El otro día me tropecé con un señor que le decía a alguien: “Pero si tú nunca has echado un vistazo a este mundo, este que dicen es el primero, cómo vas a viajar al otro, si allí no hay nada que ver”. El gilipollas este se refería al Tercer Mundo como si en esta cicatera existencia hubiese mil universos, mil creaciones. Como si hubiese mil perros planetas Tierra con sus lunas y sus soles y sus estrellas y sus políticos, pero que sólo uno fuese merecedor de ser visitado. Es que, de entrada, no hay un tercer mundo ni un primero ni un cuarto. Sólo hay un mundo, lo que ocurre es que para no avergonzarnos de cómo tenemos a los más desfavorecidos pues a esos países les llamamos “Tercer Mundo”. A ver si el panoli que al principio aconsejaba al amigo, se entera de que mundo sólo hay uno, aunque sé que esto es hablar por hablar, o escribir por escribir, porque si no sabe dónde dejó aparcado el coche la noche anterior, poco probable veo yo que quiera conocer esos territorios a los que los poderosos sometieron a la pobreza para enriquecerse. No me gusta llamar a las tierras desheredadas “Tercer Mundo”, porque no por eso estoy yo en el primero.
Cuando observemos con atención aquellos pueblos pobres, es cuando más cuenta nos vamos a dar de que sólo y exclusivamente existe un mundo. Un lugar, quizá, más pobre aún. Fue el economista francés Afred Sauvy quien puso el término “Tercer Mundo” a los países subdesarrollados o en vías de salir adelante, es decir, en vías de desarrollo. Pero esto del nombre tiene su historia, un hecho que en nada se parece a lo que hoy (o por lo que hoy) llamamos así a aquellos países abandonados. No obstante, queda en nuestra mente, a diario, un lugar del planeta llamado “Tercer Mundo”, un mundo poblado de almas desamparadas a las que socorremos por estas fechas porque es cuando somos más solidarios y esas cosas.
En Ruanda, en Nigeria, en Somalia, en el desierto del Sahara o en donde sea, se puede ver y comprender mucho. En cualquier lugar de este planeta, esté poblado o no, se puede aprender de todo. De su gente, de su cultura... Los científicos aprenden cosas de los lugares más remotos y despoblados de nuestro globo. Es en estos territorios vastos donde se descubren las realidades que pretendemos esconder, es en esos lugares donde la vida y la muerte van cogidas de la mano a cada segundo y es en esas tierras donde la gente nos enseña cosas tan increíblemente bellas como para comprender que no sólo la Capilla Sixtina es merecedora de ser fotografiada o visitada, sino también otros lugares que, aun no teniendo nada que ver con el arte en sí, tiene mucho que aportar al arte de sobrevivir. Las obras de artes que conservamos son a veces insensibles e imperturbables. Frías. Sin embargo, descubren épocas y marcan tiempos en los que comenzaron los hombres a rebosar riquezas y ciertamente nos aportan cultura, conocimientos, pero si no conocemos la realidad del moro, que lo tenemos al lado, estamos jodidos, lo llevábamos chungo. “Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría”, dice un proverbio tuareg. Muchas de las grandes obras de arte creadas por el hombre, sólo han valido para dar muestras de superioridad, de fuerza y poder. En cambio, en algunos países el único legado es la vida. Ver salir el sol cada mañana es, para muchos, toda una proeza. Y si no teníamos bastante con marginar a los más pobres, además le ponemos barreras, muros que antes llamábamos nosotros de la vergüenza y en Ceuta y Melilla tenemos uno. Para que vean que ahora somos nosotros los desvergonzados. Tercer Mundo, dice el paisano. Hay que joderse. Miren, no les quiero dar el día, me da igual si viajan a la Patagonia o a Nueva York, si van en avión o en bicicleta, pero desde luego les voy a aconsejar que de vez en cuando se den un garbeo por los campamentos de refugiados del Sahara o por Somalia. No sé, hay muchos destinos, pueden elegir el que quieran, y las fotos de la Capilla Sixtina las dejan para cuando conozcan la Capillita que tienen algunos gracias a los países más sobrados.
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