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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2006

Isaías Bueno.                               Aquí te pillo, aquí te mato

Serranía de Ronda. Nueve de la mañana. Voy con el coche dirección Gaucín. Antes de llegar al cruce de Alpandeire, a pocos kilómetros de Ronda, quizá tres o cuatro, detengo el vehículo a un lado, en un rellano; para que no obstaculice la carretera y me metan un puro por gilipollas. Un día les referiré una historia que me pasó con el coche en este cruce. Pero a lo que iba. Me apeo del coche y respiro ése aire que sólo en Ronda penetra incólume. No sé a ustedes, pero a mí me deja nuevo. Entonces, inspirado como para escribir un artículo después de haber leído la prensa en el hotel, atrinco el portátil, me siento donde el copiloto con la puerta abierta y las piernas fuera del habitáculo y me pongo a teclear algo sobre unos políticos de Cataluña y sobre los diez mandamientos urbanísticos que ZP acababa de crear. Pero lo dejé. Desistí de escribir sobre lo indecible y admiré lo que tenía delante, que era, por descontado, mucho más bello y romántico.

Vislumbrando el paisaje por algunos tramos rocoso que se presenta ante mí, más instalado en él me encuentro. Un hilo de humo asciende allá lejos. De la chimenea de una casa blanca asentada en una hondonada, también sale una fina columna de tizne que deja distinguir la preparación de la rebanada de pan moreno con manteca colorá y el café de pucherete. Parece que lo huelo y todo, oiga. El  herbaje  bajo mis pies aún está húmedo; se ve que la llovizna de la noche anterior fue dura. Algunos cencerros se oyen, pero no sé dónde están los pescuezos que los llevan. Al poco de las esquilas, me llega el estrépito de dos tiros de escopeta. Luego dos más. Ahora tres. Pimba, pimba, pimba. Es entonces cuando veo, percibo y respiro  la Sierra rondeña de un modo más auténtico.  Algo más, por decirlo así, en estado puro. A la sazón puedo imaginar lo vetusto del paisaje con los bandoleros que hacían sus tropelías por estas sierras, como José María “el Tempranillo” o Joaquín Camargo “el Vivillo”, entre otros muchos. El último que quedó en Andalucía era alto y escuálido. De andares a zancas y pelo muy corto y gris en sus últimos días, nació en 1873 para caer en 1934. Le apodaron “Pasos Largos” pero respondía a Juan Mingolla Gallardo. Robaba en los cortijos y caminos de la sierra, como todo cuatrero. Un día se tropieza con un ricachón y lo secuestra pidiendo por el rescate diez mil reales, pero como al final se hacen colegas y todo, pues sólo obtiene del acaudalado un reloj y una cadena de oro. “Para que veas que soy buena gente”. Hay que joderse. Toda la vida dando hostias para esto. Pasado un tiempo, Pasos Largos es  denunciado por un cortijero de la finca El Chopo, y los guardias lo prenden. Le dan tal paliza al bandolero que jura por sus muertos vengarse. Un  mes después, da con el hijo del denunciante (los Tribuneros) y le pega dos tiros. Luego fue a buscar al padre y le rebana el gaznate con la hoz que llevaba el primero. Así, de un plumazo. Zig, zag. Escardillazo dado, tagarnina al saco. La choza de un cabrero le sirve de refugio pero los guardias lo rodean, se lía el 2 de Mayo y es herido, pero logra huir a Ronda. Viéndose sangrando como un gorrino en la posada de Sibaja, se entrega. Lo condenan y cumple la pena en Figueras. Pasos Largos sale en libertad, y a los pocos meses se echa de nuevo a la Sierra. Tras varios robos, se oculta en las cuevas de Clavelito, Lifa y Sopalmito. Un día, delatado por la mujer de un pastor, los guardias sitian a Pasos Largos, se lían a dar tiros y cae extinto el bandolero en la cueva del Sopalmito, en la mismísima Sierra de las Nieves. Prefirió morir que rendirse a la Guardia Civil.

Al llegar a este punto, salgo del coche y me apoyo en una alambrada buscando en el bandido un final algo más honorable que este, pero no hallé  ninguno salvo que fue el último bandolero andaluz y que en 1895 fue soldado en Cuba. Nada más que eso. Porque este no era de los que le robaban a los ricos para alimentar a los pobres. Este se lo gastaba todo en putas, cartas, vino y buena carne de caza que también se procuraba furtivamente. O sea, un pinta de tres pares. Pero le echaba más huevos al asunto que los cacos de ahora, que por nada te rebanan el cuello o mandan a la covacha al colega.   

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