De todos modos, a uno siempre se les pone de corbata un aterrizaje o un despegue. Y más aún cuando hay un peñasco por delante seguido de mar. Y que no estén ese día las patrulleras de la Benemérita correteando a un contrabandista, porque si es así y el piloto se distrae se va todo al carajo y me veo en Casa Bernardo junto a las sardinas al espeto. Eso de que Iberia haya estado ensayando pista en Gibraltar me hace pensar que podemos estar tranquilos porque se están adiestrando en tomar tierra corta, o sea, pistas de poca longitud. Pero de todos modos, eso acojona. Digan lo que digan. Si lo hacen en silencio, es decir, sin la prensa de por medio, pues vale, pero que digamos en los medios de comunicación que están entrenando los aterrizajes y despegues es una pasada.
Hace un año aproximadamente volé a Londres desde Gibraltar y todo fue bien en el despegue, hacía poniente fuerte y el avión (que despega y aterriza con el morro al viento) se elevó rápidamente, pero el aterrizaje me los puso. Iba ese vuelo empetado de hombres de negocios, guiris (entre ellos yo) y un sin fin de maletas en la bodega de carga. Debía de haber mucho peso porque al pájaro le costó clavar frenos y llegó aguantándose hasta casi consumir toda la pista, y ni la inversión de motores lo hacía disminuir de velocidad. Yo, que en muchísimas ocasiones los he visto despegar y aterrizar en la colonia británica, supe enseguida que, pasando la barrera que detiene el tráfico rodado y de peatones, a esa velocidad el hostión estaba asegurado. Pero no fue así, gracias a Dios. Los pilotos son profesionales entrenados concienzudamente para que eso no ocurra, me decía una y otra vez. Al detenerse el avión, viró y puso morro a la terminal llanita y listo Perico. Pero sudé el Malta. Ya lo creo. Así que imagínense con los nuevos. Otro vuelo que me los clavó en el gaznate fue uno que hice a Melilla. De los más de cinco o seis viajes a esta ciudad autónoma en avión, uno fue de tres pares. Volaba bajo el bimotor Vintentour cuando veo que la aproximación a la pista es abortada. Un viraje puso fin al intento de aterrizar. Minutos más tarde, otra vez aproximación, pero ésta vez aún más bajo el aparato. Yo miraba por la ventanilla y veía desplegados los flaps en todo su porcentaje, los spoilers, y las alas vibrando. El avión ascendía y descendía violentamente hasta que de súbito un buen leñazo me hizo saltar del asiento. El tren de aterrizaje había dado en el borde de pista de lo mucho que el piloto la apuraba porque era muy corta. De los muchos vuelos realizados a lo largo de mi vida, uno de los peores, no obstante, fue el que realicé Madrid-Málaga hace unos años. El piloto clavó el morro y no lo levantó hasta estar en la mismísima cabeza de pista, debía de tener algo de prisa. La madre que lo parió. Parecía que los ojos se me salían de sus órbitas. Otro interesante fue el que me hice desde Tenerife a Lanzarote (sin premio). La piloto (era una mujer, ella) estuvo más de media hora haciendo tráficos a la pista porque había muchos vuelos llegando y saliendo. Se veían pasar los otros aviones por debajo nuestra a toda pastilla y por la otra ventanilla descender muy pegados a nuestro avión. Las turbulencias nos sacudía mientras yo rezaba por aquello de estar más cerca de Dios. Al aterrizar, se dejó notar el cabreo de la paisana que pilotaba porque el avión (de pocas plazas) frenó en seco y ella salió de la cabina a toda prisa con el rostro contraído. Creo que iba a la torre de control a ajustar cuentas con algún fulano.
La ignorancia es nuestro peor aliado. Cuando la pista está mojada debido a la fuerte lluvia, peor lo paso. Un vuelo a París no me dejó ver nada por la ventanilla al tomar tierra debido a la gran cantidad de agua que desprendía el aparato al pisar el asfalto. Aquella nube que parecía de humo denso y el posterior derrape, fue de película (algo parecido me pasó al llegar a Londres en otro vuelo). Lo mejor de todo es cuando la gente aplaude un aterrizaje. Ahí descubro que los hay más acojonados que yo, porque eso de aplaudir no me va mucho. Si no, cuando la peña se queja de alguna maniobra: ¿Es capaz usted, señor, de hacerlo mejor? Pues cállese, hombre, que tengo canguelo.
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