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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                                  Algeciras, especial

Nunca he visto en Algeciras tanta pasión por el paisaje marítimo que el día en que encalló el Sierra Nava. Nunca, créanme. Es más, yo diría que, incluso, parecía como si jamás hubiesen visto una bahía comidita de mierda. Es cierto, cómo no, que no todos los días se ve un barco metido hasta las trancas entre escolleras, pero el espectáculo mandaba huevos. No sé cuántas cámaras de fotos, móviles con objetivos indiscretos y videograbadoras, debieron darse cita en la Punta de San García. A veces, cuando me he fugado a las calas recónditas en torno a Punta Carnero a contemplar el mar enfurecido o en calma chicha, he pensado que cualquiera que me estuviera viendo pensaría que me iba a suicidar o que podría ser un gilipollas a punto de coger un pasmo por exponerme tanto tiempo a los fuertes vientos o a la vista incuestionable que nos regala el piélago que nos estamos cargando. Sí, hablo en plural, “nos estamos cargando”.

Todos tenemos nuestra parte culpa. Todos. El mar, por lo visto, sólo nos vale en verano: el agua para refrescarnos y la arena para comer pimientos asados y tortilla de papas. Luego, que le vayan dando. Allí, entre los cortantes y lomas del Parque Natural del Estrecho y los callejones angostos de la urbanización colindante, debieron concentrarse más de dos mil personas (y no sé cuántos vehículos) con una lluvia horizontal de mala leche que caía sobre los chubasqueros multicolores de niños y adultos y un viento de fuerza siete u ocho que azotaba con ahínco para erizarnos aún más la piel.  Sin embargo, no conté el mismo número de algecireños el pasado sábado en la concentración convocada por los ecologistas. Debió de ser porque ya tenían el barco muy visto en la tele y molestarse en ir a pedir explicaciones resultaba algo incómodo si el programa que emitían a esa hora (las cinco de la tarde) era del corazón o la película de alguna cadena estaba basada en un Best-Seller. Para la manifestación del Tireless anduvieron por las calles 65.000 almas. También conozco las razones. Con todo, creo que nos importa poco el mar que respiramos cada mañana.

Me hubiera gustado de buena gana que, al menos, ese mismo número de personas que hicieron fotos y videos, que algunos, incluso, ofrecieron a las cadenas de televisión para ganarse unos euros a costa de la muerte anunciada de la playa más cercana, fueran a la capitanía marítima, a la autoridad portuaria o a la torre de control marítimo a pedir esclarecimientos.  Pero no. No fue así, ni lo será nunca. Yo veo el mar. Lo huelo, lo siento y lo toco. Y advierto la cantidad de elementos que hay en él que no le pertenecen. Observo que, más pronto que tarde, nos vendrá otra, y otra... pero nosotros nos limitaremos a tomar el móvil para hacer la foto de nuestra vida y enviársela a nuestra prima la toledana para que disfrute con la vista de la bahía antes y ahora o para participar en el concurso de fotos del instituto. Si esto ocurre en un pueblo del norte, están todos en la calle gritando para que su mar no muera, y para que se entere medio mundo de que, a ellos, no sólo les interesa el dinero que les da sus puertos como a nosotros el Estrecho o la bahía gracias a la Autoridad Portuaria, que es dueña, y creo que responsable, de los fondeaderos, sino que también tratan con cariño el elemento que los vio nacer, crecer y, si la cosa sigue así, algún día a nosotros morir. Pero me equivoqué. Para algunos el Sierra Nava ha sido un dominguito fuera de casa. Un día para llegar empapado, pero no de lágrimas, sino de agua del cielo, posiblemente la que derramaba la bahía al verse teñida de luto mientras la retrataban. Porque la bahía  sí sollozaba sin consuelo mientras gritaba por nosotros eso de “Nunca Más”, palabras que aún no hemos tenido a bien vociferar. Un colega de Madrid se sorprendió al ver la tele. ¿Tan pocas personas han ido a la manifa? Me preguntó, asombradísimo. Sí, le respondí yo. Indignado. Pero si no jugaba el Madrid contra el Barça, me dijo. Ya, pero nosotros somos así, me lamenté. Especiales, dijo, luego de una pausa. Pues sí. Especiales, repetí yo. Y esto no es encomio de piquetes, sino renunciar a mirar hacia otro lado. O sea.   

 

1 comentario

lulu -

muy bueno, sí señor