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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                                        Piérdete

Me leo los artículos de tres semanales, o dominicales, y ya me quedo a gusto. Más tarde, cuando se me ha pasado la morriña, o dormidera —porque los gallegos llaman “morriña” a la añoranza—, me pongo de nuevo con la lectura y leo y releo algunos reportajes, los más interesantes. Luego, ojeo algunos platos de buena cocina que aconsejan para que tengamos mejor salud y todas esas cosas. Por cierto, las recetas que nos proponen para que disfrutemos de más y mejor energía, son fáciles de cocinar, y no estaría mal que le vayamos haciendo caso. A lo que iba. Que ojeo esos platos y buenas bodegas, porque el buen vino también me interesa, y termino mi periplo dominial en un lugar para perderse. Y suspiro... Y vuelvo a suspirar... Al poco, me doy de bruces con una recomendación para pasar el fin de semana, y ahí te quiero ver, colega.

A veces,  paso las páginas al revés, de derecha a izquierda, porque es en ese punto donde están los consejos de ocio con sus rutas y hospedajes, y, al dar con la sugerente oferta, me veo con Madrid. Ahí está esa puerta de Alcalá y otras muchas. Me topo con una foto tomada desde el Puente de Segovia en la que se ve, en primer plano, o término, una casona de fachada naranja, tras ésta, una de color roja adosada a una salmón y blanca. Es el Madrid viejo. El auténtico Madrid, señores. A la derecha de esta foto, veo otra del interior de un mercadillo en Fuencarral, en la zona próxima a Chueca. Sigo oteando la página y advierto un atardecer desde la Vistilla, con la catedral de la Almudena iluminada. Otra vista de la Plaza Mayor y de otras zonas de copeos y tapeos. Bajo las fotografías, como supondrán, los consejos para el buen comer, beber y lo que se tercie.

Cuando acabo de escrutar estos ofrecimientos, me dejo ir por las páginas de al lado y ya es cuando muero. O sea. Eso de que de Madrid al cielo, no se lo creen ni ellos, porque de entrada, el cielo no se ve. No sé si me explico. Veo otras fotos y otros paisajes. Otros colores. Otros sabores. Otros vinos. Otro folklore. Otras catedrales. Otras calles, menos estrepitosas y más angostas. Otras gentes. Otra Historia. Otra placidez. Otros silencios.

Otra poesía. Otro tiempo. Otro alto en el camino. Otra ruta. Otra vida. Estas páginas te recomendaban rutas flamencas. Desde Algeciras a Morón de la Frontera y Jerez, Sanlúcar, San Fernando, Cádiz, Málaga, Almería, Fuente Vaqueros, Puente Genil, Montilla y un largo etcétera también muy respetable. Las fotos que acompañaban las recomendaciones, eran de dos pueblos y su entorno. Hablaban de Carmona y Osuna, donde presentaban fotos de trigales, girasoles y calles que, aun en la imagen, olían a cal viva. Los tejados de una fotografía se vislumbraban silenciosos, protegidos por un cielo azul paradisíaco. En sus arterias rebotaba la luz portentosa del sol y sus campiñas dejaban ver un horizonte claro y más seguro.

En otras páginas aledañas, otro lugar. Esta vez más al norte. Mucho más al norte. En Cataluña. Allí me ofrecen pueblos y conjuntos arquitectónicos medievales con sus hospedajes del siglo XIX y todo. En una foto me veo un puente que data del XII. Franquea un río que como un espejo deja rebotar el puente sobre el que luce un cielo aborregado que protege un bosquecillo a la derecha. Luego, observo los campos de labranzas de Garrotxa (comarca catalana) y el Castellfollit de la Roca y una vista aérea de la zona. Allí se puede disfrutar de volcanes adormecidos, de naturaleza en estado puro y rutas de ensueño. Miren, si tengo que ir a Madrid, voy, pero ir por ir, la verdad, para qué. Pero si hay que ir se va, oiga. Es más. La revista que me ofrece estos retiros, es el Magazine  del pasado día 5. Si lo tiene en casa, échele una ojeada, y luego lo hablamos. Espero que Pedro García no me eche la bronca por el consejo.

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