si he de serles sincero, que se debe también a que mi color favorito se ve reflejado con más ímpetu en el mar cuando Céfiro bufa. Siempre admiro el azul portentoso de la mar cuando el poniente da como debe, o como me gusta. Cuando arrecia y la mar se enarbola, la cosa se trastorna un poco, pero también me dejo ir con los rizos de un elemento tan vital como es el agua, el amor, el aire y la tierra; esa que nos acoge, nos alimenta,  hostiga y sepulta. Navegar con poniente flojo, además, es un gustazo.

 

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