Es verdad que la gran mayoría de articulistas, el que más o el que menos, dedican cada año, con la llegada de la Navidad, algunas letras al asunto. Algunos, los más melancólicos, hacen referencia al espíritu navideño con reclamos de solidaridad o rememorando su infancia y la del vecino. Otros, despotrican la fiesta y, los menos, aluden a la compasión Divina como recurso salvador para nuestras almas ya deterioradas. Por todo ello, y para ir a contracorriente, yo me he limitado este año a verlas pasar porque desde hace ya algunas epifanías se me antoja esto de la celebración navideña como algo impersonal y, como a la gran mayoría, totalmente consumista y disfrazada de algo que, en realidad, no somos durante todo el año ni por asomo. Ahora ya han pasado las fiestas y si hacemos balance, comprobamos que, lo único que de verdad hemos hecho de corazón, ha sido gastar una pasta gansa que ahora echamos de menos, darnos una atragantada de todo lo que nos han puesto sobre la mesa, sufrir día sí día no los males de la resaca y aguantar los estados de la cuenta corriente que cada vez más nos recuerda que nos vayamos preparando para enero, febrero, marzo y, si escapamos bien, para abril. Pero abril será lo de menos, porque para Semana Santa ya se nos habrá esfumado de la cabeza los remordimientos y tomaremos el puente con entusiasmo para despojarnos de los pocos euros ahorrados. Siempre nos pasa igual.
Luego del día de reyes, llegan las rebajas, y con lo poco que teníamos en el banco nos vamos a los grandes almacenes y le decimos a la chica de caja: oiga, aquí tiene lo que me sobró. Los hombres, y no es por discriminación al sexo femenino, nos abstenemos un poco de las compras en rebajas porque el día de reyes nos regalaron calzoncillos para tres años, un batín de andar por casa —aunque en el armario guardemos tres del año anterior—, cinco pijamas, treinta pares de calcetines, dos jerséis que siempre nos queda pequeño, una cazadora que no nos gusta, cinco botes de espuma de afeitar, tres juegos de agua de colonia y un depilador de cejas y nariz que da pellizcos además de cuatro pares de zapatillas con piel de borrego y unos guantes de cuero que no es cuero, sino plástico. ¡Ah! Y dos paraguas. Nadie te endiña un sobre con el importe de lo anteriormente citado. Por eso, como andamos sobrados de lo antedicho, pues lo de las rebajas nos la trae al pairo, salvo los chavales que han trincado dinero y lo queman en Zara o en donde sea.
De algo que no he escrito esta Navidad ha sido de la directora de un centro de enseñanza de Mijas que ha quitado de en medio un Belén porque le salió del chichimonis. Me hubiera gustado darle un repaso sereno, pero no pude porque le dediqué el artículo a otro asunto. Cuando leí en la prensa esta tropelía, me acordé del villancico: “Hacia Belén va una burra rin, rin... De todos modos, los que le damos al ordenata para relatarles historias, también por Navidad hacemos balance político, social o económico como punto de reflexión de imaginación agotada durante todo un año. Fíjense que, todo un año, semana tras semana, siendo fiel a este poniente flojo y los compañeros a sus vientos de otras índoles, da mucho juego y mucho que pensar, pero no saben ustedes el gusto que da ponerse delante del teclado, con los dedos nerviosos, para pulsar cada letra que, con cariño, le dedicamos a ustedes cada día o cada semana. Esto de escribir de la Navidad o del año nuevo me fastidia un poco, porque en cierto modo yo no soy nadie para echarle al lector la bronca por haberse gastado la paga en gilipolleces o por emborracharse. De otra cosa que también se le dio a la tecla, es de que esta Navidad no ha sido como las de antes. Lo importante, o lo que nos atañe, es que nuestros jefes nos pongan un buen pescado en el Copo y que pague él con sus mulas, que para eso gana más que uno. Algunos articulistas critican a sus cuñadas, a sus nueras, a sus hijos, al vecino... Que si este trajo una botella de vino, que si el otro no llevó nada... En fin. Feliz año 2007. Y gracias por aguantarme, lector.
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