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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno                                      Un niño al timón

En la playa no se ve a nadie. Sólo las olas que se rinden a los pies de nuestras contemplaciones se manifiestan revoltosas. La luz decrece. El cielo se torna más azul por Levante y más naranja por Poniente. Frente a mí, dándome la espalda, un niño, de unos 6 años y un señor, de unos 60. Los dos examinan impávidos el mar. En un momento dado, el hombre, probablemente el abuelo del niño, señala con el dedo un punto en el horizonte, puede que un barco fondeado (es lo que más llama la atención a un crío) o un punto concreto de aquella profundidad. Los dos permanecen de pie, inmóviles, serenos, callados y rigurosamente, como ya dije, contemplativos. El pequeño no alcanza aún la cintura de su abuelo, todavía le llega algo más arriba de la rodilla.

Yo no le perdí ojo a la escena tan bella que tenía delante. Me apoyé mejor en el murito de hormigón y subí una pierna para dejar la otra colgando. Los ojos casi se quejaban de no parpadear, no quise perderme ni un solo instante, ningún movimiento. Entonces comenzó a soplar una ligera brisa del suroeste que movió un poco la melena rubia del niño. El abuelo lo cogió de la mano sin mirarlo (el niño tampoco se inmutó), lo acercó algo más a él y le volvió a indicar un lugar allí lejos, más allá de la arena y de las olas. El chico no apartaba la vista de aquello que fuera lo que su abuelo le señalaba. Luego el niño miró al ascendiente y de nuevo le mostró algo, porque el pequeño no lo tenía claro. Entre aquella estampa y yo no había obstáculo alguno, nadie se cruzaba (de hecho no paseaba casi nadie). Aquella imagen pervivía allí largo rato cuando de súbito, el abuelo, con un leve tironcito de la mano, le sugirió a su nieto irse. El chico, mientras se giraba para tomar el camino, no dejó de mirar hacia el piélago que cada vez más azul iba consumiendo la última luz.

Pasados treinta minutos, mientras caminé hacia el Pícaro, con el paseo casi rayando la indelicadeza, advierto que el niño y su abuelo se han detenido justo al final del acerado, donde ya tocas la arena con los pies y puedes ver la desembocadura del río. Y estaban mirando al mar, más oscuro esta vez y con más arena de por medio, con la misma parsimonia del principio. Así que tomé asiento algo retirado de ellos para observarlos mejor cuando, creo, dieron por concluida, esta vez sí, la ilustrada excursión de la tarde. Al pasar a mi altura, el niño llevaba una retahíla con el abuelo, que le prestaba toda la atención. Le preguntaba cosas que el sexagenario respondía con delicadeza y motivos para que el pequeño las comprendiera. Algo más cerca de mí los dos personajes, oigo al chico preguntar: “¿Entonces yo también puedo ser marinero como papá?” A lo que el abuelo respondió: “cuando seas mayor lo decides, ahora es mejor ir a la escuela y aprender mucho, pero si lo que quieres hacer es navegar, pues sí, claro que puedes ser marinero”.

Duró dos o tres segundo a lo sumo el vistazo que nos cruzamos el hombre y yo, pero adiviné que sus ojos guardaban recuerdos lejanos que se bañaban aún en aquellas aguas. O en las aguas de otros mares u océanos. El rostro del abuelo señalaba castigos basados en embates de olas y sufrimientos en la cubierta de un buque, y compartir aquellas remembranzas con su descendencia era lo más decente y honrado que podía hacer aquella tarde que casi rozaba ya el otoño. De eso hablaban, de los mares, de los encuentros, de las aventuras, de los riesgos, del padre del niño y de sus singladuras. De todo aquello que un  hombre balanceado por la mar puede platicar cuando respira yodo y el salitre penetra su cuerpo. Y el niño, luego de la respuesta del abuelo, bajó la cabeza y, alejándose, cogido de la mano siempre fiel del abuelo, metió en su mente un barco, unos remos, hombres dispuestos, olas grandes, una bocina y un timón que él mismo gobernaría con los consejos que su abuelo le había dado. 

 

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