Algo de eso me daba a mí en la nariz. Me explico. Resulta que leo un artículo que refiere un estudio de neurociencia en el que se certifica que el olfato humano es similar (por no decir igual de efectivo) al de los perros. Esto, desde luego, iba a inducir que cánidos como el famoso Pirri de la aduana del puerto de Algeciras, que husmeaba en los coches y trincaba grandes cantidades de droga, ahora se vieran en el paro. Es decir, que lo llevan jodido los perros de la Benemérita porque, según el experimento, los seres humanos poseemos un olfato de padre y muy señor mío, y podríamos, incluso, olisquear junto a los TEDAX para detectar explosivos o en las aduanas para localizar chocolate y lo que encarte.
Ha sido la Universidad de California la que ha realizado la investigación y así lo confirma, declarando que “el olfato humano ha estado minusvalorado respecto a otros sentidos”. El trabajo, publicado en la revista Nature Neuroscience, desvelaba los entresijos de la investigación llevada a cabo por reconocidos científicos que contaron con la ayuda de jóvenes de entre 18 y 25 años que sirvieron de conejillo de indias y que, después de varias semanas de ensayo, lograban localizar con los ojos cerrados, el rastro de chocolate (de cacao, no de hachís) esparcido por una extensión de terreno habilitado para ello. Entre el mocerío, atinaban los dos sexos, y no hubo revancha. Es decir, que tanto los chicos como las chicas lo hicieron bien. No obstante, me veo, si hubiera que sustituir los perros en las aduanas, las trifulcas feministas eligiendo sustituir a las de su sexo. Algo así como que los hombres deberían suplantar a los perros y ellas ya se vería. Porque en esto ocurre como en todo: los científicos proponen y los gilipollas disponen.
Una vez casi finalizado el experimento, a uno de los científicos se le ocurría que, puestos a investigar, debían taponar uno de los orificios nasales a los cobayas para ver qué ocurría, y el resultado fue que disminuyeron en tiempo y forma de rastreo la localización del chocolate disperso. Esto sí podría tener consecuencias a la hora de dar con un alijo de droga en el puerto porque, de andar uno con resfriado, la baja laboral sería inminente. También dice otro estudio que ellas se suelen resfriar más que los hombres, por tanto, se vería reducida su jornada laboral a unas pocas horas a la semana sin contar con los paros de la flota por temporal fuerte en el Estrecho de Gibraltar.
Esto de la ciencia tiene su punto de reflexión, porque aunque suene a parodia, muchas de las cosas que se hacen hoy día con animales, concretamente con el Pastor alemán, podríamos hacerlas los seres humanos, y así, las asociaciones de protección a los animales ya no tendrían que denunciar la explotación de estos para beneficio de la humanidad, y, por consiguiente, pasarían esas situaciones, o presuntas situaciones de malos tratos a los caninos, a los despachos de los sindicatos que, luego de denunciar riesgos laborales, propondrían, con mucha razón, ponernos filtros en los orificios nasales. Esto es, que si lo que se husmea es chocolate del moro, pues vale, pero si es cocaína ya me dirán ustedes. Ello supondría que, cada tres meses, más o menos (eso ya se vería en una comisión de seguimiento creada en algún parlamento), se habrían de someter los husmeadores humanos a una desintoxicación, para lo que convendría tenerlos encerrado en un centro adecuado a sus necesidades de cura. Con todo, yo me quedo con los perros en las aduanas. Lo que faltaba ya era que, además del exhaustivo registro al que te someten en los puertos y aeropuertos, también metieran los guardias civiles, o sus colaboradores, sus narices en mi taleguilla. Por ahí no entro. Una cosa es el magreo y otra, muy distinta, olisquear los bajos.
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